9/9/2011

Ya no quiero ser mexicano - prólogo de Anónimo Hernández


Fragmento del prólogo por Anónimo Hernández:

Yo tampoco quiero ser mexicano

En realidad yo sí quiero ser mexicano, este título sólo lo escribo en solidaridad a mi amigo, el autor de este libro, sobre todo porque me temo que lo van a tundir como en la edición anterior. Cómo olvidar aquella presentación cuando tres viejitas lo acorralaron para lincharlo blandiendo tenedores robados del Sanborns:

—México ech un paraícho, animal —gritó una.

—Chi no te gutta, lággate, apáttida —sentenció otra, sin su dentadura postiza.

Entonces comienzo diciendo a Mauricio Bares que le deseo la mejor de las suertes y le doy mi bendición. No puedo darle la de mi mamá porque ella era la tercera viejita, la autora intelectual del ataque.

30/3/2011

PERDIDO EN LA TRANSLACIÓN

[Para que vean que todos podemos ser víctimas del temible síndrome que hoy se conoce como Juay de Rito. Una primera versión de este relato apareció en la revista electrónica eSpiral, dirigida por Karla Villapudua, en octubre de 2010. Al final comparto el video de la canción del momento, prestada del YouTube de su autor, un tal Chuy]

Perdido en la translación
por Anónimo Hernández

Me encanta este título por su originalidad. Pero me gusta más por su pertinencia y por su pertenencia a una historia que había olvidado por completo. Respecto al título, yo sé que la RAE recomienda usar “traslación” sobre “translación”, sólo que no estoy muy de acuerdo. Piensen bien, amigos lectores: a ustedes les gustaría decir “trasportación”? O trasacción, trasición, traspiración? Suenan un poco ridículas, no? Trasexual? El prefijo debe ser “trans”. Sin embargo, también suena ridículo decir “transcendental”, como en inglés, porque la primera “ene”, la “ene” en discordia, nos hace sonar como si tuviésemos Síndrome de Down: “trans-cen-den-tal”. Pero en fin, ése es un asunto que tendré que razonar en otra parte.
La cosa es que en 1995, un amigo, Victor, estuvo involucrado en la presentación en nuestro país de un grupo musical llamado Graceful Dead o Grateful Deaf o algo así, que al parecer había sido muy famoso en la época hippie. Victor me pidió cubrirlo durante la rueda de prensa que daría el grupo. Al principio me negué, pero Victor me convenció con la promesa de unos tacos sudados y el libro de poemas Juan Salvador Gaviota. Y remató:
—Tú no te preocupes, escóndete entre los demás periodistas.
—Y si me pasan el micrófono?
—Sólo aviéntate un lugar común con el mejor inglés que aprendiste en la secu.
Víctor me dijo que la cita era a “como a las doce” y allí comenzaron los problemas. Con el fin de prepararme para la severa actividad intelectual de esconderme entre los periodistas, me anticipé llegando a las 11:30, sólo para enterarme de que la cita había sido pactada para las 11:00, por lo que el entrevistado —que no hablaba una papa de español— y los organizadores —que no hablaban una papa de inglés— se hallaban sumamente encabritados. Peor aún, al parecer el legendario grupo ya no le interesaba a nadie. Ningún medio quiso cubrir la rueda de prensa. Y el único “periodista” que asistía al evento llegaba media hora tarde, cuando el tarado se daba ínfulas por llegar media hora antes. Sobra decir que los organizadores se lanzaron a recibirme como si fuera la reina Isabel. Pero de pronto, uno de ellos me urgió:
—Dónde está tu grabadora?
—No tengo.
—Y tu cuaderno?
—No traigo.
Me lanzaron miradas de escopeta, mismas que cambiaron por sonrisas forzadas para dejarme pasar. Como nunca había entrevistado a nadie, no llevaba más que mi cerebro y mi buena memoria, que en aquel entonces aún era confiable. Para esa hora, el resto del grupo ya se había retirado y sólo permanecía allí el cantante, quien era el líder de la banda: un tipo con aspecto de cavernario que no se había bañado desde la época de los hippies.
Me pareció un poco estrambótico sentarme en una de las muchas sillas vacías y que usáramos micrófonos para las preguntas y respuestas, así que me senté a la mismísima mesa del entrevistado, justo a su lado. Los organizadores permanecieron en corrillo a unos metros de nosotros, vigilantes, como chaperones.
Y así comenzó todo:
—Hello, my name is Anónimo Hernández and I am a bad writer.
—What?
—My name is Anónimo Hernández and I am a bad writer.
Como el tipo me miraba anonadado, continué:
—What is your name?
—What!
—OK… In Inglish: My name is Anonymous Henderson. What-is-your-name?
—Jerry! —me contestó molesto el mítico músico— …My name is Jerry García!
Ahora, mientras escribo, mi memoria trae a la luz una película donde una niña regordeta y encantadora va a un concurso de belleza y talento infantil. Al conocer a Miss California le pregunta si le gusta el helado y la reina le contesta que sí, que su sabor favorito es Chocolate Jerry García, en inglés. Bueno, puede decirse que al menos ahora ya sé algo sobre mi entrevistado. El caso es que continué:
—And how old are yú?
—What?
—How-old-are-yú?
—That’s irrelevant…
—OK.
Los organizadores nos miraban de reojo, desconcertados. Recordé el consejo de Víctor e hice uso de todo mi repertorio en inglés. Señalé primero hacia la mesa y le dije a Jerry:
—This is a table…
—What?
—And this is a chair…
Como el tipo me miraba con cara de What, ahondé:
—Is this a chair?
—Of course it is a chair!
—Very good… Now… This is a table. Is this a chair?
—It isn’t a chair!…
—It is a table, isn’t it?
El señor Jerry miró suplicante a los organizadores. Ante su pasmo, les exigió algo que no entendí, decía “interview”, “journalist”, “translation”, y no sé cuántas cosas más, pero la verdad es que me perdí entre tanta translación. Y si yo entendía sólo eso, los organizadores no se enteraban de nada. Carraspeé y respiré profundo para retomar el control de la conversación:
—Jerry, I live in México City… It is a biutiful city… Where do yú live?
—This is stupid, man…
—I’m not a man, I’m still a boy. I’m thirty two.
En realidad esta última frase sonó como “I’m dirty, too”, pero para tapar un poco mis vicios de pronunciación, insistí en mi pregunta reciente, enfatizando cada palabra:
—Where-do-yú-live?
—In California.
—California was a part of Mexico, wasn’t it?
—I know. I’m part Spanish.
—And do yú espic Espanish, Jerry?
—No, I don’t.
—Tons, yú're no Espanish.
—Of course I’m part Spanish.
—No, señor…
I am Spanish.
—No, señor…
I am Spanish.
—No, señor, yú are the language that yú espic.
En esta ocasión, el rock-star estalló.
—I’m gonna crush this idiot! —les advirtió a los organizadores, quienes de inmediato me preguntaron:
Crush? Qué es crush?
Crush es un poquito como crash, pero con u.
Los organizadores no necesitaron entender más palabras porque los gestos de Jerry bastaban. Cuando se aproximaron a nosotros, Jerry hizo un último esfuerzo por serenarse. Entonces copió mi estilo: habló despacio, muy enfático, como si eso sirviera de algo, y dijo:
—What-The-Fuck-Is-This?
Los organizadores me miraron exigiendo una respuesta. Les respondí lo mejor que pude:
This is a table… And this is a chair…



