05/11/2009
20/10/2009
APUNTES DE UN ESCRITOR MALO - La Presentación!

La editorial Nitro/Press tiene el gran placer de invitarlos a la exquisita presentación del libro Apuntes de un escritor malo:
* Jueves 29 de Octubre, 8:00-10:30 pm, en el majestuoso ExTeresa Arte Actual, calle Lic. Verdad # 8, a un costado del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana (ver croquis abajo)
* Presentan: Mauricio Bares y los enormes Alberto Chimal y Bernardo Fernández (BEF)
* Música ambiental: Peach Melba
* Visuales Nitro/Press
Portada
El libro reúne versiones mejoradas de lo más granado del blog de Anónimo Hernández, así como joyas inéditas que harán las delicias del respetable, como Escribator 3, Un escritor y su hijo 2, Malas influenzas, Malnacido, Pesadilla en Sesame Street, Un escritor con recursos, así como comentarios de sus lectores más queridos.

03/10/2009
LA VIDA ES UNA TELENOVELA - The Book!
Presentación en la Feria del Libro de Saltillo, Museo del Desierto, el 7 de octubre, 17 hrs.
Y en el DF, en la Feria del Libro del Zócalo, el 13 de octubre, 18 hrs, con Alejandra Peart (editora), Daniel Espartaco y Mauricio Bares
[Visita el blog de este libro para ver imágenes y fragmentos de los relatos]


[Este es un cuento escrito por Anónimo Hernández en 1992 y una imagen de la historieta que Rick Camacho realizó para otro relato; ambos se incluyen en el libro]
Eso no se le hace a nadie
Teníamos alquilada por veinticuatro horas una habitación del Hotel Morales, que está frente a la estación del metro Lázaro Cárdenas, pero sólo habíamos permanecido tres, lo que se tarda uno en hacerlo bien, así que le pedí a mi novia que se quedara toda la noche conmigo para reposar y hacer el amor de nuevo sin ninguna presión de tiempo, siendo viernes no había preocupación por trabajar al día siguiente, según yo ése era el plan, aunque nunca lo discutimos porque era la primera vez que íbamos juntos a un hotel, pero de pronto ella insistió en que debía marcharse para no alimentar la suspicacia de su madre y yo naturalmente traté de persuadirla aprovechando el calorcito que dejaron nuestros cuerpos sobre la cama, usted sabe teniente que bastan algunas frases vaporosas y una rodilla audaz para convencer a nuestra pareja, no obstante cuando yo creí que había logrado mi objetivo escuché con desconcierto que ella se quedaría sólo un rato para llegar a su casa en buena hora y evitarse toda clase de problemas familiares, así que en ese momento, por obra de mi propia paranoia, vi con claridad la cara de su madre asomándose por detrás de su hombro y me imaginé a todos sus vecinos señalándola con el dedo como si divertirse y gozar de su propio cuerpo fuera algo que los demás no pudieran soportar, por eso el termómetro que volvía a ascender en mi pareja por culpa de mi estúpida rodilla audaz cesó de emocionarme sopesando sobre el colchón el cuerpo de su santificada madre (la madre de mi novia, teniente, no la de usted), el cuerpo de su madre interponiéndose entre mi novia y yo, lo peor de todo fue que mi sexualidad decayó tan estrepitosamente al imaginarme dándole gozo a la respetable señora, quien, a decir verdad, ya no levanta a los hombres ni las dudas, tal vez el poder de la menopausia sea un origen de los múltiples problemas de nuestra patria, teniente, porque cuando las hijas despiertan al sexo, sus madres se despiden rencorosas de él, deberíamos liberar a las muchachas de las envidias maternas, creo yo. En fin, dentro de tales circunstancias me pareció lo más natural levantarme e invitar a mi pareja a retirarnos, pero no sé qué ideas se le metieron a ella en la cabeza que entonces me jaló del brazo e intentó tenderme de nuevo sobre el colchón en una ridícula escena de estira y afloja, estira y afloja, estira y afloja, hasta que cedió y contempló cómo iba yo vistiéndome metódicamente al tiempo que le explicaba que lo mejor era irnos y no forzar las cosas si estaba bien claro que su mami podía más que yo, ¿ve usted alguna grosería en eso?, pero creo que debí quedarme callado, ahora veo que mis palabras parecieron groseras pero le juré a ella cuando vino a plantarme una bofetada y yo le dije que no volviera a hacerlo y ella volvió a hacerlo y lo hubiera seguido haciendo si no fue porque la zangoloteé por los hombros y la arrojé a la cama, le juré y le juro a usted ahora que mis palabras sólo decían lo que decían, porque aunque soy Anónimo Hernández, el modesto escritor de novelitas calientes que se venden en puestos de periódicos, y aunque sé que en nuestra sociedad ésa más que una profesión es una cochinada, a mí me parece inclusive más limpia que la carrera de abogado o policía, sin agraviar a ningún presente, yo al menos no recibo órdenes de nadie y como profesionista del lenguaje puedo asegurarle que mis palabras sólo decían lo que decían.
Pero además qué era lo que ella perdía si me marchaba, por qué se me colgaba del pescuezo y me besaba y me despeinaba cada vez que la gomina y mi peine trataban de socializar mi cabello, por qué su actitud había girado desde la agresión hasta la complacencia, pues ahora me pedía que me quedara para que le hiciera todo lo que yo quisiera. A lo mejor en verdad hacía falta que su madre se plantara entre nosotros para imponer algún orden, aunque fuera el suyo, porque nosotros no llegábamos a ningún acuerdo, si yo me calmaba para explicarle que ya no conseguiría entusiasmo orgánico alguno ella no me escuchaba y chillaba hasta hacerme encabronar y entonces yo volvía a gritarle y ella a pedirme que no le hablara así y yo le decía que cómo así y ella decía que así y yo le sugería que no fuera pendeja y ella chillaba y entonces ya no hablábamos de absolutamente nada. Habrá sido que ella se había animado por segunda vez y no quería quedarse con las ganas, no sé, el caso es que después de tan apasionado ajetreo acepté permanecer con ella y propuse una ducha para refrescar los hechos, que ella se adelantara y que yo la alcanzaría después de orinar, así que cuando escuché el chorro de la regadera volví a peinarme y abandoné la habitación en silencio, claro, teniente, que muchachas como ella siempre nos obligan a llevarlas a hoteles que por lo menos cuenten con elevador, sin importar que en este caso tal servicio no fuese de primera calidad y durante los trayectos las parejas se cuchichearan y no se atrevieran a mirarse unas a otras y donde yo por supuesto era el único elemento extraño que podía mirarlos a todos y ser mirado con mala fe como si me faltara un huevo o como si hubiera alquilado un cuarto para hacer lo mismo que ellos, pero solo, lo importante fue que perdí mucho tiempo en bajar y esquivar al administrador que insolente me preguntó si ya tan pronto y me exigió firmar mi salida y me preguntó por mi esposa, ya sabe teniente que estas malditas siempre exigen que firmemos como si estuviéramos casados, pero luego de aclarar al administrador que no precisaba de mi firma puesto que mi mujer aún estaba en el cuarto y que yo sólo iba por cigarros, salí del hotel y caminé hacia la parada del camión más próxima sin dar ni veinte pasos cuando escuché a mis espaldas los chilliditos que yo tan bien conocía y sin tener tiempo a reaccionar fui jaloneado por las ropas, atenazado por el pescuezo y regañado a la vista de toda la gente que a esa hora salía de sus trabajos para gozar de la última luz natural y del espectáculo que esta loca ofrecía forcejeando en pleno Eje Central con la blusa medio desabotonada y la falda chueca y sin un zapato y con la piel y el pelo mojados pidiéndome que regresara con ella, pero yo caminaba ahora de espaldas como quien dice arrastrándola y planeando mis movimientos para zafarme y correr hacia la esquina sin que ningún paladín justiciero de los que me miraban con desprecio se entrometiera y sin que los otros, mayormente amas de casa que la miraban a ella como a una putilla escandalosa se atrevieran a recriminarle algo, pero al llegar a la esquina, lo que sus patrulleros vieron fue un caso poco común y por ello descendieron de inmediato y se apoderaron de mí con la presteza y espectacularidad que les permitieron sus abundantes panzas y me preguntaron que qué. Me limité a contestar que se trataba de un asunto íntimo, que la señorita era mi novia y que nosotros podíamos solucionar nuestros desarreglos, como podía verse, no necesitábamos de autoridad materna ni paterna ni policiaca para ello, entonces me soltaron y hasta acomodaron mis ropas, pero cuando le preguntaron a ella su versión de los hechos la muy cabrona respondió que yo había tratado de abusar de ella llevándola con mentiras a un cuarto de hotel. Por supuesto que ninguno de los testigos se puso de mi parte y únicamente dos paladines se acercaron a reforzar la versión femenina de los hechos hasta en detalles que nunca pudieron haber presenciado, de manera que los patrulleros me cayeron de nuevo sin pensar en la lógica del relato y dejándola a ella en libertad. Lo peor de todo fue que al abandonar el lugar pasamos frente al resplandeciente letrero del Hotel Morales y pensé que el administrador tampoco había presenciado algo a mi favor y que de cualquier manera no podía esperarse nada de alguien cuya calidad moral se mide al comentar si ya tan pronto al momento de que un huésped sale por cigarros o por lo que sea. Pensé que el mundo estaba loco y lo dije en voz alta, el mundo está loco, aunque para los patrulleros el único loco era yo, nada quise añadir ni pensar ya que mi cabeza zumbaba desde antes de subir a la patrulla cuando junté el aire necesario para decirle a mi novia, ex novia, que una cosa como ésa no se le hace a nadie, pero la muy perra ni ese gusto me concedió, se las ingenió para acercarse a la ventanilla y susurrarme al oído algo que no pude creer: para que aprendas, mamón, que eso no se le hace a nadie.
Y en el DF, en la Feria del Libro del Zócalo, el 13 de octubre, 18 hrs, con Alejandra Peart (editora), Daniel Espartaco y Mauricio Bares
[Visita el blog de este libro para ver imágenes y fragmentos de los relatos]


[Este es un cuento escrito por Anónimo Hernández en 1992 y una imagen de la historieta que Rick Camacho realizó para otro relato; ambos se incluyen en el libro]
Eso no se le hace a nadie
Teníamos alquilada por veinticuatro horas una habitación del Hotel Morales, que está frente a la estación del metro Lázaro Cárdenas, pero sólo habíamos permanecido tres, lo que se tarda uno en hacerlo bien, así que le pedí a mi novia que se quedara toda la noche conmigo para reposar y hacer el amor de nuevo sin ninguna presión de tiempo, siendo viernes no había preocupación por trabajar al día siguiente, según yo ése era el plan, aunque nunca lo discutimos porque era la primera vez que íbamos juntos a un hotel, pero de pronto ella insistió en que debía marcharse para no alimentar la suspicacia de su madre y yo naturalmente traté de persuadirla aprovechando el calorcito que dejaron nuestros cuerpos sobre la cama, usted sabe teniente que bastan algunas frases vaporosas y una rodilla audaz para convencer a nuestra pareja, no obstante cuando yo creí que había logrado mi objetivo escuché con desconcierto que ella se quedaría sólo un rato para llegar a su casa en buena hora y evitarse toda clase de problemas familiares, así que en ese momento, por obra de mi propia paranoia, vi con claridad la cara de su madre asomándose por detrás de su hombro y me imaginé a todos sus vecinos señalándola con el dedo como si divertirse y gozar de su propio cuerpo fuera algo que los demás no pudieran soportar, por eso el termómetro que volvía a ascender en mi pareja por culpa de mi estúpida rodilla audaz cesó de emocionarme sopesando sobre el colchón el cuerpo de su santificada madre (la madre de mi novia, teniente, no la de usted), el cuerpo de su madre interponiéndose entre mi novia y yo, lo peor de todo fue que mi sexualidad decayó tan estrepitosamente al imaginarme dándole gozo a la respetable señora, quien, a decir verdad, ya no levanta a los hombres ni las dudas, tal vez el poder de la menopausia sea un origen de los múltiples problemas de nuestra patria, teniente, porque cuando las hijas despiertan al sexo, sus madres se despiden rencorosas de él, deberíamos liberar a las muchachas de las envidias maternas, creo yo. En fin, dentro de tales circunstancias me pareció lo más natural levantarme e invitar a mi pareja a retirarnos, pero no sé qué ideas se le metieron a ella en la cabeza que entonces me jaló del brazo e intentó tenderme de nuevo sobre el colchón en una ridícula escena de estira y afloja, estira y afloja, estira y afloja, hasta que cedió y contempló cómo iba yo vistiéndome metódicamente al tiempo que le explicaba que lo mejor era irnos y no forzar las cosas si estaba bien claro que su mami podía más que yo, ¿ve usted alguna grosería en eso?, pero creo que debí quedarme callado, ahora veo que mis palabras parecieron groseras pero le juré a ella cuando vino a plantarme una bofetada y yo le dije que no volviera a hacerlo y ella volvió a hacerlo y lo hubiera seguido haciendo si no fue porque la zangoloteé por los hombros y la arrojé a la cama, le juré y le juro a usted ahora que mis palabras sólo decían lo que decían, porque aunque soy Anónimo Hernández, el modesto escritor de novelitas calientes que se venden en puestos de periódicos, y aunque sé que en nuestra sociedad ésa más que una profesión es una cochinada, a mí me parece inclusive más limpia que la carrera de abogado o policía, sin agraviar a ningún presente, yo al menos no recibo órdenes de nadie y como profesionista del lenguaje puedo asegurarle que mis palabras sólo decían lo que decían.
