14 ene. 2009

MI AGENTE EN TIJUANA (2)

La literatura sin mí
por Anónimo Hernández

Ya pronto hablaré del inmediato amor que surgió entre Tijuana y yo. Por el momento me limitaré a apuntar que Tijuana no sólo era la ciudad natal de K. Brown, mi agente, sino que ella, K, era de las pocas personas que podían presumir de abolengo en una ciudad de paso donde la mayoría de la gente no ha nacido allí. Porque incluso los tijuanenses de nacimiento generalmente proceden de padres fuereños. Bueno, pues K es ampliamente conocida porque puede presumir que su mismísima abuela nació en la tierra donde ahora, yo, debía corresponder a la confianza de su nieta.
Entrando conocí el viejo dicho sobre las tres hermanas: Ensenada la bonita; Mexicali la caliente; y Tijuana la piruja. Hay muchas variantes del dicho, pero ésta fue la que se me quedó grabada. Ya tenía una invitación para presentarme en Mexicali y pronto estaría en Ensenada. Había venido a Tijuana para dar un taller y mi mayor pavor consistía en no contar con ningún interesado. Pero, contra todo pronóstico, tenía más de 20 inscripciones, nada mal para un Don Nadie.
En el taller tuve la fortuna de contar con gente receptiva, excelentes relatos, muchísima participación. Fue muy fácil orientarlos hacia los mejores modos para convertirse en escritores malos. Entendían con facilidad los preceptos básicos, mostraban un talento natural para aprender técnicas y recursos indispensables para lograrlo, lo cual hizo que mi trabajo fuera muy sencillo y que los participantes notaran prontos adelantos.
Como el taller formaba parte del Festival de la Ciudad, no tardó en correrse la voz. En restaurantes, cantinas y antros, la gente se acercaba a preguntar sobre mis procedimientos. Más aún, tuve el gran privilegio de conocer a varios de mis grandes ídolos en el campo de las letras, como Rafa Saavedra, Pepe Rojo, Deyanira Torres; estuve a punto de conocer a BEF, que aunque no es tijuanense, casi coincidimos allí. Conocí a muchísima gente más, pero también hablaré de eso en otra ocasión. Baste con decir que me sentía soñado.
La gente me detenía en la calle:
–Usted es el escritor malo?
–Así es. Me gusta lo superficial y la ausencia de estructura.
–Chingón. Nunca cambie.

Pero una mañana, en mi cuarto de hotel, recibí una llamada de K, mi agente:
–Oye, bato, hay un evento que no está incluido en el Festival de la Ciudad. Se reúnen las personalidades literarias más importantes del país para discutir el futuro de nuestra Literatura.
Inflamado por el éxito, le dije:
–Debo estar allí.
–Pero la reunión es hoy mismo, por la noche.
–Tú eres mi agente. Tengo que estar allí.
–Muy bien. Déjame hacer unas llamadas. Te recojo por la noche, cuando termine tu taller.
La emoción me llevó hacia una botella de tequila desde temprana hora. Más tarde, en la sesión les mostré a mis alumnos la importancia de cultivar los lugares comunes una vez que hemos aceptado nuestra condición de escritores malos. Y, por supuesto, maticé mis enseñanzas con una botellita de agua que disfrazaba un contenido altamente etílico.