6/10/2010

Monty Python: Aparato auditivo

Queridos amigos,
No puedo evitar el compartir este video con ustedes. Aparte de su indudable valor propio, tiene otros añadidos. Uno es que lo traduje yo mismo (lo cual no siempre resulta ser un añadido, pues es la primera vez que en Nitro/Press nos aventuramos en esta labor). Pero el valor más importante de este video es la anécdota tras él. Resulta que un productor de televisión alemana invitó a Monty Python a grabar en alemán algunos de sus sketches ingleses más conocidos. Así lo hicieron, pero entre la serie, incluyeron éste, en inglés, que nunca habían grabado —ni grabarían— para la BBC, por lo que es imposible conseguirlo en las compilaciones existentes del grupo.
Además de ser uno de sus trabajos más divertidos, es una rareza. Aparecen: Eric Idle, John Cleese, el genial Martin Palin y Terry Jones. [Por algún desarreglo entre Youtube y Blogger, no se despliega toda la pantalla, pero con un click
aquí pueden verlo en Youtube.]
Que lo disfruten…

29/1/2010

EL SHOW DE BRIAN & STEWIE

[Publicado en Día Siete no. 491, enero 25, 2010.]

Pueden checar uno de los episodios mencionados, aquí.

22/12/2009

FELICES FIESTAS!

Para despedir el año aquí les comparto una de mis canciones navideñas favoritas: Feliz Navidad, Orquesta Mondragón, Rock and Roll Circus


5/11/2009

A LAS PUERTAS DE SU CASA!

Aquí mayor información sobre La vida es una telenovela.


20/10/2009

APUNTES DE UN ESCRITOR MALO - La Presentación!


La editorial Nitro/Press tiene el gran placer de invitarlos a la exquisita presentación del libro Apuntes de un escritor malo:
* Jueves 29 de Octubre, 8:00-10:30 pm, en el majestuoso ExTeresa Arte Actual, calle Lic. Verdad # 8, a un costado del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana (ver croquis abajo)
* Presentan: Mauricio Bares y los enormes Alberto Chimal y Bernardo Fernández (BEF)
* Música ambiental: Peach Melba
* Visuales Nitro/Press

Portada

Contraportada
Diseño: Lilia Barajas

El libro reúne versiones mejoradas de lo más granado del blog de Anónimo Hernández, así como joyas inéditas que harán las delicias del respetable, como Escribator 3, Un escritor y su hijo 2, Malas influenzas, Malnacido, Pesadilla en Sesame Street, Un escritor con recursos, así como comentarios de sus lectores más queridos.

UBICACIÓN

3/10/2009

LA VIDA ES UNA TELENOVELA - The Book!

Presentación en la Feria del Libro de Saltillo, Museo del Desierto, el 7 de octubre, 17 hrs.
Y en el DF, en la Feria del Libro del Zócalo, el 13 de octubre, 18 hrs, con Alejandra Peart (editora), Daniel Espartaco y Mauricio Bares


[Visita el blog de este libro para ver imágenes y fragmentos de los relatos]



[Este es un cuento escrito por Anónimo Hernández en 1992 y una imagen de la historieta que Rick Camacho realizó para otro relato; ambos se incluyen en el libro]