Pero además qué era lo que ella perdía si me marchaba, por qué se me colgaba del pescuezo y me besaba y me despeinaba cada vez que la gomina y mi peine trataban de socializar mi cabello, por qué su actitud había girado desde la agresión hasta la complacencia, pues ahora me pedía que me quedara para que le hiciera todo lo que yo quisiera. A lo mejor en verdad hacía falta que su madre se plantara entre nosotros para imponer algún orden, aunque fuera el suyo, porque nosotros no llegábamos a ningún acuerdo, si yo me calmaba para explicarle que ya no conseguiría entusiasmo orgánico alguno ella no me escuchaba y chillaba hasta hacerme encabronar y entonces yo volvía a gritarle y ella a pedirme que no le hablara así y yo le decía que cómo así y ella decía que así y yo le sugería que no fuera pendeja y ella chillaba y entonces ya no hablábamos de absolutamente nada. Habrá sido que ella se había animado por segunda vez y no quería quedarse con las ganas, no sé, el caso es que después de tan apasionado ajetreo acepté permanecer con ella y propuse una ducha para refrescar los hechos, que ella se adelantara y que yo la alcanzaría después de orinar, así que cuando escuché el chorro de la regadera volví a peinarme y abandoné la habitación en silencio, claro, teniente, que muchachas como ella siempre nos obligan a llevarlas a hoteles que por lo menos cuenten con elevador, sin importar que en este caso tal servicio no fuese de primera calidad y durante los trayectos las parejas se cuchichearan y no se atrevieran a mirarse unas a otras y donde yo por supuesto era el único elemento extraño que podía mirarlos a todos y ser mirado con mala fe como si me faltara un huevo o como si hubiera alquilado un cuarto para hacer lo mismo que ellos, pero solo, lo importante fue que perdí mucho tiempo en bajar y esquivar al administrador que insolente me preguntó si ya tan pronto y me exigió firmar mi salida y me preguntó por mi esposa, ya sabe teniente que estas malditas siempre exigen que firmemos como si estuviéramos casados, pero luego de aclarar al administrador que no precisaba de mi firma puesto que mi mujer aún estaba en el cuarto y que yo sólo iba por cigarros, salí del hotel y caminé hacia la parada del camión más próxima sin dar ni veinte pasos cuando escuché a mis espaldas los chilliditos que yo tan bien conocía y sin tener tiempo a reaccionar fui jaloneado por las ropas, atenazado por el pescuezo y regañado a la vista de toda la gente que a esa hora salía de sus trabajos para gozar de la última luz natural y del espectáculo que esta loca ofrecía forcejeando en pleno Eje Central con la blusa medio desabotonada y la falda chueca y sin un zapato y con la piel y el pelo mojados pidiéndome que regresara con ella, pero yo caminaba ahora de espaldas como quien dice arrastrándola y planeando mis movimientos para zafarme y correr hacia la esquina sin que ningún paladín justiciero de los que me miraban con desprecio se entrometiera y sin que los otros, mayormente amas de casa que la miraban a ella como a una putilla escandalosa se atrevieran a recriminarle algo, pero al llegar a la esquina, lo que sus patrulleros vieron fue un caso poco común y por ello descendieron de inmediato y se apoderaron de mí con la presteza y espectacularidad que les permitieron sus abundantes panzas y me preguntaron que qué. Me limité a contestar que se trataba de un asunto íntimo, que la señorita era mi novia y que nosotros podíamos solucionar nuestros desarreglos, como podía verse, no necesitábamos de autoridad materna ni paterna ni policiaca para ello, entonces me soltaron y hasta acomodaron mis ropas, pero cuando le preguntaron a ella su versión de los hechos la muy cabrona respondió que yo había tratado de abusar de ella llevándola con mentiras a un cuarto de hotel. Por supuesto que ninguno de los testigos se puso de mi parte y únicamente dos paladines se acercaron a reforzar la versión femenina de los hechos hasta en detalles que nunca pudieron haber presenciado, de manera que los patrulleros me cayeron de nuevo sin pensar en la lógica del relato y dejándola a ella en libertad. Lo peor de todo fue que al abandonar el lugar pasamos frente al resplandeciente letrero del Hotel Morales y pensé que el administrador tampoco había presenciado algo a mi favor y que de cualquier manera no podía esperarse nada de alguien cuya calidad moral se mide al comentar si ya tan pronto al momento de que un huésped sale por cigarros o por lo que sea. Pensé que el mundo estaba loco y lo dije en voz alta, el mundo está loco, aunque para los patrulleros el único loco era yo, nada quise añadir ni pensar ya que mi cabeza zumbaba desde antes de subir a la patrulla cuando junté el aire necesario para decirle a mi novia, ex novia, que una cosa como ésa no se le hace a nadie, pero la muy perra ni ese gusto me concedió, se las ingenió para acercarse a la ventanilla y susurrarme al oído algo que no pude creer: para que aprendas, mamón, que eso no se le hace a nadie.
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La vida es una telenovela,
Mauricio Bares
21/08/2009
UN ESCRITOR INSÓLITO
por Mauricio Bares
[Confesión en Revista Revés de Morelia, no. 64, 2009]
El hombre más feo del mundo
Cuando alguien habla de un escritor, nos formamos una imagen inmediata: ropa casual, sacos de pana color miel, zapatos de gamuza, pelo largo cuidadosamente despeinado. Un ser que lee un libro en francés en una terraza de la Condesa. Pero si alguien tratara de esbozar una imagen de mi persona a partir de mi obra, creo que me acercaría más a esos pobres personajes balconeados en cada número del Semanario de lo Insólito: un fenómeno oculto en una buhardilla por temor a ser visto.
¡Tiene pelos en las manos!
El hecho de aprender a escribir y a editar al mismo tiempo, ha contribuido a que mi trabajo no se sujete a los intereses de nadie. Así, en vez de balancearme con los vaivenes de la novela histórica, las biografías, o cualquier otro capricho editorial y mercadológico, le he puesto un ojo (sólo uno) a temas como la nota roja, el amarillismo, el sensacionalismo, y otras curiosidades de nuestra cultura que son desdeñadas por el escritor que viste con sacos color miel, zapatos de gamuza, etcétera.
Entre otras observaciones puedo decir que no hay en todo el mundo algo que se asemeje al Alarma!, pese a que nosotros crezcamos tan marcados por esta publicación, que creamos que cada país tiene el suyo. No lo hay en España, cuya cultura mamamos (sólo la cultura). No lo hay en Latinoamérica, con un mestizaje similar al nuestro. No lo hay en los Estados Unidos, país también mestizo y altamente criminal, a menos de que incluyamos su cine y su televisión.
Ese gusto por la muerte mostrada de manera brutal, amigos y amigas, sólo se da aquí. Y me parece que quien quiera entender un poco a nuestra cultura, no puede pasar por alto un dato como éste.
One of us
A diferencia del Alarma!, el Semanario de lo Insólito se nutre de refritos publicados en revistas de sensacionalismo anglosajón: exalta fenómenos físicos y sobrenaturales: ovnis, enanos, marcianos, gigantes, hombres-lobo; es decir, excepciones, seres expulsados del paraíso y la publicidad, quienes por fin encuentran un escaparate a la fama entre sus iguales gracias a las páginas a todo color del Insólito. Estas publicaciones reducen la realidad ampliando sus defectos hasta lo grotesco. Y en franca diferencia con el Alarma!, nunca se regodean con el espectáculo de la muerte violenta.
El lector interesado puede consultar el artículo “Violencia ancestral”, publicado en el suplemento “El Ángel” del periódico Reforma, en http://posthumano.blogspot.com/2009/01/alarma-canibalismo-cinco-pesos.html, donde ahondo de manera seria y fundamentada sobre estos puntos, no como aquí.

¡Escribe con los pies!
No cabe duda que dentro del ambiente solemne y pomposo de las Letras mi trabajo equivale al de un freak digno del Insólito. Algunos títulos hablan por sí solos: La vida es una telenovela, Ya no quiero ser mexicano, Apuntes de un escritor malo. Pero el más significativo en el tema que nos ocupa es A sangre fría, un título que ni siquiera se me ocurrió a mí, que me pareció muy atinado, pero al que siempre le puse un pero: no era original. Se trató de un proyecto editorial que costeé y dirigí con la sola intención de experimentar con los temas expuestos arriba, en un tiempo tan lejano como 1993, justo después de regresar a México tras una estancia en Europa de cuatro años. Estamos hablando de un año después de la “celebración” del V Centenario de la Conquista –con su reiteración de clichés y estereotipos nacionalistas– y de un año antes del asesinato de Colosio, del surgimiento del zapatismo, y la reavivación de lo que entonces llamamos neo-porfirismo. En suma, un momento que nos brindó abundante material temático.
Al paso de todo este tiempo, creo que el fundamento de A sangre fría puede formularse en dos resoluciones. Primero: si los medios de comunicación mentían fingiendo decir la verdad, decidí que era igualmente válido publicar verdaderas mentiras como si fueran reales. Segundo: la intención era aproximarnos por esa vía a la verdad, o cuando menos, a algo que se le pareciera más.
El amarillismo era el tipo de periodismo que merecía nuestro tiempo. Por lo tanto, me pareció que el formato más adecuado era el tabloide, y que en sus páginas, además del debido homenaje al Alarma! y al Insólito, se parodiaran las secciones más recurridas de la prensa nacional: la “3” del Ovaciones, los horóscopos, el “rincón sentimental” del Contenido, entre otros.
Editado totalmente en mi casa, el mecanismo era simple. Cada mediodía me encargaba de comprar dos o tres publicaciones que lucieran sustanciales. Las apilaba en una mesita de centro. Y por la tarde, cuando aparecía el equipo editorial con algunas bebidas espirituosas, seleccionábamos las notas que podían proveernos algo: un encabezado, un pie de foto, un nombre peculiar, una imagen, una nota entera o un fragmento. Inmediatamente, la maquinaria creativa comenzaba a trazar vínculos, a imaginar colaboraciones y crear nuestro Frankenstein. De esta manera, manipulamos con descaro fotos extraídas de otros medios, alteramos notas y, cuando la realidad no ofrecía lo suficiente, las inventamos. Cut-and-paste, pero sin surrealismo. Porque la idea no sólo se limitaba a descontextualizar el material informativo, sino a ubicarlo dentro de un marco donde se apreciaran con mayor claridad los significados que los medios originales pretendían ocultar. Ahora lo puedo enunciar, pero en ese entonces simplemente lo hacíamos y ya, todo muy intuitivo. El resultado puso en evidencia a muchos de los “usos y costumbres” resguardados por la sociedad, a personajes de la política, el arte y el deporte, lo mismo que a las demás publicaciones.
Más aún: aparecer en el primer número con la foto de un feto seccionado longitudinalmente, nos cerró las puertas de casi todas las librerías y de las mesas de redacción, pero nos ganó el apoyo incondicional de unos cuantos libreros y periodistas, por lo que puede decirse que A sangre fría no se contentó con evidenciar a los mencionados “usos y costumbres” dentro de sus páginas, sino que también lo hizo afuera.
En un nivel personal, me brindó la inigualable oportunidad de practicar varios géneros periodísticos, de traducir, de ejercitar diferentes voces a través de varios seudónimos, de poner en público las crónicas sobre mi estancia en Ámsterdam y mi regreso a México, y de darle vida a Anónimo Hernández, mi personaje favorito, en su gustada columna El Coyote Cojo.
El chistecito terminó costándome la relación de pareja con una inglesa, me dejó en bancarrota, pero también me creó una fama inusitada: un relumbre digno del Insólito.
Tanto que debí de haber firmado este texto como Insólito Hernández.
El hombre más feo del mundo
Cuando alguien habla de un escritor, nos formamos una imagen inmediata: ropa casual, sacos de pana color miel, zapatos de gamuza, pelo largo cuidadosamente despeinado. Un ser que lee un libro en francés en una terraza de la Condesa. Pero si alguien tratara de esbozar una imagen de mi persona a partir de mi obra, creo que me acercaría más a esos pobres personajes balconeados en cada número del Semanario de lo Insólito: un fenómeno oculto en una buhardilla por temor a ser visto.
¡Tiene pelos en las manos!El hecho de aprender a escribir y a editar al mismo tiempo, ha contribuido a que mi trabajo no se sujete a los intereses de nadie. Así, en vez de balancearme con los vaivenes de la novela histórica, las biografías, o cualquier otro capricho editorial y mercadológico, le he puesto un ojo (sólo uno) a temas como la nota roja, el amarillismo, el sensacionalismo, y otras curiosidades de nuestra cultura que son desdeñadas por el escritor que viste con sacos color miel, zapatos de gamuza, etcétera.
Entre otras observaciones puedo decir que no hay en todo el mundo algo que se asemeje al Alarma!, pese a que nosotros crezcamos tan marcados por esta publicación, que creamos que cada país tiene el suyo. No lo hay en España, cuya cultura mamamos (sólo la cultura). No lo hay en Latinoamérica, con un mestizaje similar al nuestro. No lo hay en los Estados Unidos, país también mestizo y altamente criminal, a menos de que incluyamos su cine y su televisión.
Ese gusto por la muerte mostrada de manera brutal, amigos y amigas, sólo se da aquí. Y me parece que quien quiera entender un poco a nuestra cultura, no puede pasar por alto un dato como éste.
One of usA diferencia del Alarma!, el Semanario de lo Insólito se nutre de refritos publicados en revistas de sensacionalismo anglosajón: exalta fenómenos físicos y sobrenaturales: ovnis, enanos, marcianos, gigantes, hombres-lobo; es decir, excepciones, seres expulsados del paraíso y la publicidad, quienes por fin encuentran un escaparate a la fama entre sus iguales gracias a las páginas a todo color del Insólito. Estas publicaciones reducen la realidad ampliando sus defectos hasta lo grotesco. Y en franca diferencia con el Alarma!, nunca se regodean con el espectáculo de la muerte violenta.
El lector interesado puede consultar el artículo “Violencia ancestral”, publicado en el suplemento “El Ángel” del periódico Reforma, en http://posthumano.blogspot.com/2009/01/alarma-canibalismo-cinco-pesos.html, donde ahondo de manera seria y fundamentada sobre estos puntos, no como aquí.

¡Escribe con los pies!
No cabe duda que dentro del ambiente solemne y pomposo de las Letras mi trabajo equivale al de un freak digno del Insólito. Algunos títulos hablan por sí solos: La vida es una telenovela, Ya no quiero ser mexicano, Apuntes de un escritor malo. Pero el más significativo en el tema que nos ocupa es A sangre fría, un título que ni siquiera se me ocurrió a mí, que me pareció muy atinado, pero al que siempre le puse un pero: no era original. Se trató de un proyecto editorial que costeé y dirigí con la sola intención de experimentar con los temas expuestos arriba, en un tiempo tan lejano como 1993, justo después de regresar a México tras una estancia en Europa de cuatro años. Estamos hablando de un año después de la “celebración” del V Centenario de la Conquista –con su reiteración de clichés y estereotipos nacionalistas– y de un año antes del asesinato de Colosio, del surgimiento del zapatismo, y la reavivación de lo que entonces llamamos neo-porfirismo. En suma, un momento que nos brindó abundante material temático.
Al paso de todo este tiempo, creo que el fundamento de A sangre fría puede formularse en dos resoluciones. Primero: si los medios de comunicación mentían fingiendo decir la verdad, decidí que era igualmente válido publicar verdaderas mentiras como si fueran reales. Segundo: la intención era aproximarnos por esa vía a la verdad, o cuando menos, a algo que se le pareciera más.
El amarillismo era el tipo de periodismo que merecía nuestro tiempo. Por lo tanto, me pareció que el formato más adecuado era el tabloide, y que en sus páginas, además del debido homenaje al Alarma! y al Insólito, se parodiaran las secciones más recurridas de la prensa nacional: la “3” del Ovaciones, los horóscopos, el “rincón sentimental” del Contenido, entre otros.Editado totalmente en mi casa, el mecanismo era simple. Cada mediodía me encargaba de comprar dos o tres publicaciones que lucieran sustanciales. Las apilaba en una mesita de centro. Y por la tarde, cuando aparecía el equipo editorial con algunas bebidas espirituosas, seleccionábamos las notas que podían proveernos algo: un encabezado, un pie de foto, un nombre peculiar, una imagen, una nota entera o un fragmento. Inmediatamente, la maquinaria creativa comenzaba a trazar vínculos, a imaginar colaboraciones y crear nuestro Frankenstein. De esta manera, manipulamos con descaro fotos extraídas de otros medios, alteramos notas y, cuando la realidad no ofrecía lo suficiente, las inventamos. Cut-and-paste, pero sin surrealismo. Porque la idea no sólo se limitaba a descontextualizar el material informativo, sino a ubicarlo dentro de un marco donde se apreciaran con mayor claridad los significados que los medios originales pretendían ocultar. Ahora lo puedo enunciar, pero en ese entonces simplemente lo hacíamos y ya, todo muy intuitivo. El resultado puso en evidencia a muchos de los “usos y costumbres” resguardados por la sociedad, a personajes de la política, el arte y el deporte, lo mismo que a las demás publicaciones.