Por la noche, al recogerme, K me explicó que en esos días la legendaria temeridad de Tijuana se había concentrado en un motín dentro del penal más peligroso de la ciudad, entre cuyos objetivos podría estar la liberación de algunos elementos considerados Narco-in-Chief dentro de sus organizaciones. Por lo que la mayoría de los capos mafiosos se hallaban ocultos, quizá en cónclaves, esperando el desarrollo de los acontecimientos.
La seriedad de la noticia palideció ante otra que era aún peor: K había estado pegada al celular durante toda la tarde, pero sus esfuerzos no habían sido suficientes:
–No conseguí que te aceptaran en el evento… Mira, esa madre debe de tener meses planeándose, así que no pude modificarla en unas horas. Pero, si insistes, vamos a intentar algo in situ.
No le entendí, pero acepté. Nada pintaba bien si debíamos arreglarlo al ay sí tú, pero pensé: si estos escritores son así, ni modo.
Noté que ella también traía una botellita de agua y sólo recé para que no reconociera el verdadero contenido de la mía. Como es usual en Tijuana, tuvimos que recorrer infinidad de callecitas, bulevares, carreteras, vías rápidas, más callecitas oscuras, hasta que llegamos a una especie de mansión situada al centro de un amplio espacio verde, protegida por una reja de barrotes muy separados que permitían una vista clarísima del jardín, pero cuya altura impedía cualquier acceso, sobre todo al coronarse con alambre militar electrificado. En su totalidad, el sitio ocupaba una cuadra entera.
Al bajar del carro e intentar entrar, tuve un primer altercado. Ya no había hostesses, sino gorilas con aspecto de empleados de seguridad.
–Ya llegaron todos los invitados, no esperamos a nadie más –dijeron, desacreditándome por completo.
K tomó el control y me dijo:
–Déjamelo a mí. Vete hacia allá. Llegas a la esquina y das vuelta. Yo te llamo.
Seguí sus indicaciones.
Desde mi nueva ubicación pude ver que no sólo habían resultado tardías las llamadas de K, sino nuestra llegada. La cita efectivamente debió de ser para horas antes porque ya todos estaban dentro, charlando en el jardín con una copa en la mano.
Reconocí a… Eh… Bueno, estaban… O.K., no me acuerdo bien de sus nombres… Pero ahí estaban… To-dos… Reunidos en el patio… De pronto escucharon, proveniente de la reja, una retahíla de gritos:
–Maestros!… Soy yo!… Déjenme entrar!…
Algunos voltearon, pero parecieron más falsos quienes fingieron preocuparse que quienes fingieron que no pasaba nada. Los gritos continuaron:
–Maestros!… Por favor!… Maestros!… Volteen hacia acá!…
Para evitar el embarazo, alguna voz sugirió pasar al interior de la mansión y comenzar con el trabajo del día. Pero los gritos continuaron:
–Maestros!… No se vayan!… Maestros!… Por favor!… Déjenme entrar!… Maestros!… Maricas!… Perfumados!… Déjenme pasar!… Mamones!… Váyanse a la mierda!… Mafiosos!… Ni quien quiera estar con ustedes!… Jotos perfumados!…
Entonces K llegó derrapando hasta mi ubicación.
–Fuiste tú?
–Qué.
–El de los gritos…
–No.
–Oíste los gritos?
–Sí.
–Y no fuiste tú?
–No!
–Seguro?
–Sí!
–Está bien. Te greo –dijo con acento a vodka.
Nunca supimos quién fue el desubicado que había vociferado tantas peladeces contra las personalidades que más admiro en el infinito y más allá, incluso me desilusionó que K siquiera me supusiera capaz de un acto tan ruin, pero cuando vimos que las luminarias se recogían en la seguridad de la mansión, K terminó gritando consignas similares a las que acabábamos de escuchar. O sea que su botellita tampoco traía sólo agua.
Después de un silencio, me dijo:
–Ven. Tengo una solución.
K me tomó del brazo hacia su enorme auto, cuyas medidas autorizaban para denominarlo como lancha. La tristeza me hizo sentir agotado. Pensé que rodearíamos la mansión en busca de otro acceso, pero el ronroneo del motor me arrullo hasta dejarme dormido en el acto.
Debimos recorrer infinidad de callecitas, bulevares, carreteras, vías rápidas, más callecitas oscuras, hasta que K me dijo:
–Hey, bato, despierta, vienes babiando. Y apestas a puro tequila –me dijo oliendo a vodka.
–Óntamos…
Habíamos llegado a mi hotel. Nada de accesos secretos a la mansión, nada de intervenciones en el cónclave selecto. Mi súbita celebridad no había servido de nada. Yo no era nadie. El destino de las letras se decidía sin mí.
K tomó mi llave, bajó del auto y abrió la puerta de mi habitación. Fui a seguirla con la clara intención de hacer pucheros y llorar en su hombro, cuando escuché que se abrían las puertas del auto estacionado junto al nuestro. Recordé todas las advertencias contra la peligrosidad de Tijuana. Me vi torturado en busca de alguna confesión. O doblegado por cuernos de chivo disparados contra mí por equivocación. Qué poca madre, pensé: los escritores no me reconocen y los narcos me confunden. Volteé de inmediato para gritar: “En la cara no, que soy artista”…“No disparen, sólo soy un escritor malo” cuando de pronto vi un par de norteñas enormes con vestimentas poco discretas.
Escuché la voz de K diciendo:
–Trátenmelo bien, muchachas. Este hombre es muy importante: es el escritor más malo del país.
–Tá bien.
Las señoritas, más altas que yo, me empujaron hacia la habitación. Sólo alcancé a escuchar a K diciéndome:
–Sólo son prestadas por una hora. No te vayas a quedar dormido.
Una vez dentro, las chicas se deshicieron intentando complacerme.
–Tómese su tiempo, apá, no hay lío si es más de una hora, edá? –dijo una.
–Simón, no hay tos –masticó la otra junto con su chicle.
Me bailaron, me encueraron, me masajearon.
Me estrujaron, me besuquearon, me consintieron.
Me enseñaron todas las posibilidades semánticas de la palabra sándwich. Yo les enseñé lo que significaban un hipérbaton, una sinécdoque y, sobre todo, un encabalgamiento.
–Uuuuun queeeeé? –se reían como locas.
–En-ca-bal-ga-mien-to…
–Jaaaaa ja ja.
–A ver, digan conmigo: perífrasis o circunloquio.
–Jaaaaa ja ja, qué señor tan lindo.
Ya en la cama, me sentí como una carcacha entrando a los rodillos de esos autolavados para que les pongan una zarandeada chingona por todas partes. Obviamente hubo gritos y pataleos sin cuartel.
Al final, cuando las huercas se vistieron y me cubrieron con las cobijas como si fuera su bebé, me quedé pensando en lo triste que resulta ser un autor que no es reconocido por sus colegas.


FIN


[Jóvenes protestando en la FIL de Guadalajara por los altos precios de los libros. Ojalá que este año también protesten por la mediocridad de los mismos, no? Foto del periódico Público.]





[Escenas del motín en TJ]


4 comentarios:

m. Isaac. V.R. dijo...

gracias por visitar el extrarrealismo. Nos estamos leyendo con muchas ganas mi estimado.

i dijo...

llegué aquí por invitación de la mismísima K. Brown. qué rico leerte y especialmente sobre esos días tijuaneros!
quiero más, más, más

abrazosos

pd: de pronto me dieron ganas de escuchar al Richard Cheese, ¿remember? ahora mismo busco ese disco...

anónimo hernández dijo...

hey, I, claro que recuerdo a Richard Cheese, tá con madre! de hecho en la próxima entrega aparecerá debidamente documentado.

saludisímos!!!!!!!

**aeromusa** dijo...

TJ es tan hermosa... verdad??
hahaha
sos genialmente malo
besos