Eso no se le hace a nadie

Teníamos alquilada por veinticuatro horas una habitación del Hotel Morales, que está frente a la estación del metro Lázaro Cárdenas, pero sólo habíamos permanecido tres, lo que se tarda uno en hacerlo bien, así que le pedí a mi novia que se quedara toda la noche conmigo para reposar y hacer el amor de nuevo sin ninguna presión de tiempo, siendo viernes no había preocupación por trabajar al día siguiente, según yo ése era el plan, aunque nunca lo discutimos porque era la primera vez que íbamos juntos a un hotel, pero de pronto ella insistió en que debía marcharse para no alimentar la suspicacia de su madre y yo naturalmente traté de persuadirla aprovechando el calorcito que dejaron nuestros cuerpos sobre la cama, usted sabe teniente que bastan algunas frases vaporosas y una rodilla audaz para convencer a nuestra pareja, no obstante cuando yo creí que había logrado mi objetivo escuché con desconcierto que ella se quedaría sólo un rato para llegar a su casa en buena hora y evitarse toda clase de problemas familiares, así que en ese momento, por obra de mi propia paranoia, vi con claridad la cara de su madre asomándose por detrás de su hombro y me imaginé a todos sus vecinos señalándola con el dedo como si divertirse y gozar de su propio cuerpo fuera algo que los demás no pudieran soportar, por eso el termómetro que volvía a ascender en mi pareja por culpa de mi estúpida rodilla audaz cesó de emocionarme sopesando sobre el colchón el cuerpo de su santificada madre (la madre de mi novia, teniente, no la de usted), el cuerpo de su madre interponiéndose entre mi novia y yo, lo peor de todo fue que mi sexualidad decayó tan estrepitosamente al imaginarme dándole gozo a la respetable señora, quien, a decir verdad, ya no levanta a los hombres ni las dudas, tal vez el poder de la menopausia sea un origen de los múltiples problemas de nuestra patria, teniente, porque cuando las hijas despiertan al sexo, sus madres se despiden rencorosas de él, deberíamos liberar a las muchachas de las envidias maternas, creo yo. En fin, dentro de tales circunstancias me pareció lo más natural levantarme e invitar a mi pareja a retirarnos, pero no sé qué ideas se le metieron a ella en la cabeza que entonces me jaló del brazo e intentó tenderme de nuevo sobre el colchón en una ridícula escena de estira y afloja, estira y afloja, estira y afloja, hasta que cedió y contempló cómo iba yo vistiéndome metódicamente al tiempo que le explicaba que lo mejor era irnos y no forzar las cosas si estaba bien claro que su mami podía más que yo, ¿ve usted alguna grosería en eso?, pero creo que debí quedarme callado, ahora veo que mis palabras parecieron groseras pero le juré a ella cuando vino a plantarme una bofetada y yo le dije que no volviera a hacerlo y ella volvió a hacerlo y lo hubiera seguido haciendo si no fue porque la zangoloteé por los hombros y la arrojé a la cama, le juré y le juro a usted ahora que mis palabras sólo decían lo que decían, porque aunque soy Anónimo Hernández, el modesto escritor de novelitas calientes que se venden en puestos de periódicos, y aunque sé que en nuestra sociedad ésa más que una profesión es una cochinada, a mí me parece inclusive más limpia que la carrera de abogado o policía, sin agraviar a ningún presente, yo al menos no recibo órdenes de nadie y como profesionista del lenguaje puedo asegurarle que mis palabras sólo decían lo que decían.
Pero además qué era lo que ella perdía si me marchaba, por qué se me colgaba del pescuezo y me besaba y me despeinaba cada vez que la gomina y mi peine trataban de socializar mi cabello, por qué su actitud había girado desde la agresión hasta la complacencia, pues ahora me pedía que me quedara para que le hiciera todo lo que yo quisiera. A lo mejor en verdad hacía falta que su madre se plantara entre nosotros para imponer algún orden, aunque fuera el suyo, porque nosotros no llegábamos a ningún acuerdo, si yo me calmaba para explicarle que ya no conseguiría entusiasmo orgánico alguno ella no me escuchaba y chillaba hasta hacerme encabronar y entonces yo volvía a gritarle y ella a pedirme que no le hablara así y yo le decía que cómo así y ella decía que así y yo le sugería que no fuera pendeja y ella chillaba y entonces ya no hablábamos de absolutamente nada. Habrá sido que ella se había animado por segunda vez y no quería quedarse con las ganas, no sé, el caso es que después de tan apasionado ajetreo acepté permanecer con ella y propuse una ducha para refrescar los hechos, que ella se adelantara y que yo la alcanzaría después de orinar, así que cuando escuché el chorro de la regadera volví a peinarme y abandoné la habitación en silencio, claro, teniente, que muchachas como ella siempre nos obligan a llevarlas a hoteles que por lo menos cuenten con elevador, sin importar que en este caso tal servicio no fuese de primera calidad y durante los trayectos las parejas se cuchichearan y no se atrevieran a mirarse unas a otras y donde yo por supuesto era el único elemento extraño que podía mirarlos a todos y ser mirado con mala fe como si me faltara un huevo o como si hubiera alquilado un cuarto para hacer lo mismo que ellos, pero solo, lo importante fue que perdí mucho tiempo en bajar y esquivar al administrador que insolente me preguntó si ya tan pronto y me exigió firmar mi salida y me preguntó por mi esposa, ya sabe teniente que estas malditas siempre exigen que firmemos como si estuviéramos casados, pero luego de aclarar al administrador que no precisaba de mi firma puesto que mi mujer aún estaba en el cuarto y que yo sólo iba por cigarros, salí del hotel y caminé hacia la parada del camión más próxima sin dar ni veinte pasos cuando escuché a mis espaldas los chilliditos que yo tan bien conocía y sin tener tiempo a reaccionar fui jaloneado por las ropas, atenazado por el pescuezo y regañado a la vista de toda la gente que a esa hora salía de sus trabajos para gozar de la última luz natural y del espectáculo que esta loca ofrecía forcejeando en pleno Eje Central con la blusa medio desabotonada y la falda chueca y sin un zapato y con la piel y el pelo mojados pidiéndome que regresara con ella, pero yo caminaba ahora de espaldas como quien dice arrastrándola y planeando mis movimientos para zafarme y correr hacia la esquina sin que ningún paladín justiciero de los que me miraban con desprecio se entrometiera y sin que los otros, mayormente amas de casa que la miraban a ella como a una putilla escandalosa se atrevieran a recriminarle algo, pero al llegar a la esquina, lo que sus patrulleros vieron fue un caso poco común y por ello descendieron de inmediato y se apoderaron de mí con la presteza y espectacularidad que les permitieron sus abundantes panzas y me preguntaron que qué. Me limité a contestar que se trataba de un asunto íntimo, que la señorita era mi novia y que nosotros podíamos solucionar nuestros desarreglos, como podía verse, no necesitábamos de autoridad materna ni paterna ni policiaca para ello, entonces me soltaron y hasta acomodaron mis ropas, pero cuando le preguntaron a ella su versión de los hechos la muy cabrona respondió que yo había tratado de abusar de ella llevándola con mentiras a un cuarto de hotel. Por supuesto que ninguno de los testigos se puso de mi parte y únicamente dos paladines se acercaron a reforzar la versión femenina de los hechos hasta en detalles que nunca pudieron haber presenciado, de manera que los patrulleros me cayeron de nuevo sin pensar en la lógica del relato y dejándola a ella en libertad. Lo peor de todo fue que al abandonar el lugar pasamos frente al resplandeciente letrero del Hotel Morales y pensé que el administrador tampoco había presenciado algo a mi favor y que de cualquier manera no podía esperarse nada de alguien cuya calidad moral se mide al comentar si ya tan pronto al momento de que un huésped sale por cigarros o por lo que sea. Pensé que el mundo estaba loco y lo dije en voz alta, el mundo está loco, aunque para los patrulleros el único loco era yo, nada quise añadir ni pensar ya que mi cabeza zumbaba desde antes de subir a la patrulla cuando junté el aire necesario para decirle a mi novia, ex novia, que una cosa como ésa no se le hace a nadie, pero la muy perra ni ese gusto me concedió, se las ingenió para acercarse a la ventanilla y susurrarme al oído algo que no pude creer: para que aprendas, mamón, que eso no se le hace a nadie.