Más aún: aparecer en el primer número con la foto de un feto seccionado longitudinalmente, nos cerró las puertas de casi todas las librerías y de las mesas de redacción, pero nos ganó el apoyo incondicional de unos cuantos libreros y periodistas, por lo que puede decirse que A sangre fría no se contentó con evidenciar a los mencionados “usos y costumbres” dentro de sus páginas, sino que también lo hizo afuera.
En un nivel personal, me brindó la inigualable oportunidad de practicar varios géneros periodísticos, de traducir, de ejercitar diferentes voces a través de varios seudónimos, de poner en público las crónicas sobre mi estancia en Ámsterdam y mi regreso a México, y de darle vida a Anónimo Hernández, mi personaje favorito, en su gustada columna El Coyote Cojo.El chistecito terminó costándome la relación de pareja con una inglesa, me dejó en bancarrota, pero también me creó una fama inusitada: un relumbre digno del Insólito.
Tanto que debí de haber firmado este texto como Insólito Hernández.
09/05/2009
UN ESCRITOR Y SU HIJO
La gente cree que la exigencia profesional de un escritor se corresponde en una medida justa con sus retribuciones económicas. Pero está muy equivocada. Y cuando un escritor es malo, resulta aún peor.
Hay que pagar la comida, el techo, la ropa. Las palabras lo dicen todo, porque a diferencia de otros profesionales (incluso del hampa o de la política), una expresión como “hacer el súper” en mi caso se limita a “conseguir qué comer”; “comprar una casa” se reduce a “pagar el techo”; e “ir de shopping” se constriñe a “buscar qué ponerme”.
El caso es que ayer por la mañana agarré a mi hijo, un bodoque inquieto y risueño, y me lo llevé a renegociar mis deudas con la arrendadora de mi covacha. Ni siquiera me cuestioné si estaba usando al niño para apelar al chantaje sentimental: ni modo, pensé, tú también comes, así que a chambear con tu papá. Si otros artistas utilizan changuitos amaestrados, yo al menos soy escritor… Si ellos se aprovechan de que la música seduce a humanos y a animales, yo vivo de transmitir palabras, que sólo le incumben a otro humano.
Ya en el camino me topé con una mujer de acento extranjero que le decía a su retoño:
–Ése es un Coche. Y ése es un Árbol. Mira la Fuente, tiene Agua, allí va un Pájaro…
La escena me estrujó el alma por varios motivos.
Primero me estremeció la ternura propia de la enseñanza natural, instintiva: el paso del conocimiento milenario de una generación a otra, esa transmisión que ha asegurado nuestra supervivencia en el mundo. El resguardo de algo tan valioso como el lenguaje, el vocabulario, la palabra. Todo eso en un acto tan banal que ahora pasamos por alto y que hasta puede resultarnos chocante por sí mismo, aún más viniendo de una fuereña que hablaba mejor que nosotros, y que por lo mismo sonaba raro, mal…
Segundo, me hizo saber que yo no pasaba tanto tiempo con mi propio hijo.
Tercero, la imagen de esa mujer nombrando al mundo, objeto por objeto, me hizo recordar aquel cliché de que los escritores reinventan, o cuando menos renombran, al mundo. Y terminan creando otro. Un mundo de ellos, sí, pero un mundo para nosotros, para todos.
En pocas palabras, me sentí hecho pedazos y estuve a punto de regresar a mi casa –que es su casa– a llorar.
Como pude, me rehice y proseguí mi plan. Para ello hay que realizar un largo viaje a pie por el centro de la ciudad, usar el metro, y todavía caminar un trecho por una zona arbolada y vistosa que parece de otro país.
Cargaba a mi hijo en brazos, en silencio, dadas las prisas. Llegamos al enorme edificio de la inmobiliaria con un esquema para renegociar nuestra deuda, la corredora encargada de nuestro expediente me conocía a la perfección… Pero antes de llegar a ella debíamos pasar por el filtro de las recepcionistas. Esto me vino a la memoria cuando vi que nos atendía una nueva empleada en el puesto, misma que me hizo pasar por todo el ritual como si fuera un contratante nuevo para la empresa:
–A qué viene?
–Lo que pasa es que soy escritor y…
–Profesión?
–Le acabo de decir que soy escritor…
–Cómo que escritor?… Eso no aparece en las opciones de este programa… –reclamó presionando varias teclas de su computadora, sin valorar que llevara a un niño en brazos.
A ver, intenten explicar a una empleada lo que es un escritor, su importancia histórica, antropológica, su propósito de transmitir conocimiento a lo largo de milenios, preservando y cultivando y desarrollando algo vital para la especie –incluida ella–, como el lenguaje, sin importar que la pobre no juntara dos mil palabras. Haciendo cálculos estrictos, mi hijo habría de rebasarla en un lapso relativamente corto, si antes no nos quedábamos sin techo por culpa de ella.
En fin, una vez que pude dejarla atrás, conseguí abonar un descuento a mi deuda con el fin de postergar el resto. Abandonamos las ostentosas oficinas de la inmobiliaria, la cual, dicho sea de paso, se enriquece ofreciendo una vivienda indigna a una muchedumbre de pobres diablos como yo. Nuestra miseria es su riqueza.
Lo importante fue que, saliendo de allí, pude ejercer el don hasta entonces negado: nombrar el mundo. Y no sólo para mí, o para unas hojas que nunca encontrarían lectores, sino para mi hijo. Lo hice para sentir ese placer básico de la comunicación. Y pese a la opinión de los profesionales del ramo, no me limité a “comunicar”, sino a heredar conocimiento. Al enseñar fuente-agua-pájaro, la mujer extranjera estuvo rebasando, sin saberlo, las meras palabras aisladas: enseñaba un sistema. Algo más incluyente, más significativo, global. Algo tan importante como los instintos, pues asegura la supervivencia de la especie.
Así que al llegar al Zócalo y caminar rumbo a la Alameda, de vuelta en nuestro territorio, ansioso, comencé con mi nene:
–Mira, estos puestos ambulantes!… Qué linda piratería! Aquí hay montones de películas provenientes de todo el mundo, muchas sin estrenarse siquiera; y paquetes con telenovelas enteras –me pregunté si debía enseñarle la palabra “telenovela”, tan barata e injusta con los verdaderos novelistas, pero como pronto se habría de insertar irremediablemente a su vocabulario, consentí–; y mira aquí, esto se llama pornografía, Las colegialas por la puerta trasera, dice en inglés, aunque no son colegialas de verdad, hijo, sino señoras disfrazadas de muchachitas. Pero si quisieras menores de edad, aquí está Minifaldas y colitas de caballo, traducción aceptable de Ponytails and miniskirts, junto a Dumbo y Baby Einstein. No te gustan? Mira a esta niña que está revisando las portadas como si nada…
–Señor, si no va a comprar…
–Ya, ya, que las compre la niña, yo sólo estoy educando a mi hijo…
Con el sol cayendo a plomo, nos alejamos rumbo al Eje Central. Sentí que me faltaba el aire, y sin aire no hay palabras, al menos para hablar. El brazo izquierdo, asignado para cargar al niño dado que soy diestro, se me había adormecido, así que realicé el cambio pertinente y proseguí con mi función:
–Vamos por acá…
Entonces, junto a un puesto de tortas, vi a un pelón ofreciendo unos sospechosos papelitos, muy disimuladamente, según él. Le dije a mi primogénito: ese señor pelón que acabamos de pasar junto a las tortas está disimulando que no vende papelitos con coca, muy baratos. Hace todo lo posible para disimular que eso es lo único que no está haciendo, para que todos nos enteremos de que está haciéndolo… A fin de cuentas casi no es coca, sino anfetaminas molidas, principalmente, así que el precio está bien, quizá un poco elevado. No importa: mientras disimule bien, es decir, mal, parecerá que no está haciendo lo que no disimula que hace… Bueno, ya pronto entenderás… Te pongo un ejemplo más sencillo: esas cajas grandotas sólo pueden ser televisiones de contrabando, por el tamaño. Aquellos señores en la esquina que ni las voltean a ver, han de ser rusos, o algo así, los otros son asiáticos, y los demás son tus paisanos… Y allá está la patrulla, es la policía, que se encarga de que no suceda nada de lo que está sucediendo…
Me detuve para explicarle lo que eran las fritangas, pero el mediodía estaba a punto de freírnos, de convertirnos en fritangas con pelos, como las que vendían allí. Por instinto busqué una sombra, perseguido por una voz que me inquiría si quería mi sope sencillo o con pollo. El panorama se tornaba borroso y me pregunté si ése no era el modo más adecuado para enfocar mis alrededores. Caminé asegurando a mi hijo entre los brazos y le dije:
–En fin, compadrito, ya no puedo más, éste es el Eje Central, que cuando yo tenía tu edad se llamaba Niño Perdido…
Entonces me cuidé de no dar un paso en falso entre la multitud y caer en el arroyo vehicular, con el riesgo de que se convirtiera en arrollo vehicular. Mi hijo lo miraba todo con suma curiosidad, pero con un gesto de indiferencia, o de familiaridad. Como si esa jungla desquiciada no fuera tan difícil de entender, o como si la comprendiera de antemano y sólo estuviera reconociendo el terreno.
Al pie de la Torre Latinoamericana, al borde del colapso, balbuceé:
–Yo nací de aquel lado, yendo tres calles sobre Victoria, pasando el Barrio Chino. Pero ese pastelote de mármol que ves por allá, apréndetelo bien, es el Palacio de Bellas Artes, a donde sólo entran los escritores más importantes del país…
[y aquí un video para celebrar el Día del Niño y el Día de la Madre]:
Hay que pagar la comida, el techo, la ropa. Las palabras lo dicen todo, porque a diferencia de otros profesionales (incluso del hampa o de la política), una expresión como “hacer el súper” en mi caso se limita a “conseguir qué comer”; “comprar una casa” se reduce a “pagar el techo”; e “ir de shopping” se constriñe a “buscar qué ponerme”.
El caso es que ayer por la mañana agarré a mi hijo, un bodoque inquieto y risueño, y me lo llevé a renegociar mis deudas con la arrendadora de mi covacha. Ni siquiera me cuestioné si estaba usando al niño para apelar al chantaje sentimental: ni modo, pensé, tú también comes, así que a chambear con tu papá. Si otros artistas utilizan changuitos amaestrados, yo al menos soy escritor… Si ellos se aprovechan de que la música seduce a humanos y a animales, yo vivo de transmitir palabras, que sólo le incumben a otro humano.
Ya en el camino me topé con una mujer de acento extranjero que le decía a su retoño:
–Ése es un Coche. Y ése es un Árbol. Mira la Fuente, tiene Agua, allí va un Pájaro…
La escena me estrujó el alma por varios motivos.
Primero me estremeció la ternura propia de la enseñanza natural, instintiva: el paso del conocimiento milenario de una generación a otra, esa transmisión que ha asegurado nuestra supervivencia en el mundo. El resguardo de algo tan valioso como el lenguaje, el vocabulario, la palabra. Todo eso en un acto tan banal que ahora pasamos por alto y que hasta puede resultarnos chocante por sí mismo, aún más viniendo de una fuereña que hablaba mejor que nosotros, y que por lo mismo sonaba raro, mal…
Segundo, me hizo saber que yo no pasaba tanto tiempo con mi propio hijo.
Tercero, la imagen de esa mujer nombrando al mundo, objeto por objeto, me hizo recordar aquel cliché de que los escritores reinventan, o cuando menos renombran, al mundo. Y terminan creando otro. Un mundo de ellos, sí, pero un mundo para nosotros, para todos.
En pocas palabras, me sentí hecho pedazos y estuve a punto de regresar a mi casa –que es su casa– a llorar.
Como pude, me rehice y proseguí mi plan. Para ello hay que realizar un largo viaje a pie por el centro de la ciudad, usar el metro, y todavía caminar un trecho por una zona arbolada y vistosa que parece de otro país.
Cargaba a mi hijo en brazos, en silencio, dadas las prisas. Llegamos al enorme edificio de la inmobiliaria con un esquema para renegociar nuestra deuda, la corredora encargada de nuestro expediente me conocía a la perfección… Pero antes de llegar a ella debíamos pasar por el filtro de las recepcionistas. Esto me vino a la memoria cuando vi que nos atendía una nueva empleada en el puesto, misma que me hizo pasar por todo el ritual como si fuera un contratante nuevo para la empresa:
–A qué viene?
–Lo que pasa es que soy escritor y…
–Profesión?
–Le acabo de decir que soy escritor…
–Cómo que escritor?… Eso no aparece en las opciones de este programa… –reclamó presionando varias teclas de su computadora, sin valorar que llevara a un niño en brazos.
A ver, intenten explicar a una empleada lo que es un escritor, su importancia histórica, antropológica, su propósito de transmitir conocimiento a lo largo de milenios, preservando y cultivando y desarrollando algo vital para la especie –incluida ella–, como el lenguaje, sin importar que la pobre no juntara dos mil palabras. Haciendo cálculos estrictos, mi hijo habría de rebasarla en un lapso relativamente corto, si antes no nos quedábamos sin techo por culpa de ella.
En fin, una vez que pude dejarla atrás, conseguí abonar un descuento a mi deuda con el fin de postergar el resto. Abandonamos las ostentosas oficinas de la inmobiliaria, la cual, dicho sea de paso, se enriquece ofreciendo una vivienda indigna a una muchedumbre de pobres diablos como yo. Nuestra miseria es su riqueza.
Lo importante fue que, saliendo de allí, pude ejercer el don hasta entonces negado: nombrar el mundo. Y no sólo para mí, o para unas hojas que nunca encontrarían lectores, sino para mi hijo. Lo hice para sentir ese placer básico de la comunicación. Y pese a la opinión de los profesionales del ramo, no me limité a “comunicar”, sino a heredar conocimiento. Al enseñar fuente-agua-pájaro, la mujer extranjera estuvo rebasando, sin saberlo, las meras palabras aisladas: enseñaba un sistema. Algo más incluyente, más significativo, global. Algo tan importante como los instintos, pues asegura la supervivencia de la especie.