21/8/2009

UN ESCRITOR INSÓLITO

por Mauricio Bares 
[Confesión en Revista Revés de Morelia, no. 64, 2009]

El hombre más feo del mundo
Cuando alguien habla de un escritor, nos formamos una imagen inmediata: ropa casual, sacos de pana color miel, zapatos de gamuza, pelo largo cuidadosamente despeinado. Un ser que lee un libro en francés en una terraza de la Condesa. Pero si alguien tratara de esbozar una imagen de mi persona a partir de mi obra, creo que me acercaría más a esos pobres personajes balconeados en cada número del Semanario de lo Insólito: un fenómeno oculto en una buhardilla por temor a ser visto.

¡Tiene pelos en las manos!
El hecho de aprender a escribir y a editar al mismo tiempo, ha contribuido a que mi trabajo no se sujete a los intereses de nadie. Así, en vez de balancearme con los vaivenes de la novela histórica, las biografías, o cualquier otro capricho editorial y mercadológico, le he puesto un ojo (sólo uno) a temas como la nota roja, el amarillismo, el sensacionalismo, y otras curiosidades de nuestra cultura que son desdeñadas por el escritor que viste con sacos color miel, zapatos de gamuza, etcétera.
Entre otras observaciones puedo decir que no hay en todo el mundo algo que se asemeje al Alarma!, pese a que nosotros crezcamos tan marcados por esta publicación, que creamos que cada país tiene el suyo. No lo hay en España, cuya cultura mamamos (sólo la cultura). No lo hay en Latinoamérica, con un mestizaje similar al nuestro. No lo hay en los Estados Unidos, país también mestizo y altamente criminal, a menos de que incluyamos su cine y su televisión.
Ese gusto por la muerte mostrada de manera brutal, amigos y amigas, sólo se da aquí. Y me parece que quien quiera entender un poco a nuestra cultura, no puede pasar por alto un dato como éste.

One of us
A diferencia del Alarma!, el Semanario de lo Insólito se nutre de refritos publicados en revistas de sensacionalismo anglosajón: exalta fenómenos físicos y sobrenaturales: ovnis, enanos, marcianos, gigantes, hombres-lobo; es decir, excepciones, seres expulsados del paraíso y la publicidad, quienes por fin encuentran un escaparate a la fama entre sus iguales gracias a las páginas a todo color del Insólito. Estas publicaciones reducen la realidad ampliando sus defectos hasta lo grotesco. Y en franca diferencia con el Alarma!, nunca se regodean con el espectáculo de la muerte violenta.
El lector interesado puede consultar el artículo “Violencia ancestral”, publicado en el suplemento “El Ángel” del periódico Reforma, en http://posthumano.blogspot.com/2009/01/alarma-canibalismo-cinco-pesos.html, donde ahondo de manera seria y fundamentada sobre estos puntos, no como aquí.


¡Escribe con los pies!
No cabe duda que dentro del ambiente solemne y pomposo de las Letras mi trabajo equivale al de un freak digno del Insólito. Algunos títulos hablan por sí solos: La vida es una telenovela, Ya no quiero ser mexicano, Apuntes de un escritor malo. Pero el más significativo en el tema que nos ocupa es A sangre fría, un título que ni siquiera se me ocurrió a mí, que me pareció muy atinado, pero al que siempre le puse un pero: no era original. Se trató de un proyecto editorial que costeé y dirigí con la sola intención de experimentar con los temas expuestos arriba, en un tiempo tan lejano como 1993, justo después de regresar a México tras una estancia en Europa de cuatro años. Estamos hablando de un año después de la “celebración” del V Centenario de la Conquista –con su reiteración de clichés y estereotipos nacionalistas– y de un año antes del asesinato de Colosio, del surgimiento del zapatismo, y la reavivación de lo que entonces llamamos neo-porfirismo. En suma, un momento que nos brindó abundante material temático.
Al paso de todo este tiempo, creo que el fundamento de A sangre fría puede formularse en dos resoluciones. Primero: si los medios de comunicación mentían fingiendo decir la verdad, decidí que era igualmente válido publicar verdaderas mentiras como si fueran reales. Segundo: la intención era aproximarnos por esa vía a la verdad, o cuando menos, a algo que se le pareciera más.
El amarillismo era el tipo de periodismo que merecía nuestro tiempo. Por lo tanto, me pareció que el formato más adecuado era el tabloide, y que en sus páginas, además del debido homenaje al Alarma! y al Insólito, se parodiaran las secciones más recurridas de la prensa nacional: la “3” del Ovaciones, los horóscopos, el “rincón sentimental” del Contenido, entre otros.
Editado totalmente en mi casa, el mecanismo era simple. Cada mediodía me encargaba de comprar dos o tres publicaciones que lucieran sustanciales. Las apilaba en una mesita de centro. Y por la tarde, cuando aparecía el equipo editorial con algunas bebidas espirituosas, seleccionábamos las notas que podían proveernos algo: un encabezado, un pie de foto, un nombre peculiar, una imagen, una nota entera o un fragmento. Inmediatamente, la maquinaria creativa comenzaba a trazar vínculos, a imaginar colaboraciones y crear nuestro Frankenstein. De esta manera, manipulamos con descaro fotos extraídas de otros medios, alteramos notas y, cuando la realidad no ofrecía lo suficiente, las inventamos. Cut-and-paste, pero sin surrealismo. Porque la idea no sólo se limitaba a descontextualizar el material informativo, sino a ubicarlo dentro de un marco donde se apreciaran con mayor claridad los significados que los medios originales pretendían ocultar. Ahora lo puedo enunciar, pero en ese entonces simplemente lo hacíamos y ya, todo muy intuitivo. El resultado puso en evidencia a muchos de los “usos y costumbres” resguardados por la sociedad, a personajes de la política, el arte y el deporte, lo mismo que a las demás publicaciones.
Más aún: aparecer en el primer número con la foto de un feto seccionado longitudinalmente, nos cerró las puertas de casi todas las librerías y de las mesas de redacción, pero nos ganó el apoyo incondicional de unos cuantos libreros y periodistas, por lo que puede decirse que A sangre fría no se contentó con evidenciar a los mencionados “usos y costumbres” dentro de sus páginas, sino que también lo hizo afuera.
En un nivel personal, me brindó la inigualable oportunidad de practicar varios géneros periodísticos, de traducir, de ejercitar diferentes voces a través de varios seudónimos, de poner en público las crónicas sobre mi estancia en Ámsterdam y mi regreso a México, y de darle vida a Anónimo Hernández, mi personaje favorito, en su gustada columna El Coyote Cojo.
El chistecito terminó costándome la relación de pareja con una inglesa, me dejó en bancarrota, pero también me creó una fama inusitada: un relumbre digno del Insólito.
Tanto que debí de haber firmado este texto como Insólito Hernández.