Así que al llegar al Zócalo y caminar rumbo a la Alameda, de vuelta en nuestro territorio, ansioso, comencé con mi nene:
–Mira, estos puestos ambulantes!… Qué linda piratería! Aquí hay montones de películas provenientes de todo el mundo, muchas sin estrenarse siquiera; y paquetes con telenovelas enteras –me pregunté si debía enseñarle la palabra “telenovela”, tan barata e injusta con los verdaderos novelistas, pero como pronto se habría de insertar irremediablemente a su vocabulario, consentí–; y mira aquí, esto se llama pornografía, Las colegialas por la puerta trasera, dice en inglés, aunque no son colegialas de verdad, hijo, sino señoras disfrazadas de muchachitas. Pero si quisieras menores de edad, aquí está Minifaldas y colitas de caballo, traducción aceptable de Ponytails and miniskirts, junto a Dumbo y Baby Einstein. No te gustan? Mira a esta niña que está revisando las portadas como si nada…
–Señor, si no va a comprar…
–Ya, ya, que las compre la niña, yo sólo estoy educando a mi hijo…
Con el sol cayendo a plomo, nos alejamos rumbo al Eje Central. Sentí que me faltaba el aire, y sin aire no hay palabras, al menos para hablar. El brazo izquierdo, asignado para cargar al niño dado que soy diestro, se me había adormecido, así que realicé el cambio pertinente y proseguí con mi función:
–Vamos por acá…
Entonces, junto a un puesto de tortas, vi a un pelón ofreciendo unos sospechosos papelitos, muy disimuladamente, según él. Le dije a mi primogénito: ese señor pelón que acabamos de pasar junto a las tortas está disimulando que no vende papelitos con coca, muy baratos. Hace todo lo posible para disimular que eso es lo único que no está haciendo, para que todos nos enteremos de que está haciéndolo… A fin de cuentas casi no es coca, sino anfetaminas molidas, principalmente, así que el precio está bien, quizá un poco elevado. No importa: mientras disimule bien, es decir, mal, parecerá que no está haciendo lo que no disimula que hace… Bueno, ya pronto entenderás… Te pongo un ejemplo más sencillo: esas cajas grandotas sólo pueden ser televisiones de contrabando, por el tamaño. Aquellos señores en la esquina que ni las voltean a ver, han de ser rusos, o algo así, los otros son asiáticos, y los demás son tus paisanos… Y allá está la patrulla, es la policía, que se encarga de que no suceda nada de lo que está sucediendo…
Me detuve para explicarle lo que eran las fritangas, pero el mediodía estaba a punto de freírnos, de convertirnos en fritangas con pelos, como las que vendían allí. Por instinto busqué una sombra, perseguido por una voz que me inquiría si quería mi sope sencillo o con pollo. El panorama se tornaba borroso y me pregunté si ése no era el modo más adecuado para enfocar mis alrededores. Caminé asegurando a mi hijo entre los brazos y le dije:
–En fin, compadrito, ya no puedo más, éste es el Eje Central, que cuando yo tenía tu edad se llamaba Niño Perdido…
Entonces me cuidé de no dar un paso en falso entre la multitud y caer en el arroyo vehicular, con el riesgo de que se convirtiera en arrollo vehicular. Mi hijo lo miraba todo con suma curiosidad, pero con un gesto de indiferencia, o de familiaridad. Como si esa jungla desquiciada no fuera tan difícil de entender, o como si la comprendiera de antemano y sólo estuviera reconociendo el terreno.
Al pie de la Torre Latinoamericana, al borde del colapso, balbuceé:
–Yo nací de aquel lado, yendo tres calles sobre Victoria, pasando el Barrio Chino. Pero ese pastelote de mármol que ves por allá, apréndetelo bien, es el Palacio de Bellas Artes, a donde sólo entran los escritores más importantes del país…
[y aquí un video para celebrar el Día del Niño y el Día de la Madre]:
25/03/2009
ESCRIBATOR 2
Escribator va al taller
por Anónimo Hernández
Nunca me creí digno de un taller literario; me costaba atribuirme el derecho de quitarle el tiempo a los demás…
Pero siempre hay una primera vez.
Ennio, un amigo, después de leer Escribator, puso un gesto de desconcierto y me dijo:
–Por qué no lo llevas a un taller. Puede que no sea lo mejor, pero al menos te dirán algo.
Mientras Ennio anotaba los datos, me hizo algunas advertencias respecto a los usos y costumbres de los talleres, pero no le presté mucha atención. Días después, me lancé hacia el taller con la esperanza de su vigencia.
Tuve que cruzar toda la ciudad y, pese a mis esfuerzos, llegué cuando la sesión había comenzado. Para mi sorpresa, el ambiente era menos solemne que lo que creí, quizá porque afuera reinaba una soleada tarde de primavera. Sin embargo algo no cuadraba con el optimismo de mis expectativas, no supe precisar qué.
En ese momento, una muchacha con aspecto de oficinista se presentaba ante los asistentes y explicaba que “siempre había querido escribir”, que “tenía montones de cuadernos con cosas que escribió cuando era niña”, y otros argumentos por el estilo. Los demás asistentes no dudaban en mostrar que habían escuchado ese tipo explicaciones muchas veces:
–Y ahora que el cáncer parecía estar consumiéndome pensé que no quería morir sin intentarlo.
–Por eso nos traes tu primer texto –dijo el coordinador.
–Sí, maestro. Le ha gustado mucho a mi familia y a mis amigos –dijo la inocente esbozando una sonrisa que contrastó con la cara de fuchi que pusieron los demás. Según Ennio, ese taller se caracterizaba por atraer a jóvenes promesas que ya contaban con algunos triunfos.
El coordinador, que parecía recién bañado después de tres meses sin hacerlo, preguntó si alguien más leería en la sesión. Los participantes, quienes a su vez parecían sobrinos del coordinador, voltearon hacia cualquier lado como si no los involucrara la moción. Ansioso, levanté la mano y me presenté con las frases que se han convertido en mi tarjeta de presentación:
–Hola, mi nombre es Anónimo Hernández, soy un escritor malo. No le temo a las rimas ni al lugar común. Es más, disfruto con las cacofonías y la reiteración.
Una sonrisilla sarcástica se dibujó en el rostro de las joyas en bruto.
De la lectura de la muchacha oficinista no retuve gran cosa porque mi biblio-narcolepsia se agudiza al “escuchar” literatura. Hice un esfuerzo por mantener los párpados abiertos y disimular los bostezos. Lo que sí recuerdo es que el texto tenía pasajes buenos, sinceros, por lo que no me pareció justo el maltrato que recibió durante los comentarios. “Cuando la muerte te ronda, refresca la fiebre de tu cuerpo enfermo, te alivia”. Nadie reparó en el oxímoron, por ejemplo, el cual me recordó a: “Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío”. En cambio, la criticaron como si fuera una escritora curtida y experta. Por favor, la joven venía saliendo de un tratamiento contra el cáncer. Si aquello hubiera sido futbol americano, el réferi los habría castigado por “rudeza innecesaria”, pero aquí el coordinador apenas se mesó las barbas. La chica parecía a punto de recoger sus cosas y partir llorando. Para ser francos, yo había leído infinidad de cosas peores en las revistas y suplementos que Escribator había destruido en su momento. Lo cierto fue que no me atreví a mencionarlo porque ahora seguía mi turno.
Intenté escapar, no pude.
Leí mi texto y diré, para conservar el ambiente mortuorio, que se hizo un silencio sepulcral. Cada integrante de la mesa parecía mirar por la ventana de su propio autobús. Entendí que la tarde soleada no coincidía con el ambiente sombrío del convivio. Hasta que por fin un jovencito, con el peinado cuidadosamente despeinado, opinó:
–No tengo nada que decir. Esta historia es un disparate, resulta totalmente increíble…
–Pero la literatura debe hablar sobre lo inusual… –me apresuré a intervenir.
Los participantes pusieron ese gesto de los alumnos que se quejan con su maestra de primaria y dijeron a coro:
–Está defendiendo su texto…!
En realidad no estaba defendiendo nada, de hecho nunca pensé que me estuvieran atacando. Pero el maestro me reconvino arqueando un poco las cejas. Entonces otro mozuelo, enfundado en un pesado abrigo negro, escupió:
–Es que todo está mal, desde el título … Por qué debe llamarse Escribator?
Entonces recordé que Ennio ya me había prevenido: “Se atacan como perros con el pretexto de que el aspirante a escritor debe aprender a enfrentar las críticas”, pero en su momento creí que era sólo una forma de decirlo, no algo literal.
Tímido, apenas me atreví a deslizar:
–Alguna sugerencia?
El muchacho me castigó con la mirada por haberlo interrumpido, pero después se animó a proponer:
–No sé, podría llamarse Robot Corrector de Estilo…
–Algo así como Correktor…?
–No, no! Por qué en inglés! Algo en español: Robot Corrector Literario, no sé…
–Sí, el nombrecito debe cambiar. Algo en español va por buen camino –dijo el Coordinator.
Otro despeinado metió su cuchara: “Hay algo que me salta…”. Pues ojalá no sea una pierna, pensé.
–Que vengan productores de Hollywood a buscar a un desconocido, resulta inadmisible –añadió.
Quise aclarar que todo había sido cierto, pero entonces comenzaron a tundirme entre todos.
–Sí, tampoco es creíble que un superhéroe se preocupe por la literatura…
–No sé qué quisiste hacer, pero esto no es un cuento, no hay un conflicto…
–No?
–No, porque tampoco hay un antagonista definido…
Según yo, sí. Pero sólo dije:
–No?
La frustración me hizo creer que Escribator, quien yacía plácidamente en las páginas frente a mí, echaría a andar sus mecanismos para levantarse y defenderme. Pero otra andanada de kryptonita terminó por aplacarlo:
–Explica: si el robot te destruyó en tu historia, cómo es que estás aquí.
Es verdad, cómo es que estoy aquí, pensé. No sirvo para esto.
–Y por qué eso de “afamada librería”? Por qué no decir el nombre? –apuntó la oficinista mostrando que había aprendido de inmediato la lección: tuvo la oportunidad de desquitarse y no la desaprovechó.
–Sí. Además, en los suplementos y revistas sí hay buenos escritores.
–Y supongo que entre los libros que tu “superhéroe” destruye debe de haber algunos de los que hemos escrito nosotros –reclamó el del abrigo.
Ya salió el peine, a dónde vine a caer, pensé. “Ten cuidado, en los talleres se incuba el ambiente malsano que pervive en el medio literario”, me había advertido Ennio. Me sentí como niño ridiculizado en clase. “Ya verán, pendejos, Escribator les va a partir la madre”, maldije en silencio. Pero, como en la primaria, sólo alcé la mano para decir:
–Maestro, me da permiso de ir a hacer pipí?
–No.
Para no alargar el cuento, me hicieron ver que mi relato era inservible y que debía cambiarlo por completo. De haber podido, me habría arrugado, me habría hecho bolita y me habría arrojado al cesto de basura. Sin embargo, aún me escuché suplicando:
–Podrían darme algunas sugerencias?
El muchacho del abrigo, quien debía tener la temperatura de las víboras porque no sudaba una gota pese al calorón, dijo:
–Se me ocurre que podrías llevar tu Machina Letrata a un taller.
–Sí, ésa es una idea afortunada –añadió otro–, jugar con la noción de un taller que sea mecánico y literario.
–Un lugar donde se practiquen los ajustes necesarios para hacer creíble tanto al cuento como al robot –sugirió la oficinista, maldita traidora.
Aquello fue un aluvión de ideas, mismas que fui anotando sin importar los calambres en el puño y el antebrazo. Me pareció extraño que se pasaran por el arco del triunfo la inmejorable oportunidad de conversar con el autor, conocer sus intenciones, saber si éstas cuadraban con el resultado final. No entendí cómo podían sentirse tan seguros de que sus consejos eran los más adecuados, pero los decían con tanta convicción que al término de la sesión, con ojos humedecidos, me despedí de mano agradeciéndoles su ayuda.
Al salir me pregunté si Ennio no habría sido víctima de aquel infausto sistema, de ese nido que incuba a las víboras que después leemos cada fin de semana en todos los suplementos y revistas, como él mismo lo había definido. Una víctima más. De hecho pensé que el cabrón nomás me envió allí para librarse de darme un comentario.
El caso es que a partir de aquella tarde pasé días y noches quitando tuercas, cambiando piezas, aceitando engranajes. Fue así como mi Machina Letrata se convirtió en Machina Castrata. Sí, amigos, Escribator, el entrañable superhéroe, pasó a convertirse en Aspirator: una simple aspiradora, compuesta por un juego de palabras con la palabra “aspirar”: un artefacto doméstico que aspira a ser escritor y que, mientras tanto, tiene que tragarse toda la mugre.
[Dos reseñas de películas de "cierta-ficción" y superhéroes por mi crítica de cine favorita: la adorada Raquel Revuelta]
por Anónimo Hernández
Nunca me creí digno de un taller literario; me costaba atribuirme el derecho de quitarle el tiempo a los demás…
Pero siempre hay una primera vez.
Ennio, un amigo, después de leer Escribator, puso un gesto de desconcierto y me dijo:
–Por qué no lo llevas a un taller. Puede que no sea lo mejor, pero al menos te dirán algo.
Mientras Ennio anotaba los datos, me hizo algunas advertencias respecto a los usos y costumbres de los talleres, pero no le presté mucha atención. Días después, me lancé hacia el taller con la esperanza de su vigencia.
Tuve que cruzar toda la ciudad y, pese a mis esfuerzos, llegué cuando la sesión había comenzado. Para mi sorpresa, el ambiente era menos solemne que lo que creí, quizá porque afuera reinaba una soleada tarde de primavera. Sin embargo algo no cuadraba con el optimismo de mis expectativas, no supe precisar qué.
En ese momento, una muchacha con aspecto de oficinista se presentaba ante los asistentes y explicaba que “siempre había querido escribir”, que “tenía montones de cuadernos con cosas que escribió cuando era niña”, y otros argumentos por el estilo. Los demás asistentes no dudaban en mostrar que habían escuchado ese tipo explicaciones muchas veces:
–Y ahora que el cáncer parecía estar consumiéndome pensé que no quería morir sin intentarlo.
–Por eso nos traes tu primer texto –dijo el coordinador.
–Sí, maestro. Le ha gustado mucho a mi familia y a mis amigos –dijo la inocente esbozando una sonrisa que contrastó con la cara de fuchi que pusieron los demás. Según Ennio, ese taller se caracterizaba por atraer a jóvenes promesas que ya contaban con algunos triunfos.
El coordinador, que parecía recién bañado después de tres meses sin hacerlo, preguntó si alguien más leería en la sesión. Los participantes, quienes a su vez parecían sobrinos del coordinador, voltearon hacia cualquier lado como si no los involucrara la moción. Ansioso, levanté la mano y me presenté con las frases que se han convertido en mi tarjeta de presentación:
–Hola, mi nombre es Anónimo Hernández, soy un escritor malo. No le temo a las rimas ni al lugar común. Es más, disfruto con las cacofonías y la reiteración.
Una sonrisilla sarcástica se dibujó en el rostro de las joyas en bruto.