9/5/2009

UN ESCRITOR Y SU HIJO

La gente cree que la exigencia profesional de un escritor se corresponde en una medida justa con sus retribuciones económicas. Pero está muy equivocada. Y cuando un escritor es malo, resulta aún peor.
Hay que pagar la comida, el techo, la ropa. Las palabras lo dicen todo, porque a diferencia de otros profesionales (incluso del hampa o de la política), una expresión como “hacer el súper” en mi caso se limita a “conseguir qué comer”; “comprar una casa” se reduce a “pagar el techo”; e “ir de shopping” se constriñe a “buscar qué ponerme”.
El caso es que ayer por la mañana agarré a mi hijo, un bodoque inquieto y risueño, y me lo llevé a renegociar mis deudas con la arrendadora de mi covacha. Ni siquiera me cuestioné si estaba usando al niño para apelar al chantaje sentimental: ni modo, pensé, tú también comes, así que a chambear con tu papá. Si otros artistas utilizan changuitos amaestrados, yo al menos soy escritor… Si ellos se aprovechan de que la música seduce a humanos y a animales, yo vivo de transmitir palabras, que sólo le incumben a otro humano.
Ya en el camino me topé con una mujer de acento extranjero que le decía a su retoño:
–Ése es un Coche. Y ése es un Árbol. Mira la Fuente, tiene Agua, allí va un Pájaro…
La escena me estrujó el alma por varios motivos.
Primero me estremeció la ternura propia de la enseñanza natural, instintiva: el paso del conocimiento milenario de una generación a otra, esa transmisión que ha asegurado nuestra supervivencia en el mundo. El resguardo de algo tan valioso como el lenguaje, el vocabulario, la palabra. Todo eso en un acto tan banal que ahora pasamos por alto y que hasta puede resultarnos chocante por sí mismo, aún más viniendo de una fuereña que hablaba mejor que nosotros, y que por lo mismo sonaba raro, mal…
Segundo, me hizo saber que yo no pasaba tanto tiempo con mi propio hijo.
Tercero, la imagen de esa mujer nombrando al mundo, objeto por objeto, me hizo recordar aquel cliché de que los escritores reinventan, o cuando menos renombran, al mundo. Y terminan creando otro. Un mundo de ellos, sí, pero un mundo para nosotros, para todos.
En pocas palabras, me sentí hecho pedazos y estuve a punto de regresar a mi casa –que es su casa– a llorar.
Como pude, me rehice y proseguí mi plan. Para ello hay que realizar un largo viaje a pie por el centro de la ciudad, usar el metro, y todavía caminar un trecho por una zona arbolada y vistosa que parece de otro país.
Cargaba a mi hijo en brazos, en silencio, dadas las prisas. Llegamos al enorme edificio de la inmobiliaria con un esquema para renegociar nuestra deuda, la corredora encargada de nuestro expediente me conocía a la perfección… Pero antes de llegar a ella debíamos pasar por el filtro de las recepcionistas. Esto me vino a la memoria cuando vi que nos atendía una nueva empleada en el puesto, misma que me hizo pasar por todo el ritual como si fuera un contratante nuevo para la empresa:
–A qué viene?
–Lo que pasa es que soy escritor y…
–Profesión?
–Le acabo de decir que soy escritor…
–Cómo que escritor?… Eso no aparece en las opciones de este programa… –reclamó presionando varias teclas de su computadora, sin valorar que llevara a un niño en brazos.
A ver, intenten explicar a una empleada lo que es un escritor, su importancia histórica, antropológica, su propósito de transmitir conocimiento a lo largo de milenios, preservando y cultivando y desarrollando algo vital para la especie –incluida ella–, como el lenguaje, sin importar que la pobre no juntara dos mil palabras. Haciendo cálculos estrictos, mi hijo habría de rebasarla en un lapso relativamente corto, si antes no nos quedábamos sin techo por culpa de ella.
En fin, una vez que pude dejarla atrás, conseguí abonar un descuento a mi deuda con el fin de postergar el resto. Abandonamos las ostentosas oficinas de la inmobiliaria, la cual, dicho sea de paso, se enriquece ofreciendo una vivienda indigna a una muchedumbre de pobres diablos como yo. Nuestra miseria es su riqueza.
Lo importante fue que, saliendo de allí, pude ejercer el don hasta entonces negado: nombrar el mundo. Y no sólo para mí, o para unas hojas que nunca encontrarían lectores, sino para mi hijo. Lo hice para sentir ese placer básico de la comunicación. Y pese a la opinión de los profesionales del ramo, no me limité a “comunicar”, sino a heredar conocimiento. Al enseñar fuente-agua-pájaro, la mujer extranjera estuvo rebasando, sin saberlo, las meras palabras aisladas: enseñaba un sistema. Algo más incluyente, más significativo, global. Algo tan importante como los instintos, pues asegura la supervivencia de la especie.
Así que al llegar al Zócalo y caminar rumbo a la Alameda, de vuelta en nuestro territorio, ansioso, comencé con mi nene:
–Mira, estos puestos ambulantes!… Qué linda piratería! Aquí hay montones de películas provenientes de todo el mundo, muchas sin estrenarse siquiera; y paquetes con telenovelas enteras –me pregunté si debía enseñarle la palabra “telenovela”, tan barata e injusta con los verdaderos novelistas, pero como pronto se habría de insertar irremediablemente a su vocabulario, consentí–; y mira aquí, esto se llama pornografía, Las colegialas por la puerta trasera, dice en inglés, aunque no son colegialas de verdad, hijo, sino señoras disfrazadas de muchachitas. Pero si quisieras menores de edad, aquí está Minifaldas y colitas de caballo, traducción aceptable de Ponytails and miniskirts, junto a Dumbo y Baby Einstein. No te gustan? Mira a esta niña que está revisando las portadas como si nada…
–Señor, si no va a comprar…
–Ya, ya, que las compre la niña, yo sólo estoy educando a mi hijo…
Con el sol cayendo a plomo, nos alejamos rumbo al Eje Central. Sentí que me faltaba el aire, y sin aire no hay palabras, al menos para hablar. El brazo izquierdo, asignado para cargar al niño dado que soy diestro, se me había adormecido, así que realicé el cambio pertinente y proseguí con mi función:
–Vamos por acá…
Entonces, junto a un puesto de tortas, vi a un pelón ofreciendo unos sospechosos papelitos, muy disimuladamente, según él. Le dije a mi primogénito: ese señor pelón que acabamos de pasar junto a las tortas está disimulando que no vende papelitos con coca, muy baratos. Hace todo lo posible para disimular que eso es lo único que no está haciendo, para que todos nos enteremos de que está haciéndolo… A fin de cuentas casi no es coca, sino anfetaminas molidas, principalmente, así que el precio está bien, quizá un poco elevado. No importa: mientras disimule bien, es decir, mal, parecerá que no está haciendo lo que no disimula que hace… Bueno, ya pronto entenderás… Te pongo un ejemplo más sencillo: esas cajas grandotas sólo pueden ser televisiones de contrabando, por el tamaño. Aquellos señores en la esquina que ni las voltean a ver, han de ser rusos, o algo así, los otros son asiáticos, y los demás son tus paisanos… Y allá está la patrulla, es la policía, que se encarga de que no suceda nada de lo que está sucediendo…
Me detuve para explicarle lo que eran las fritangas, pero el mediodía estaba a punto de freírnos, de convertirnos en fritangas con pelos, como las que vendían allí. Por instinto busqué una sombra, perseguido por una voz que me inquiría si quería mi sope sencillo o con pollo. El panorama se tornaba borroso y me pregunté si ése no era el modo más adecuado para enfocar mis alrededores. Caminé asegurando a mi hijo entre los brazos y le dije:
–En fin, compadrito, ya no puedo más, éste es el Eje Central, que cuando yo tenía tu edad se llamaba Niño Perdido…
Entonces me cuidé de no dar un paso en falso entre la multitud y caer en el arroyo vehicular, con el riesgo de que se convirtiera en arrollo vehicular. Mi hijo lo miraba todo con suma curiosidad, pero con un gesto de indiferencia, o de familiaridad. Como si esa jungla desquiciada no fuera tan difícil de entender, o como si la comprendiera de antemano y sólo estuviera reconociendo el terreno.
Al pie de la Torre Latinoamericana, al borde del colapso, balbuceé:
–Yo nací de aquel lado, yendo tres calles sobre Victoria, pasando el Barrio Chino. Pero ese pastelote de mármol que ves por allá, apréndetelo bien, es el Palacio de Bellas Artes, a donde sólo entran los escritores más importantes del país…


[y aquí un video para celebrar el Día del Niño y el Día de la Madre]:

25/3/2009

ESCRIBATOR 2

Escribator va al taller

por Anónimo Hernández

Nunca me creí digno de un taller literario; me costaba atribuirme el derecho de quitarle el tiempo a los demás…
Pero siempre hay una primera vez.
Ennio, un amigo, después de leer Escribator, puso un gesto de desconcierto y me dijo:
–Por qué no lo llevas a un taller. Puede que no sea lo mejor, pero al menos te dirán algo.
Mientras Ennio anotaba los datos, me hizo algunas advertencias respecto a los usos y costumbres de los talleres, pero no le presté mucha atención. Días después, me lancé hacia el taller con la esperanza de su vigencia.
Tuve que cruzar toda la ciudad y, pese a mis esfuerzos, llegué cuando la sesión había comenzado. Para mi sorpresa, el ambiente era menos solemne que lo que creí, quizá porque afuera reinaba una soleada tarde de primavera. Sin embargo algo no cuadraba con el optimismo de mis expectativas, no supe precisar qué.
En ese momento, una muchacha con aspecto de oficinista se presentaba ante los asistentes y explicaba que “siempre había querido escribir”, que “tenía montones de cuadernos con cosas que escribió cuando era niña”, y otros argumentos por el estilo. Los demás asistentes no dudaban en mostrar que habían escuchado ese tipo explicaciones muchas veces:
–Y ahora que el cáncer parecía estar consumiéndome pensé que no quería morir sin intentarlo.
–Por eso nos traes tu primer texto –dijo el coordinador.
–Sí, maestro. Le ha gustado mucho a mi familia y a mis amigos –dijo la inocente esbozando una sonrisa que contrastó con la cara de fuchi que pusieron los demás. Según Ennio, ese taller se caracterizaba por atraer a jóvenes promesas que ya contaban con algunos triunfos.
El coordinador, que parecía recién bañado después de tres meses sin hacerlo, preguntó si alguien más leería en la sesión. Los participantes, quienes a su vez parecían sobrinos del coordinador, voltearon hacia cualquier lado como si no los involucrara la moción. Ansioso, levanté la mano y me presenté con las frases que se han convertido en mi tarjeta de presentación:
–Hola, mi nombre es Anónimo Hernández, soy un escritor malo. No le temo a las rimas ni al lugar común. Es más, disfruto con las cacofonías y la reiteración.
Una sonrisilla sarcástica se dibujó en el rostro de las joyas en bruto.
De la lectura de la muchacha oficinista no retuve gran cosa porque mi biblio-narcolepsia se agudiza al “escuchar” literatura. Hice un esfuerzo por mantener los párpados abiertos y disimular los bostezos. Lo que sí recuerdo es que el texto tenía pasajes buenos, sinceros, por lo que no me pareció justo el maltrato que recibió durante los comentarios. “Cuando la muerte te ronda, refresca la fiebre de tu cuerpo enfermo, te alivia”. Nadie reparó en el oxímoron, por ejemplo, el cual me recordó a: “Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío”. En cambio, la criticaron como si fuera una escritora curtida y experta. Por favor, la joven venía saliendo de un tratamiento contra el cáncer. Si aquello hubiera sido futbol americano, el réferi los habría castigado por “rudeza innecesaria”, pero aquí el coordinador apenas se mesó las barbas. La chica parecía a punto de recoger sus cosas y partir llorando. Para ser francos, yo había leído infinidad de cosas peores en las revistas y suplementos que Escribator había destruido en su momento. Lo cierto fue que no me atreví a mencionarlo porque ahora seguía mi turno.
Intenté escapar, no pude.
Leí mi texto y diré, para conservar el ambiente mortuorio, que se hizo un silencio sepulcral. Cada integrante de la mesa parecía mirar por la ventana de su propio autobús. Entendí que la tarde soleada no coincidía con el ambiente sombrío del convivio. Hasta que por fin un jovencito, con el peinado cuidadosamente despeinado, opinó:
–No tengo nada que decir. Esta historia es un disparate, resulta totalmente increíble…
–Pero la literatura debe hablar sobre lo inusual… –me apresuré a intervenir.
Los participantes pusieron ese gesto de los alumnos que se quejan con su maestra de primaria y dijeron a coro:
–Está defendiendo su texto…!
En realidad no estaba defendiendo nada, de hecho nunca pensé que me estuvieran atacando. Pero el maestro me reconvino arqueando un poco las cejas. Entonces otro mozuelo, enfundado en un pesado abrigo negro, escupió:
–Es que todo está mal, desde el título … Por qué debe llamarse Escribator?