De la lectura de la muchacha oficinista no retuve gran cosa porque mi biblio-narcolepsia se agudiza al “escuchar” literatura. Hice un esfuerzo por mantener los párpados abiertos y disimular los bostezos. Lo que sí recuerdo es que el texto tenía pasajes buenos, sinceros, por lo que no me pareció justo el maltrato que recibió durante los comentarios. “Cuando la muerte te ronda, refresca la fiebre de tu cuerpo enfermo, te alivia”. Nadie reparó en el oxímoron, por ejemplo, el cual me recordó a: “Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío”. En cambio, la criticaron como si fuera una escritora curtida y experta. Por favor, la joven venía saliendo de un tratamiento contra el cáncer. Si aquello hubiera sido futbol americano, el réferi los habría castigado por “rudeza innecesaria”, pero aquí el coordinador apenas se mesó las barbas. La chica parecía a punto de recoger sus cosas y partir llorando. Para ser francos, yo había leído infinidad de cosas peores en las revistas y suplementos que Escribator había destruido en su momento. Lo cierto fue que no me atreví a mencionarlo porque ahora seguía mi turno.
Intenté escapar, no pude.
Leí mi texto y diré, para conservar el ambiente mortuorio, que se hizo un silencio sepulcral. Cada integrante de la mesa parecía mirar por la ventana de su propio autobús. Entendí que la tarde soleada no coincidía con el ambiente sombrío del convivio. Hasta que por fin un jovencito, con el peinado cuidadosamente despeinado, opinó:
–No tengo nada que decir. Esta historia es un disparate, resulta totalmente increíble…
–Pero la literatura debe hablar sobre lo inusual… –me apresuré a intervenir.
Los participantes pusieron ese gesto de los alumnos que se quejan con su maestra de primaria y dijeron a coro:
–Está defendiendo su texto…!
En realidad no estaba defendiendo nada, de hecho nunca pensé que me estuvieran atacando. Pero el maestro me reconvino arqueando un poco las cejas. Entonces otro mozuelo, enfundado en un pesado abrigo negro, escupió:
–Es que todo está mal, desde el título … Por qué debe llamarse Escribator?
Entonces recordé que Ennio ya me había prevenido: “Se atacan como perros con el pretexto de que el aspirante a escritor debe aprender a enfrentar las críticas”, pero en su momento creí que era sólo una forma de decirlo, no algo literal.
Tímido, apenas me atreví a deslizar:
–Alguna sugerencia?
El muchacho me castigó con la mirada por haberlo interrumpido, pero después se animó a proponer:
–No sé, podría llamarse Robot Corrector de Estilo…
–Algo así como Correktor…?
–No, no! Por qué en inglés! Algo en español: Robot Corrector Literario, no sé…
–Sí, el nombrecito debe cambiar. Algo en español va por buen camino –dijo el Coordinator.
Otro despeinado metió su cuchara: “Hay algo que me salta…”. Pues ojalá no sea una pierna, pensé.
–Que vengan productores de Hollywood a buscar a un desconocido, resulta inadmisible –añadió.
Quise aclarar que todo había sido cierto, pero entonces comenzaron a tundirme entre todos.
–Sí, tampoco es creíble que un superhéroe se preocupe por la literatura…
–No sé qué quisiste hacer, pero esto no es un cuento, no hay un conflicto…
–No?
–No, porque tampoco hay un antagonista definido…
Según yo, sí. Pero sólo dije:
–No?
La frustración me hizo creer que Escribator, quien yacía plácidamente en las páginas frente a mí, echaría a andar sus mecanismos para levantarse y defenderme. Pero otra andanada de kryptonita terminó por aplacarlo:
–Explica: si el robot te destruyó en tu historia, cómo es que estás aquí.
Es verdad, cómo es que estoy aquí, pensé. No sirvo para esto.
–Y por qué eso de “afamada librería”? Por qué no decir el nombre? –apuntó la oficinista mostrando que había aprendido de inmediato la lección: tuvo la oportunidad de desquitarse y no la desaprovechó.
–Sí. Además, en los suplementos y revistas sí hay buenos escritores.
–Y supongo que entre los libros que tu “superhéroe” destruye debe de haber algunos de los que hemos escrito nosotros –reclamó el del abrigo.
Ya salió el peine, a dónde vine a caer, pensé. “Ten cuidado, en los talleres se incuba el ambiente malsano que pervive en el medio literario”, me había advertido Ennio. Me sentí como niño ridiculizado en clase. “Ya verán, pendejos, Escribator les va a partir la madre”, maldije en silencio. Pero, como en la primaria, sólo alcé la mano para decir:
–Maestro, me da permiso de ir a hacer pipí?
–No.
Para no alargar el cuento, me hicieron ver que mi relato era inservible y que debía cambiarlo por completo. De haber podido, me habría arrugado, me habría hecho bolita y me habría arrojado al cesto de basura. Sin embargo, aún me escuché suplicando:
–Podrían darme algunas sugerencias?
El muchacho del abrigo, quien debía tener la temperatura de las víboras porque no sudaba una gota pese al calorón, dijo:
–Se me ocurre que podrías llevar tu Machina Letrata a un taller.
–Sí, ésa es una idea afortunada –añadió otro–, jugar con la noción de un taller que sea mecánico y literario.
–Un lugar donde se practiquen los ajustes necesarios para hacer creíble tanto al cuento como al robot –sugirió la oficinista, maldita traidora.
Aquello fue un aluvión de ideas, mismas que fui anotando sin importar los calambres en el puño y el antebrazo. Me pareció extraño que se pasaran por el arco del triunfo la inmejorable oportunidad de conversar con el autor, conocer sus intenciones, saber si éstas cuadraban con el resultado final. No entendí cómo podían sentirse tan seguros de que sus consejos eran los más adecuados, pero los decían con tanta convicción que al término de la sesión, con ojos humedecidos, me despedí de mano agradeciéndoles su ayuda.
Al salir me pregunté si Ennio no habría sido víctima de aquel infausto sistema, de ese nido que incuba a las víboras que después leemos cada fin de semana en todos los suplementos y revistas, como él mismo lo había definido. Una víctima más. De hecho pensé que el cabrón nomás me envió allí para librarse de darme un comentario.
El caso es que a partir de aquella tarde pasé días y noches quitando tuercas, cambiando piezas, aceitando engranajes. Fue así como mi Machina Letrata se convirtió en Machina Castrata. Sí, amigos, Escribator, el entrañable superhéroe, pasó a convertirse en Aspirator: una simple aspiradora, compuesta por un juego de palabras con la palabra “aspirar”: un artefacto doméstico que aspira a ser escritor y que, mientras tanto, tiene que tragarse toda la mugre.
Fin
[Dos reseñas de películas de "cierta-ficción" y superhéroes por mi crítica de cine favorita: la adorada Raquel Revuelta]
Etiquetas:
Anónimo Hernández,
Escribator,
Mauricio Bares,
Paco León,
Raquel Revuelta,
un escritor malo
02/03/2009
ESCRIBATOR
por Anónimo Hernández
Jamás sospeché que una huelga de escritores en Hollywood traería a varios productores a las puertas de mi casa. Al principio me sorprendí y supuse que debía tratarse de una confusión, pero viéndolo bien, resultaba natural. En su momento me lo expliqué así: yo no estoy en huelga; les salgo más barato; y sus obras son tan malas como las mías.
Provenientes de varios estudios cinematográficos, los hollywoodenses me pasaron montones de películas (que nunca pude ver porque mi tele no funciona desde hace años), lo mismo que algunas carpetas con recomendaciones técnicas; de entre éstas, hubo una que llamó mi atención y terminó por persuadirme: “En el desarrollo de sus historias, siéntase libre de mezclar distintos tipos de géneros, personajes, lugares. Por ejemplo: combine millonarios con vampiros; zombies con jugadores de hockey; drama con horror…”, etcétera.
Con tantas licencias poéticas pensé que sería una tarea de lo más fácil, pero después resultó que no se me ocurría nada. Pasaron días tan tranquilos y soleados que no se inquietaba ni mi imaginación. Días que se convirtieron en semanas.
Hasta que comenzaron las llamadas de larga distancia. A diferencia de los escritores gringos, a mí me pagarían a destajo y sin adelanto alguno. Y aún así los telefonemas fueron aumentando y recrudeciéndose hasta que llegaron a las amenazas de demandas legales, de vetos, y hasta de extradición, como si fuera un narco. No me sentí en posición de reclamar nada, por el contrario, me asusté tanto que me escondía bajo la mesa cada vez que sonaba el teléfono. Me aboqué a seguir las sugerencias que me habían dado con el fin de inventarme un sistema creativo, cuyos generales enumero aquí.
Primero, vinieron a mi mente (a mi rescate) varios amigos de juventud, principalmente el Gumaro. Éramos un grupillo de golfos que bebíamos cerveza refugiados en los zaguanes de distintas vecindades. Una noche, el Gumaro, embelesado por una película en boga, y ya medio pedón, pidió que a partir de entonces le llamáramos el Terminator.
–No seas ridículo…
–Qué tiene…
–Nadie inventa su propio apodo.
–Además, te pondríamos el Kelvinator, no el Terminator…
–A huevo, tienes más cuerpo de estufa que de refrigerador!
–JAJAJAJA…
Allí hallé mi primer componente.
El segundo provino de otro héroe fílmico de la época, Robocop, cuya indumentaria lo hacía más impresionante que Schwarzenegger –con todo y su cara de robot, su inglés de robot y su mentalidad de robot–: un exoesqueleto metálico y resplandeciente le quedaba de maravilla a mi protagonista.
El tercer elemento sólo podía provenir de lo único que me importa en la vida. Mi superhéroe, inmerso en un medio ignorante y vulgar, buscaría hacer justicia a una de las máximas manifestaciones del hombre: la Literatura Universal.
Saliendo de un auto futurista en plena colonia Doctores, estremeciendo el pavimento a cada paso bajo el peso de su armadura, cobró vida Escribator, el Defensor de las Letras.
Escribator. Un nuevo héroe, un héroe para nosotros.
Escribator: mitad androide, mitad estufa.
Sobre su pecho destacaba una especie de teclado de computadora que activaba parte de sus artilugios bélicos. Su casco simulaba un ratón (de computadora, no de biblioteca). Y de sus puños sobresalían dos finos cañones en forma de pluma fuente. Una chingonería. Sobre todo porque su arsenal producía sonidos como: Pfffffffffff! Yyyiiikkk! Chiu-chiu-chiu!
En pleno Bronx mexicano, un barrio muy cabronx, Escribator inició su labor justiciera contra lo primero que le indignó: los anuncios de negocios que leían: “Hamburgesas y jodogs”, “Proibido miar aqui”, “Tortas gigantes Las Moustrosas”, “Jugos y Yugurs”, “Cluchs y amortigüadores”, etcétera, achicharrándolos con su lanzallamas: Pfffffffffffff!
El héroe prosiguió sus labores aplicando el infamante Calzón Chino a todos aquéllos que escuchaba diciendo cosas como “mas sin embargo” o peor aún “mas sin en cambio”.
–A-la-alberca! –comenzó a sentenciar, como parte del folclor heredado de su tío el Kelvinator, con una voz robótica que, mas sin en cambio, recordaba mucho al Charro Avitia.
La gente gritaba dispersándose por las calles presa del pánico:
–Corran!
–Huyamos a estudiar gramática!
Implacable, Escribator centró después su atención en los puestos de periódicos. Revisó las revistas de chismes, las publicaciones deportivas, los semanarios sensacionalistas. Al llegar a los suplementos culturales, por un error de su creador –o sea, mío–, se vio imposibilitado para maniobrarlos hábilmente. En busca de un buen escritor, las lajas de papel se escurrían entre sus dedos mecánicos desfoldándose y volando por los aires, cual gaviotas a la mar.
Yyyiiiikkkk. Quedaron reducidos a tiras.
Enfurecido ante tanta ignominia lingual, Escribator tiraba los kioskos y les prendía fuego con su lanzallamas, dejando un panorama de destrucción tras de sí. En ese momento me di cuenta que la limpieza literaria, propósito para el que fue creado, estaba yendo muy lejos, casi como la limpieza étnica de los Balcanes.
Y al igual que otras bestias creadas por el hombre –creadas concretamente por un escritor– Escribator finalmente cobró vida propia.
Ha dejado de obedecerme. Ahora zarandea policías, voltea patrullas.
–A la alberca!… A la alberca!
Errando pero no errando, ha cruzado ya por varios barrios, populares y popoff…
Pero esperen!… Oh my God!… No! Ahora se perfila hacia una afamada casa de libros!
–Detente, esto es demasiado!
Entra destruyendo las puertas de la librería y reduciendo a escombros las mesas de novedades.
–A la alberca!
Se detiene cerca de las promociones como si revisara internamente los comandos a ejecutar:
–Primero-los-aburridos –sentencia su voz metálica.
–No, Escribator, acabarás con los teóricos, con los historiadores, los filósofos…
Chiu-chiu-chiu. Lanza una ráfaga de microbalas que reduce muchísimos libros a simple confeti.
Ha escapado de mi control.
–Ahora-los-parásitos…
–Qué? Destruirás a los críticos?… Qué haremos sin ellos!… No!
Yyyiiikkk. Rajados como serpentinas.
–Faltaba-un-poco-de-alegría-por-aquí… –ironiza para sí misma la máquina infernal, arrojando confeti y serpentinas por doquier.
Yendo de un lado a otro con su cuerpo de lavadora, decide su próximo paso:
–Siguen-los-pedantes-y-farsantes… Aunque-haga-verso-sin-esfuerzo.
–Eso no! Maldito! Acabarás con casi toda la literatura mexicana actual!…
Pfffffffffffff!
Fuego por todas partes...
De aquel paisaje apocalíptico sólo se han salvado unos cuantos libros, los de siempre...
El robot literario se detiene como si admirara su obra y buscara el toque final:
–Sólo-faltan-los-escritores-malos…
–Qué?… No puedes hacerme esto!…
–A la alberca!
–Soy tu amo!
Chiu-chiu-chiu.
–Aaaggghhh!
[Tomé esta imagen de un blog, pero no recuerdo el blog ni el crédito. Agradeceré la información. El mensaje es mucho más chingón que los pedantes anuncios de librerías Gandhi.
El video es una versión de las Mañanitas al estilo Pink Floyd para celebrar mi cumpleaños. Jaja! También tienen una versión de Pin-Pon al estilo Hotel California. Qué payasada!]
Jamás sospeché que una huelga de escritores en Hollywood traería a varios productores a las puertas de mi casa. Al principio me sorprendí y supuse que debía tratarse de una confusión, pero viéndolo bien, resultaba natural. En su momento me lo expliqué así: yo no estoy en huelga; les salgo más barato; y sus obras son tan malas como las mías.
Provenientes de varios estudios cinematográficos, los hollywoodenses me pasaron montones de películas (que nunca pude ver porque mi tele no funciona desde hace años), lo mismo que algunas carpetas con recomendaciones técnicas; de entre éstas, hubo una que llamó mi atención y terminó por persuadirme: “En el desarrollo de sus historias, siéntase libre de mezclar distintos tipos de géneros, personajes, lugares. Por ejemplo: combine millonarios con vampiros; zombies con jugadores de hockey; drama con horror…”, etcétera.
Con tantas licencias poéticas pensé que sería una tarea de lo más fácil, pero después resultó que no se me ocurría nada. Pasaron días tan tranquilos y soleados que no se inquietaba ni mi imaginación. Días que se convirtieron en semanas.