Entonces recordé que Ennio ya me había prevenido: “Se atacan como perros con el pretexto de que el aspirante a escritor debe aprender a enfrentar las críticas”, pero en su momento creí que era sólo una forma de decirlo, no algo literal.
Tímido, apenas me atreví a deslizar:
–Alguna sugerencia?
El muchacho me castigó con la mirada por haberlo interrumpido, pero después se animó a proponer:
–No sé, podría llamarse Robot Corrector de Estilo
–Algo así como Correktor…?
–No, no! Por qué en inglés! Algo en español: Robot Corrector Literario, no sé…
–Sí, el nombrecito debe cambiar. Algo en español va por buen camino –dijo el Coordinator.
Otro despeinado metió su cuchara: “Hay algo que me salta…”. Pues ojalá no sea una pierna, pensé.
–Que vengan productores de Hollywood a buscar a un desconocido, resulta inadmisible –añadió.
Quise aclarar que todo había sido cierto, pero entonces comenzaron a tundirme entre todos.
–Sí, tampoco es creíble que un superhéroe se preocupe por la literatura…
–No sé qué quisiste hacer, pero esto no es un cuento, no hay un conflicto…
–No?
–No, porque tampoco hay un antagonista definido…
Según yo, sí. Pero sólo dije:
–No?
La frustración me hizo creer que Escribator, quien yacía plácidamente en las páginas frente a mí, echaría a andar sus mecanismos para levantarse y defenderme. Pero otra andanada de kryptonita terminó por aplacarlo:
–Explica: si el robot te destruyó en tu historia, cómo es que estás aquí.
Es verdad, cómo es que estoy aquí, pensé. No sirvo para esto.
–Y por qué eso de “afamada librería”? Por qué no decir el nombre? –apuntó la oficinista mostrando que había aprendido de inmediato la lección: tuvo la oportunidad de desquitarse y no la desaprovechó.
–Sí. Además, en los suplementos y revistas hay buenos escritores.
–Y supongo que entre los libros que tu “superhéroe” destruye debe de haber algunos de los que hemos escrito nosotros –reclamó el del abrigo.
Ya salió el peine, a dónde vine a caer, pensé. “Ten cuidado, en los talleres se incuba el ambiente malsano que pervive en el medio literario”, me había advertido Ennio. Me sentí como niño ridiculizado en clase. “Ya verán, pendejos, Escribator les va a partir la madre”, maldije en silencio. Pero, como en la primaria, sólo alcé la mano para decir:
–Maestro, me da permiso de ir a hacer pipí?
–No.
Para no alargar el cuento, me hicieron ver que mi relato era inservible y que debía cambiarlo por completo. De haber podido, me habría arrugado, me habría hecho bolita y me habría arrojado al cesto de basura. Sin embargo, aún me escuché suplicando:
–Podrían darme algunas sugerencias?
El muchacho del abrigo, quien debía tener la temperatura de las víboras porque no sudaba una gota pese al calorón, dijo:
–Se me ocurre que podrías llevar tu Machina Letrata a un taller.
–Sí, ésa es una idea afortunada –añadió otro–, jugar con la noción de un taller que sea mecánico y literario.
–Un lugar donde se practiquen los ajustes necesarios para hacer creíble tanto al cuento como al robot –sugirió la oficinista, maldita traidora.
Aquello fue un aluvión de ideas, mismas que fui anotando sin importar los calambres en el puño y el antebrazo. Me pareció extraño que se pasaran por el arco del triunfo la inmejorable oportunidad de conversar con el autor, conocer sus intenciones, saber si éstas cuadraban con el resultado final. No entendí cómo podían sentirse tan seguros de que sus consejos eran los más adecuados, pero los decían con tanta convicción que al término de la sesión, con ojos humedecidos, me despedí de mano agradeciéndoles su ayuda.
Al salir me pregunté si Ennio no habría sido víctima de aquel infausto sistema, de ese nido que incuba a las víboras que después leemos cada fin de semana en todos los suplementos y revistas, como él mismo lo había definido. Una víctima más. De hecho pensé que el cabrón nomás me envió allí para librarse de darme un comentario.
El caso es que a partir de aquella tarde pasé días y noches quitando tuercas, cambiando piezas, aceitando engranajes. Fue así como mi Machina Letrata se convirtió en Machina Castrata. Sí, amigos, Escribator, el entrañable superhéroe, pasó a convertirse en Aspirator: una simple aspiradora, compuesta por un juego de palabras con la palabra “aspirar”: un artefacto doméstico que aspira a ser escritor y que, mientras tanto, tiene que tragarse toda la mugre.

Fin

[Dos reseñas de películas de "cierta-ficción" y superhéroes por mi crítica de cine favorita: la adorada Raquel Revuelta]