Hasta que comenzaron las llamadas de larga distancia. A diferencia de los escritores gringos, a mí me pagarían a destajo y sin adelanto alguno. Y aún así los telefonemas fueron aumentando y recrudeciéndose hasta que llegaron a las amenazas de demandas legales, de vetos, y hasta de extradición, como si fuera un narco. No me sentí en posición de reclamar nada, por el contrario, me asusté tanto que me escondía bajo la mesa cada vez que sonaba el teléfono. Me aboqué a seguir las sugerencias que me habían dado con el fin de inventarme un sistema creativo, cuyos generales enumero aquí.
Primero, vinieron a mi mente (a mi rescate) varios amigos de juventud, principalmente el Gumaro. Éramos un grupillo de golfos que bebíamos cerveza refugiados en los zaguanes de distintas vecindades. Una noche, el Gumaro, embelesado por una película en boga, y ya medio pedón, pidió que a partir de entonces le llamáramos el Terminator.
–No seas ridículo…
–Qué tiene…
–Nadie inventa su propio apodo.
–Además, te pondríamos el Kelvinator, no el Terminator…
–A huevo, tienes más cuerpo de estufa que de refrigerador!
–JAJAJAJA…
Allí hallé mi primer componente.
El segundo provino de otro héroe fílmico de la época, Robocop, cuya indumentaria lo hacía más impresionante que Schwarzenegger –con todo y su cara de robot, su inglés de robot y su mentalidad de robot–: un exoesqueleto metálico y resplandeciente le quedaba de maravilla a mi protagonista.
El tercer elemento sólo podía provenir de lo único que me importa en la vida. Mi superhéroe, inmerso en un medio ignorante y vulgar, buscaría hacer justicia a una de las máximas manifestaciones del hombre: la Literatura Universal.
Saliendo de un auto futurista en plena colonia Doctores, estremeciendo el pavimento a cada paso bajo el peso de su armadura, cobró vida Escribator, el Defensor de las Letras.
Escribator. Un nuevo héroe, un héroe para nosotros.
Escribator: mitad androide, mitad estufa.
Sobre su pecho destacaba una especie de teclado de computadora que activaba parte de sus artilugios bélicos. Su casco simulaba un ratón (de computadora, no de biblioteca). Y de sus puños sobresalían dos finos cañones en forma de pluma fuente. Una chingonería. Sobre todo porque su arsenal producía sonidos como: Pfffffffffff! Yyyiiikkk! Chiu-chiu-chiu!
En pleno Bronx mexicano, un barrio muy cabronx, Escribator inició su labor justiciera contra lo primero que le indignó: los anuncios de negocios que leían: “Hamburgesas y jodogs”, “Proibido miar aqui”, “Tortas gigantes Las Moustrosas”, “Jugos y Yugurs”, “Cluchs y amortigüadores”, etcétera, achicharrándolos con su lanzallamas: Pfffffffffffff!
El héroe prosiguió sus labores aplicando el infamante Calzón Chino a todos aquéllos que escuchaba diciendo cosas como “mas sin embargo” o peor aún “mas sin en cambio”.
–A-la-alberca! –comenzó a sentenciar, como parte del folclor heredado de su tío el Kelvinator, con una voz robótica que, mas sin en cambio, recordaba mucho al Charro Avitia.
La gente gritaba dispersándose por las calles presa del pánico:
–Corran!
–Huyamos a estudiar gramática!
Implacable, Escribator centró después su atención en los puestos de periódicos. Revisó las revistas de chismes, las publicaciones deportivas, los semanarios sensacionalistas. Al llegar a los suplementos culturales, por un error de su creador –o sea, mío–, se vio imposibilitado para maniobrarlos hábilmente. En busca de un buen escritor, las lajas de papel se escurrían entre sus dedos mecánicos desfoldándose y volando por los aires, cual gaviotas a la mar.
Yyyiiiikkkk. Quedaron reducidos a tiras.
Enfurecido ante tanta ignominia lingual, Escribator tiraba los kioskos y les prendía fuego con su lanzallamas, dejando un panorama de destrucción tras de sí. En ese momento me di cuenta que la limpieza literaria, propósito para el que fue creado, estaba yendo muy lejos, casi como la limpieza étnica de los Balcanes.
Y al igual que otras bestias creadas por el hombre –creadas concretamente por un escritor– Escribator finalmente cobró vida propia.
Ha dejado de obedecerme. Ahora zarandea policías, voltea patrullas.
–A la alberca!… A la alberca!
Errando pero no errando, ha cruzado ya por varios barrios, populares y popoff…
Pero esperen!… Oh my God!… No! Ahora se perfila hacia una afamada casa de libros!
–Detente, esto es demasiado!
Entra destruyendo las puertas de la librería y reduciendo a escombros las mesas de novedades.
–A la alberca!
Se detiene cerca de las promociones como si revisara internamente los comandos a ejecutar:
–Primero-los-aburridos –sentencia su voz metálica.
–No, Escribator, acabarás con los teóricos, con los historiadores, los filósofos…
Chiu-chiu-chiu. Lanza una ráfaga de microbalas que reduce muchísimos libros a simple confeti.
Ha escapado de mi control.
–Ahora-los-parásitos…
–Qué? Destruirás a los críticos?… Qué haremos sin ellos!… No!
Yyyiiikkk. Rajados como serpentinas.
–Faltaba-un-poco-de-alegría-por-aquí… –ironiza para sí misma la máquina infernal, arrojando confeti y serpentinas por doquier.
Yendo de un lado a otro con su cuerpo de lavadora, decide su próximo paso:
–Siguen-los-pedantes-y-farsantes… Aunque-haga-verso-sin-esfuerzo.
–Eso no! Maldito! Acabarás con casi toda la literatura mexicana actual!…
Pfffffffffffff!
Fuego por todas partes...
De aquel paisaje apocalíptico sólo se han salvado unos cuantos libros, los de siempre...
El robot literario se detiene como si admirara su obra y buscara el toque final:
–Sólo-faltan-los-escritores-malos…
–Qué?… No puedes hacerme esto!…
–A la alberca!
–Soy tu amo!
Chiu-chiu-chiu.
–Aaaggghhh!
FIN
El video es una versión de las Mañanitas al estilo Pink Floyd para celebrar mi cumpleaños. Jaja! También tienen una versión de Pin-Pon al estilo Hotel California. Qué payasada!]
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Escribator,
Mauricio Bares,
un escritor malo
16/02/2009
MI AGENTE EN TIJUANA (4 y último)
Ridículo literario en Ensenada
por Anónimo Hernández
por Anónimo Hernández
Para Karla, Alfonso, Nora y Tenoch
Cuando digo “K es muy buena agente”, la gente cree que digo “K es muy buena gente”. Por eso la gente la mira con aprecio. No me refiero a toda la gente, sino a mis familiares, mis conocidos, mis vecinos. Esa gente que cree en mis palabras y, además, agradece que una agente se interese en alguien tan insignificante, como escritor y como gente.
K es mi agente y sabe que hay gente para todos los gustos. “También un escritor malo puede tener lectores y hasta admiradores”, dijo un día mientras me presentaba ante una audiencia en la acogedora ciudad de Ensenada.
Desde Tijuana tomamos la carretera escénica, un espectáculo para cualquiera, menos para un escritor tarado que se ha emborrachado la noche previa y sólo ha dormido dos horas. Recuerdo haber visto, entre sueños, la enorme escultura de un Cristo similar al brasileño pero que tiene una antena en la cabeza, o algo así.
Poco antes de llegar a Ensenada, K propuso visitar algún viñedo de la región. Nos detuvimos para degustar vinos gratis y compramos varias botellas que fuimos despachando desde ese momento. K compró un poco de queso, uvas y una hogaza de pan rústico –envuelta en una elegante bolsa de papel estraza. Aquélla me pareció una manera muy civilizada de tratar a un escritor y me sentí francamente afortunado. Viví uno de los momentos más lindos de mi vida, a no ser porque mi madre insistía en mandarme mensajitos por celular: “Ontás?” “Kestás haciendo?” Con tal de controlarme, la viejita había aprendido el procedimiento y el lenguaje del caso. De hecho, cada vez que veo jovencitos redactando mensajes, creo que se los mandan a mi madre. O peor, que contestan los que ella les ha enviado.
Como no soy del todo compatible con el vino, compré a escondidas una botella de tequila en un pueblo habitado por rusos, cuyos fundadores debieron de haber estado muy perdidos porque se asentaron en pleno desierto. “Stoy en un pueblo ruso, una Siberia humeante”, le contesté por fin a mi madre.
Retomamos el camino a Ensenada y, en el trayecto, me enteré de algunas aventuras de K como cinta negra en karate –como la vez en que llegó a defender a una amiga y persiguió a unas pochas alrededor de un carro amenazando con madrearlas–, así que más me valía obedecerla en cualquier cosa que me pidiera.
Por fin entramos a la sorpresiva ciudad de Ensenada, hermosa e interesante como debe serlo un puerto con categoría. Paseamos un poco entre la neblina y la brisa fresca, que contrastaba con el clima desértico de los viñedos. Muchos de sus edificios presumían un aspecto europeo, un poco sin ton ni son: en días soleados, algunas partes debían parecerse a Disneylandia, anoté en mi cuaderno, y luego pensé: bueno, por eso soy un escritor malo.
Unas calles antes de llegar al hotel, K. Brown carraspeó, se puso seria, y fue terminante conmigo:
–Son las 6, tu presentación es a las 8 en punto. Quiero que te instales, te repongas del viaje y repases lo que vas a decir. Nada de fans ni de tequila. Me estás oyendo?
–Sí… Quiero decir: Simón –le contesté sin entender a qué se refería.
Tenía razón. A las puertas del lobby, había un grupo de gente con pancartas saludándome y hasta agradeciendo mi visita. Algunos echaban porras que decían:
–Ma-lo! Ma-lo! Ma-lo!
Otros coreaban fragmentos de textos que yo no recordaba haber publicado. K me cubrió la cabeza con la bolsa elegante donde nos habían vendido el pan y nos escabullimos al hotel por una puerta trasera destinada para el estacionamiento. Sentí tanto pavor que sólo pude cumplir la primera parte de su advertencia (nada de fans) refugiándome en la segunda (la botella de tequila oculta en mi maleta).
A las 7:30, K. Brown pasó por mí. Yo había bebido medio litro y trataba de mantener la vertical.
–Necesito mandar algo por internet, espérame aquí, es la oficina de la subgerente del hotel –me dijo, el problema fue que yo le entendí “la sugerente del hotel”. Y cuando me quedé esperando durante veinte minutos sin que ninguna “sugerente” me visitara, fui a buscar a mi agente por todas partes. Nada. Al cabo de vocearla durante un rato por los altavoces, mi agente apareció acomodándose el escote, seguida por un doncel que podía ser mi hijo:
–Dónde estabas, llevo horas buscándote –me reclamó jalándome del brazo–, eres incontrolable. Vámonos.
Durante la espera, yo había dado cuenta de otro cuarto de tequila, así que apenas podía caminar.
Como era la primera vez que alguien me pedía brindar una charla en público supuse que no habría asistentes, por lo que me quedé helado al contar tanta gente en la sala. Al verme aparecer, gritaron:
–Ya llegó! Jo-jo-jó!
–Ya está aquí! Ji-ji-jí!
Pensé que me desmayaría. Había prensa y cámaras de televisión. Me sentía paralizado. Fue entonces cuando K, dueña del micrófono, dijo que también un escritor malo podía tener lectores y hasta admiradores.
“Kestás haciendo?”, me preguntó mi madre por celular.
Esta vieja tiene celulitis, pensé y apagué el maldito aparato.
No recuerdo lo que expuse ante el público una vez que tuve el micrófono, pero poco importó porque nadie pudo haberlo entendido. Traté de hablar sobre mis experiencias como escritor malo; todas esas cosas que he confesado en revistitas desconocidas que me incluyen de último momento para llenar espacio al cierre de edición. Lo único cierto era que mi lengua se había hinchado y hacía lo que se le daba la gana. Parecía de plastilina. No podía ni hablur, como decimos en mi ciudad. Volteaba hacia K en busca de auxilio, pero ella sonreía como diciendo: quedamos en que nada de tequila, no?
“Y aprovechando tu elocuencia, por qué no nos hablas sobre tal o cual”, decía con toda la calma, desquitándose. Cuando calculó que yo había hecho el ridículo suficiente, me quitó el micrófono y propició la charla con el respetable.
–Qué opina de la literatura mexicana actual? –fue la primera pregunta del público.
–No mgsta lerlos, sn abrrdísmos. Mdn ueva.
K me arrebató el micrófono y aclaró:
–Bueno, como nuestro invitado es de la capital, tal vez su acento nos resulte poco familiar aquí en el norte. Lo que quiso decir es que algunos de sus contemporáneos son… aguerridísimos… y que requieren de una lectura… nueva.
No supe qué me estaba pasando. Había caído sobre mí la vieja maldición: la maldición del alcohol. Tuve la clara sensación de que la había perdido. Había perdido a mi agente para siempre. Ahora era mi ex agente.
Entonces vino la segunda pregunta:
–Desde el punto de vista de la mala literatura, de la cual usted es un experto, qué opinión le merecen los movimientos literarios de los últimos diez años?
–Sn unbolade m-mones… Mparecen tods uns pndejos…
–Dice que hay una ola de… autorones, que nos dejan… perplejos.
No era yo quien hablaba. El demonio del licor me convertía en su Linda Blair y me hacía despotricar contra mis ídolos, el muy maldito.
–Una pregunta, señor malo. Qué opina de la relación entre escritores y editores en nuestro país…
–Inches puts… Editrs… Escritrs… Todson lomismo.
–Nuestro invitado aclara que, aunque guarda discrepancias con algunos colegas, las relaciones son de… compañerismo.
–Oiga, Malo, me gustaría preguntarle sobre el medio editorial de nuestro país…
–Sn uns hpócrtas… Nmás se publicn-ntrellos.
–Nuestro invitado afirma que, como todos sabemos, existen algunos grupúsculos, pero que vivimos un ambiente democrático y… bello.
–Según usted, qué futuro tiene nuestra literatura?
–Mvale madre… Tod s-ido al carajo!
–Nuestro invitado dice que todo estuvo muy padre pero que tenemos mucho trabajo… Así que agradecemos su visita. El autor, si es que puede, estará dando autógrafos aquí mismo –dijo K, despidiéndose y aplicándome un pellizco, que me salía barato porque bien podía haberme desmayado con un karatazo en la nuca.
Cuando yo esperaba una ronda de merecidos jitomatazos, la gente se volcó en un inesperado y atronador aplauso. Vendí casi todas las carpetas engargoladas con las fotocopias de mis inéditos. Volvieron las porras: Ma-lo! Ma-lo! Ma-lo! Una periodista me deslizó su tarjeta en el bolsillo de la camisa, rozándome varias veces la tetilla con mirada subgerente. Dos chicas se alzaron las blusas y dejaron sus pechos al aire.
–Quiero un hijo tuyo! –gritó una.
–Yo también –gritó otra.
Yo sólo pensé: “Ay, ojalá esto no salga en televisión… Si mi madre se entera, me mata…”
[Como si lo mereciera, K me llevó a cenar a un lugar precioso; luego fuimos a la legendaria Hussongs Cantina, donde oímos a los batos de este video; y rematamos en el Trocadero (pese a que su nombre prometía ambientes de jet-set, sólo era un bar de mala muerte donde compartimos barra con un par de maleantes como únicos clientes del lugar –por cierto, fue donde la pasamos mejor)].
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26/01/2009
MI AGENTE EN TIJUANA (3)
Dragón Rojopor Anónimo Hernández
Tijuana es una ciudad tan, pero tan fea, que resulta bonita. Y yo estoy tan feo, que Tijuana y yo nos enamoramos en el acto. En las sabias percepciones de K Brown, mi agente, Tijuana es como Iztapalapa, pero en ciudad. Y seguramente tiene razón, jamás me atrevería a contradecirla (sobre todo porque puede dormirme con karatazo entre ceja, oreja y madre), pero doy por hecho que su comentario se refiere al aspecto físico, visual, pues no conozco a nadie que se haya enamorado de Iztapalapa. A lo que voy es que Tijuana tiene un ambiente tan permisivo que me hizo sentir en casa –como no me siento ni en mi propia casa.
Durante los primeros días anoté en mi cuaderno: "Tijuana se olvidó de embellecerse: se olvidó de las formas y de las apariencias". Pero lo taché para encimarle: "No olvidó nada: nunca le importó".
Paseé por sitios de atracción en compañía de K, o de grandes personalidades como Esmeralda Ceballos cuando K estaba ocupada. Me encantó que para llegar a ciertos lugares dentro de la misma ciudad hubiera que hacerlo por autopista, sobre todo escuchando a Richard Cheese en el autoestéreo. Así, K comandó una tropa de asalto con las poetas Gabriela Puente, Ivonne Flores y yo; fuimos a Playas de Tijuana donde me tomé un clamato y una foto junto al letrero que advierte:
Aquí comienza la patria
Conocí avenidas importantes como la Revolución (que los lugareños llaman Revu en vez de Revo) y la Coahuila (la Cagüila). Me tomé fotografías en el Jálale Ai, recinto de un deporte del mismo nombre traído por los vascos y del que México ha sido gran campeón durante años: el jálale ai. Y me saqué tantas fotos con una zebra que parecía burro maquillado de zebra que hasta nos hicimos amigos. Vuelve pronto, creo que dijo cuando nos despedimos. También cuchicheé con unos señores que se querían saltar una barda grandota que nunca supe qué era. Hablaban tan bajito que no les entendía nada, pero les asentí en cada pausa porque creían que yo realmente era escritor y periodista, y confiaban en que sus confesiones podían trascender algún día.
En otro texto entredije que desde siempre he padecido de un mal muy malo. Los doctores no han podido diagnosticarlo –incluso dudan de su existencia–, por lo que he decidido llamarlo biblio-narcolepsia. El principal síntoma es que me quedo irremediablemente dormido a las primeras frases de un libro. Calculo que eso origina también que no memorice adecuadamente a sus autores y sus títulos, ya no digamos sus contenidos. Lo importante es que eso no sucedió con Historia de Tijuana, de Alejandro Lugo. Allí leí que el Centro Turístico Aguacaliente alguna vez fue mundialmente famoso por contar con un lujoso casino, un galgódromo, un hipódromo, acogedores bungalows; que entre sus asiduos se contaban Rita Hayworth, Buster Keaton, Clark Gable, Al Capone; que el sitio contaba con una imprenta y una escuela donde se impartía educación primaria a los hijos de los huéspedes y de los empleados…
De pronto pensé que aquella descripción no sólo se ajustaba como guante de seda al exquisito recreativo, sino a toda la Tijuana de aquellos tiempos, a la de éstos, y de hecho al país entero: un oasis de ocio para celebridades y maleantes, con la imprenta dentro de sus instalaciones, con un nivel escolar de primaria, y señores saltándose una laaaaaaaaaaaaarga barda como si escaparan de una prisión.
Todo el mundo me había hablado de la peligrosidad y la violencia de sus calles, pero como mi visita coincidió con un sangriento motín en el penal de máxima seguridad –en una rebelión ligada a los principales maleantes de la zona–, la inteligencia delictiva se concentró en ese punto y el resto de la ciudad fue un remanso de paz. No había lugar más seguro en el mundo, siempre y cuando caminaras lejos del penal, lo cual era fácil considerando que la humareda se veía a kilómetros de distancia.
Con ese desparpajo conocí aspectos de la vida nocturna y me saqué fotos con señoras gorditas que tomaban el fresco muy despechugadas en las estrechas aceras de la Cagüila. Fui al Kinklé y al Zacazonapan. Entré a un lugar donde se sentía un calorón tan infernal, que las meseras empezaron a quitarse la ropa:
–Qué buena idea! Jamás se me habría ocurrido!
Acto seguido, las meseras se subieron a bailar sobre las mesas.
–Esta ciudad es muy interesante! –le dije a un señor con mostachón mientras yo mismo comenzaba a desfajarme los pantalones. Pero supongo que debió acabárseme el veinte porque fui invitado muy amablemente a abandonar el recinto.
Además del motín, se celebraba el Festival de la Ciudad. Por todos lados había exposiciones, conciertos y cosas que le gustan a la gente que sabe mucho. Dentro de ese festival se insertaba mi taller, que como ya he dicho, se intitulaba henchidamente “Cómo ser un escritor malo en 10 sesiones”. Y respecto a éste sólo puedo rendirle homenaje al talento de los participantes, aunque queda claro que no faltaron las pequeñas reprimendas:
–Olvídate de Cien años de sobriedad… Según me dijeron, muchos años antes William Fuckner ya había hecho cosas parecidas… Déjame investigarlo y te informo.
O cuando un asistente leyó un cuento que decía: “Denise se fue a estudiar a París”…, me vi en la obligación de interrumpir para decir:
–Ya dijimos que no debemos temer al verso en prosa (o verso prosaico, como denostativamente le llaman), ni siquiera si cae en la temida rima, por lo que yo bien podría añadir: Denise se fue a estudiar a París, echándole un anís a su cuerpo de lombriz… Y podría seguir rimando si vosotros insistís. Pero a quién se le ocurre tener un personaje que se llame Denise? Y por qué enviarla a estudiar a París?
–Eso qué tiene de malo, güey? –me espetó el aprendiz deslizando el odioso “güey” a su desliz.
–Qué tiene de malo? Pues te respondo con otra pregunta: de verdad crees que hoy París es el mismo que conoció Hemmin, güey?… Ya pasó un siglo! París ahora está repleto de musulmanes y de latinoamericanos de medio pelo… Ustedes están aquí, en una de las aldeas más importantes del mundo [lo de aldea no les gustó nada]. Para qué llevan a sus personajes a estudiar a la Gordonna, o como se llame… Los convierten en el peor cliché!… Sus personajes, desde su nacimiento, son un cliché!… Es más, ustedes, como escritores, se convierten en un cliché!… Un cliché que caducó hace cuarenta años!… Eso no es ser un escritor malo… Eso ni siquiera es ser escritor!…
Obviamente, después de tan apasionadas intervenciones, terminaba rendido. Pero en cuanto K daba por terminada la sesión y me llevaba a departir con las personalidades de la región, me sentía revivir.
Por fortuna, mi madre me había comprado un celular antes de venir a Tijuana. Lo hizo para controlarme, está claro, pero resultó de vital importancia durante mi estancia porque todos lo utilizaban para todo. En la mesa de una cantina por ejemplo, había momentos en que parecía que estaban mandándose mensajes unos a otros. Alguien enviaba un mensaje y otro se reía al leer uno que acababa de recibir. Alguien más llamaba y otro contestaba. Llegué a pensar que estaban hablando de mí. Los primeros días yo sólo recibía mensajes de mi madre (ponte un suéter para salir, no llegues tarde a dormir, me las pagarás cuando regreses), pero después ya estaba igual que ellos.
No sólo puedo presumir de que conocí a Rafa Saavedra y Pepe Rojo; a Sal Ricalde y al DJ Chucuchú, con quienes congenié de inmediato, quizá por feos; a Tere Vicencio; a Julio Álvarez y Karina Morales; al afamado editor sonorense Víctor Hugo Barrera; a Julio Orozco y Alejandro Zacarías; Javier González Cárdenas, Elma Barrera, Esmeralda Ceballos y Samantha Luna; a Leobardo Sarabia, mismísimo organizador del Festival de la Ciudad; a Olimpia Ramírez, Ava Ordorica, Vianka Santana; a Miriam García, Gaby Torres y Jenny Donovan; a Román Luján y a muchísima gente maravillosa que simplemente nunca alcanzaría a enunciar, pero que pueden estar seguros de que están incluidos aquí. No sólo compartíamos mesas y cervezas, sino que además me mensajeaba con ellos.
Gracias al celular me tomé las fotos arriba mencionadas y departí con mis amigos en restaurantes como El Cielo (de Sergio González), el ibérico Chiki Hai, la Tía Juana, las carnitas de Los Gordos; antros tipo La guarida del jaguar y el 4 Amigos. Y cantinas como el Turístico, la Ballena, el bar del Hotel Nelson, la Estrella (que me dejó boquiabierto, “qué bonito lugar: es como Disneylandia para gente como yo”, el cual tuve la fortuna de conocer antes de que lo remodelaran con un pinchi estilo egipcio, según las recientes quejas de mis amigos).
La cosa es que, invariablemente, terminábamos en el Dragón Dorado:
–Dragón Rojo! –me corregían cada vez que confundía el nombre; pero cometí ese error con tanta frecuencia que ahora no recuerdo si decía Dorado y me corregían que Rojo, o si decía Rojo y me corregían que Dorado.
La última noche del Festival de la Ciudad fue apoteósica. Conciertos masivos en las calles, clausuras, cumpleaños de Samantha, gente por todos lados. K elaboró un plan: que cada quien asistiera al evento de su preferencia pero que todos nos reuniéramos después de las doce en un punto céntrico aún por definir. Allí estaría el gran Rafa Saavedra con su playera de Radiante o vestido de Dandy, para que lo bautizáramos como Radianty. Allí habría dulces y caramelos y polvitos mágicos sabor menta y tutti fruti. Allí estarían todos y todo.
Así que esa noche salí muy perfumado de mi hotel y recibí el primer mensaje preguntándome dónde nos juntaríamos tras la clausura del festival:
–En el Dragón Dorado –respondí.
–Dragón Rojo o Dorado?
–Dragón Dorado, of course.
Como el hotel Villa de Zaragoza quedaba en el centro, atrás del Jálale Ai, había decidido ir a pie; y acepto que en el camino me fui tomando unas copitas por aquí y por allá, todo con el fin de entrar en ambiente.
Un rato después recibí un mensaje similar, ahora del DJ Chucuchú:
–Ónde va a ser el party?
–En el Halcón Dorado –contesté.
–Halcón o Dragón?
–Halcón.
Caminando por la Revu, me interceptaron señores muy amables ofreciéndome Pusi, o algo así, que supuse que era un platillo típico de la región. Lo malo es que cuando tomo, no como. Así que proseguí.
Había juegos pirotécnicos y gente disfrazada. Me encontré montones de personas en la calle que me saludaban efusivamente, pero estoy seguro de que me confundían con alguien célebre. De cualquier manera, invité a varios al reventón con mis amigos:
–Será en el Halcón Dorado…
–Halcón Dorado?
–Rojo, perdón. Halcón Rojo
Lo preocupante era que me obsequiaban diferentes bebidas cada vez: vodka, tequila, mezcal, bacanora, y como casi nunca tomo, me puse como chinampina.
Entonces recibí otro mensaje con la misma pregunta:
–Dónde? –ahora era Pepe Rojo
–Estaremos en el Barón Rojo, que debe ser de tu tío, ja ja! –le contesté.
–Muy gracioso, pero estás seguro que Barón Rojo?
–Chin, no, creo que es Dorado. El Barón Dorado.
Para esos momentos ya no sabía dónde estaba. Buscaba los letreros de las calles pero no significaban nada, igual podían estar en chino. Me quedaba mirándolos durante minutos sin descifrarlos. Ya no recordaba a dónde iba ni por qué había llegado allí. Me había olvidado del taller y de que era escritor. No sólo caminaba en forma de S sino de R y W. Bajo ese patrón nunca encontraría a mis amigos. Así que decidí poner un alto, rectificar mi comportamiento y tomar un taxi:
–A dónde va, amigo…
–Voy al… Nalgón Rojo…
Tras unos instantes de duda, el taxista preguntó:
–Nalgón Rojo o Dorado…
FIN
[Welcome to the jungle. Montaje que sincroniza la versión de Richard Cheese y Lounge Against the Machine con el video original de Guns and Roses. Ja!]
14/01/2009
MI AGENTE EN TIJUANA (2)
La literatura sin mí
por Anónimo Hernández
Ya pronto hablaré del inmediato amor que surgió entre Tijuana y yo. Por el momento me limitaré a apuntar que Tijuana no sólo era la ciudad natal de K. Brown, mi agente, sino que ella, K, era de las pocas personas que podían presumir de abolengo en una ciudad de paso donde la mayoría de la gente no ha nacido allí. Porque incluso los tijuanenses de nacimiento generalmente proceden de padres fuereños. Bueno, pues K es ampliamente conocida porque puede presumir que su mismísima abuela nació en la tierra donde ahora, yo, debía corresponder a la confianza de su nieta.
Entrando conocí el viejo dicho sobre las tres hermanas: Ensenada la bonita; Mexicali la caliente; y Tijuana la piruja. Hay muchas variantes del dicho, pero ésta fue la que se me quedó grabada. Ya tenía una invitación para presentarme en Mexicali y pronto estaría en Ensenada. Había venido a Tijuana para dar un taller y mi mayor pavor consistía en no contar con ningún interesado. Pero, contra todo pronóstico, tenía más de 20 inscripciones, nada mal para un Don Nadie.
En el taller tuve la fortuna de contar con gente receptiva, excelentes relatos, muchísima participación. Fue muy fácil orientarlos hacia los mejores modos para convertirse en escritores malos. Entendían con facilidad los preceptos básicos, mostraban un talento natural para aprender técnicas y recursos indispensables para lograrlo, lo cual hizo que mi trabajo fuera muy sencillo y que los participantes notaran prontos adelantos.
Como el taller formaba parte del Festival de la Ciudad, no tardó en correrse la voz. En restaurantes, cantinas y antros, la gente se acercaba a preguntar sobre mis procedimientos. Más aún, tuve el gran privilegio de conocer a varios de mis grandes ídolos en el campo de las letras, como Rafa Saavedra, Pepe Rojo, Deyanira Torres; estuve a punto de conocer a BEF, que aunque no es tijuanense, casi coincidimos allí. Conocí a muchísima gente más, pero también hablaré de eso en otra ocasión. Baste con decir que me sentía soñado.
La gente me detenía en la calle:
–Usted es el escritor malo?
–Así es. Me gusta lo superficial y la ausencia de estructura.
–Chingón. Nunca cambie.
Pero una mañana, en mi cuarto de hotel, recibí una llamada de K, mi agente:
–Oye, bato, hay un evento que no está incluido en el Festival de la Ciudad. Se reúnen las personalidades literarias más importantes del país para discutir el futuro de nuestra Literatura.
Inflamado por el éxito, le dije:
–Debo estar allí.
–Pero la reunión es hoy mismo, por la noche.
–Tú eres mi agente. Tengo que estar allí.
–Muy bien. Déjame hacer unas llamadas. Te recojo por la noche, cuando termine tu taller.
La emoción me llevó hacia una botella de tequila desde temprana hora. Más tarde, en la sesión les mostré a mis alumnos la importancia de cultivar los lugares comunes una vez que hemos aceptado nuestra condición de escritores malos. Y, por supuesto, maticé mis enseñanzas con una botellita de agua que disfrazaba un contenido altamente etílico.
Por la noche, al recogerme, K me explicó que en esos días la legendaria temeridad de Tijuana se había concentrado en un motín dentro del penal más peligroso de la ciudad, entre cuyos objetivos podría estar la liberación de algunos elementos considerados Narco-in-Chief dentro de sus organizaciones. Por lo que la mayoría de los capos mafiosos se hallaban ocultos, quizá en cónclaves, esperando el desarrollo de los acontecimientos.
La seriedad de la noticia palideció ante otra que era aún peor: K había estado pegada al celular durante toda la tarde, pero sus esfuerzos no habían sido suficientes:
–No conseguí que te aceptaran en el evento… Mira, esa madre debe de tener meses planeándose, así que no pude modificarla en unas horas. Pero, si insistes, vamos a intentar algo in situ.
No le entendí, pero acepté. Nada pintaba bien si debíamos arreglarlo al ay sí tú, pero pensé: si estos escritores son así, ni modo.
Noté que ella también traía una botellita de agua y sólo recé para que no reconociera el verdadero contenido de la mía. Como es usual en Tijuana, tuvimos que recorrer infinidad de callecitas, bulevares, carreteras, vías rápidas, más callecitas oscuras, hasta que llegamos a una especie de mansión situada al centro de un amplio espacio verde, protegida por una reja de barrotes muy separados que permitían una vista clarísima del jardín, pero cuya altura impedía cualquier acceso, sobre todo al coronarse con alambre militar electrificado. En su totalidad, el sitio ocupaba una cuadra entera.
Al bajar del carro e intentar entrar, tuve un primer altercado. Ya no había hostesses, sino gorilas con aspecto de empleados de seguridad.
–Ya llegaron todos los invitados, no esperamos a nadie más –dijeron, desacreditándome por completo.
K tomó el control y me dijo:
–Déjamelo a mí. Vete hacia allá. Llegas a la esquina y das vuelta. Yo te llamo.
Seguí sus indicaciones.
Desde mi nueva ubicación pude ver que no sólo habían resultado tardías las llamadas de K, sino nuestra llegada. La cita efectivamente debió de ser para horas antes porque ya todos estaban dentro, charlando en el jardín con una copa en la mano.
Reconocí a… Eh… Bueno, estaban… O.K., no me acuerdo bien de sus nombres… Pero ahí estaban… To-dos… Reunidos en el patio… De pronto escucharon, proveniente de la reja, una retahíla de gritos:
–Maestros!… Soy yo!… Déjenme entrar!…
Algunos voltearon, pero parecieron más falsos quienes fingieron preocuparse que quienes fingieron que no pasaba nada. Los gritos continuaron:
–Maestros!… Por favor!… Maestros!… Volteen hacia acá!…
Para evitar el embarazo, alguna voz sugirió pasar al interior de la mansión y comenzar con el trabajo del día. Pero los gritos continuaron:
–Maestros!… No se vayan!… Maestros!… Por favor!… Déjenme entrar!… Maestros!… Maricas!… Perfumados!… Déjenme pasar!… Mamones!… Váyanse a la mierda!… Mafiosos!… Ni quien quiera estar con ustedes!… Jotos perfumados!…
Entonces K llegó derrapando hasta mi ubicación.
–Fuiste tú?
–Qué.
–El de los gritos…
–No.
–Oíste los gritos?
–Sí.
–Y no fuiste tú?
–No!
–Seguro?
–Sí!
–Está bien. Te greo –dijo con acento a vodka.
Nunca supimos quién fue el desubicado que había vociferado tantas peladeces contra las personalidades que más admiro en el infinito y más allá, incluso me desilusionó que K siquiera me supusiera capaz de un acto tan ruin, pero cuando vimos que las luminarias se recogían en la seguridad de la mansión, K terminó gritando consignas similares a las que acabábamos de escuchar. O sea que su botellita tampoco traía sólo agua.
Después de un silencio, me dijo:
–Ven. Tengo una solución.
K me tomó del brazo hacia su enorme auto, cuyas medidas autorizaban para denominarlo como lancha. La tristeza me hizo sentir agotado. Pensé que rodearíamos la mansión en busca de otro acceso, pero el ronroneo del motor me arrullo hasta dejarme dormido en el acto.
Debimos recorrer infinidad de callecitas, bulevares, carreteras, vías rápidas, más callecitas oscuras, hasta que K me dijo:
–Hey, bato, despierta, vienes babiando. Y apestas a puro tequila –me dijo oliendo a vodka.
–Óntamos…
Habíamos llegado a mi hotel. Nada de accesos secretos a la mansión, nada de intervenciones en el cónclave selecto. Mi súbita celebridad no había servido de nada. Yo no era nadie. El destino de las letras se decidía sin mí.
K tomó mi llave, bajó del auto y abrió la puerta de mi habitación. Fui a seguirla con la clara intención de hacer pucheros y llorar en su hombro, cuando escuché que se abrían las puertas del auto estacionado junto al nuestro. Recordé todas las advertencias contra la peligrosidad de Tijuana. Me vi torturado en busca de alguna confesión. O doblegado por cuernos de chivo disparados contra mí por equivocación. Qué poca madre, pensé: los escritores no me reconocen y los narcos me confunden. Volteé de inmediato para gritar: “En la cara no, que soy artista”…“No disparen, sólo soy un escritor malo” cuando de pronto vi un par de norteñas enormes con vestimentas poco discretas.
Escuché la voz de K diciendo:
–Trátenmelo bien, muchachas. Este hombre es muy importante: es el escritor más malo del país.
–Tá bien.
Las señoritas, más altas que yo, me empujaron hacia la habitación. Sólo alcancé a escuchar a K diciéndome:
–Sólo son prestadas por una hora. No te vayas a quedar dormido.
Una vez dentro, las chicas se deshicieron intentando complacerme.
–Tómese su tiempo, apá, no hay lío si es más de una hora, edá? –dijo una.
–Simón, no hay tos –masticó la otra junto con su chicle.
Me bailaron, me encueraron, me masajearon.
Me estrujaron, me besuquearon, me consintieron.
Me enseñaron todas las posibilidades semánticas de la palabra sándwich. Yo les enseñé lo que significaban un hipérbaton, una sinécdoque y, sobre todo, un encabalgamiento.
–Uuuuun queeeeé? –se reían como locas.
–En-ca-bal-ga-mien-to…
–Jaaaaa ja ja.
–A ver, digan conmigo: perífrasis o circunloquio.
–Jaaaaa ja ja, qué señor tan lindo.
Ya en la cama, me sentí como una carcacha entrando a los rodillos de esos autolavados para que les pongan una zarandeada chingona por todas partes. Obviamente hubo gritos y pataleos sin cuartel.
Al final, cuando las huercas se vistieron y me cubrieron con las cobijas como si fuera su bebé, me quedé pensando en lo triste que resulta ser un autor que no es reconocido por sus colegas.

por Anónimo Hernández
Ya pronto hablaré del inmediato amor que surgió entre Tijuana y yo. Por el momento me limitaré a apuntar que Tijuana no sólo era la ciudad natal de K. Brown, mi agente, sino que ella, K, era de las pocas personas que podían presumir de abolengo en una ciudad de paso donde la mayoría de la gente no ha nacido allí. Porque incluso los tijuanenses de nacimiento generalmente proceden de padres fuereños. Bueno, pues K es ampliamente conocida porque puede presumir que su mismísima abuela nació en la tierra donde ahora, yo, debía corresponder a la confianza de su nieta.
Entrando conocí el viejo dicho sobre las tres hermanas: Ensenada la bonita; Mexicali la caliente; y Tijuana la piruja. Hay muchas variantes del dicho, pero ésta fue la que se me quedó grabada. Ya tenía una invitación para presentarme en Mexicali y pronto estaría en Ensenada. Había venido a Tijuana para dar un taller y mi mayor pavor consistía en no contar con ningún interesado. Pero, contra todo pronóstico, tenía más de 20 inscripciones, nada mal para un Don Nadie.
En el taller tuve la fortuna de contar con gente receptiva, excelentes relatos, muchísima participación. Fue muy fácil orientarlos hacia los mejores modos para convertirse en escritores malos. Entendían con facilidad los preceptos básicos, mostraban un talento natural para aprender técnicas y recursos indispensables para lograrlo, lo cual hizo que mi trabajo fuera muy sencillo y que los participantes notaran prontos adelantos.
Como el taller formaba parte del Festival de la Ciudad, no tardó en correrse la voz. En restaurantes, cantinas y antros, la gente se acercaba a preguntar sobre mis procedimientos. Más aún, tuve el gran privilegio de conocer a varios de mis grandes ídolos en el campo de las letras, como Rafa Saavedra, Pepe Rojo, Deyanira Torres; estuve a punto de conocer a BEF, que aunque no es tijuanense, casi coincidimos allí. Conocí a muchísima gente más, pero también hablaré de eso en otra ocasión. Baste con decir que me sentía soñado.
La gente me detenía en la calle:
–Usted es el escritor malo?
–Así es. Me gusta lo superficial y la ausencia de estructura.
–Chingón. Nunca cambie.
Pero una mañana, en mi cuarto de hotel, recibí una llamada de K, mi agente:
–Oye, bato, hay un evento que no está incluido en el Festival de la Ciudad. Se reúnen las personalidades literarias más importantes del país para discutir el futuro de nuestra Literatura.
Inflamado por el éxito, le dije:
–Debo estar allí.
–Pero la reunión es hoy mismo, por la noche.
–Tú eres mi agente. Tengo que estar allí.
–Muy bien. Déjame hacer unas llamadas. Te recojo por la noche, cuando termine tu taller.
La emoción me llevó hacia una botella de tequila desde temprana hora. Más tarde, en la sesión les mostré a mis alumnos la importancia de cultivar los lugares comunes una vez que hemos aceptado nuestra condición de escritores malos. Y, por supuesto, maticé mis enseñanzas con una botellita de agua que disfrazaba un contenido altamente etílico.
Por la noche, al recogerme, K me explicó que en esos días la legendaria temeridad de Tijuana se había concentrado en un motín dentro del penal más peligroso de la ciudad, entre cuyos objetivos podría estar la liberación de algunos elementos considerados Narco-in-Chief dentro de sus organizaciones. Por lo que la mayoría de los capos mafiosos se hallaban ocultos, quizá en cónclaves, esperando el desarrollo de los acontecimientos.
La seriedad de la noticia palideció ante otra que era aún peor: K había estado pegada al celular durante toda la tarde, pero sus esfuerzos no habían sido suficientes:
–No conseguí que te aceptaran en el evento… Mira, esa madre debe de tener meses planeándose, así que no pude modificarla en unas horas. Pero, si insistes, vamos a intentar algo in situ.
No le entendí, pero acepté. Nada pintaba bien si debíamos arreglarlo al ay sí tú, pero pensé: si estos escritores son así, ni modo.
Noté que ella también traía una botellita de agua y sólo recé para que no reconociera el verdadero contenido de la mía. Como es usual en Tijuana, tuvimos que recorrer infinidad de callecitas, bulevares, carreteras, vías rápidas, más callecitas oscuras, hasta que llegamos a una especie de mansión situada al centro de un amplio espacio verde, protegida por una reja de barrotes muy separados que permitían una vista clarísima del jardín, pero cuya altura impedía cualquier acceso, sobre todo al coronarse con alambre militar electrificado. En su totalidad, el sitio ocupaba una cuadra entera.
Al bajar del carro e intentar entrar, tuve un primer altercado. Ya no había hostesses, sino gorilas con aspecto de empleados de seguridad.
–Ya llegaron todos los invitados, no esperamos a nadie más –dijeron, desacreditándome por completo.
K tomó el control y me dijo:
–Déjamelo a mí. Vete hacia allá. Llegas a la esquina y das vuelta. Yo te llamo.
Seguí sus indicaciones.
Desde mi nueva ubicación pude ver que no sólo habían resultado tardías las llamadas de K, sino nuestra llegada. La cita efectivamente debió de ser para horas antes porque ya todos estaban dentro, charlando en el jardín con una copa en la mano.
Reconocí a… Eh… Bueno, estaban… O.K., no me acuerdo bien de sus nombres… Pero ahí estaban… To-dos… Reunidos en el patio… De pronto escucharon, proveniente de la reja, una retahíla de gritos:
–Maestros!… Soy yo!… Déjenme entrar!…
Algunos voltearon, pero parecieron más falsos quienes fingieron preocuparse que quienes fingieron que no pasaba nada. Los gritos continuaron:
–Maestros!… Por favor!… Maestros!… Volteen hacia acá!…
Para evitar el embarazo, alguna voz sugirió pasar al interior de la mansión y comenzar con el trabajo del día. Pero los gritos continuaron:
–Maestros!… No se vayan!… Maestros!… Por favor!… Déjenme entrar!… Maestros!… Maricas!… Perfumados!… Déjenme pasar!… Mamones!… Váyanse a la mierda!… Mafiosos!… Ni quien quiera estar con ustedes!… Jotos perfumados!…
Entonces K llegó derrapando hasta mi ubicación.
–Fuiste tú?
–Qué.
–El de los gritos…
–No.
–Oíste los gritos?
–Sí.
–Y no fuiste tú?
–No!
–Seguro?
–Sí!
–Está bien. Te greo –dijo con acento a vodka.
Nunca supimos quién fue el desubicado que había vociferado tantas peladeces contra las personalidades que más admiro en el infinito y más allá, incluso me desilusionó que K siquiera me supusiera capaz de un acto tan ruin, pero cuando vimos que las luminarias se recogían en la seguridad de la mansión, K terminó gritando consignas similares a las que acabábamos de escuchar. O sea que su botellita tampoco traía sólo agua.
Después de un silencio, me dijo:
–Ven. Tengo una solución.
K me tomó del brazo hacia su enorme auto, cuyas medidas autorizaban para denominarlo como lancha. La tristeza me hizo sentir agotado. Pensé que rodearíamos la mansión en busca de otro acceso, pero el ronroneo del motor me arrullo hasta dejarme dormido en el acto.
Debimos recorrer infinidad de callecitas, bulevares, carreteras, vías rápidas, más callecitas oscuras, hasta que K me dijo:
–Hey, bato, despierta, vienes babiando. Y apestas a puro tequila –me dijo oliendo a vodka.
–Óntamos…
Habíamos llegado a mi hotel. Nada de accesos secretos a la mansión, nada de intervenciones en el cónclave selecto. Mi súbita celebridad no había servido de nada. Yo no era nadie. El destino de las letras se decidía sin mí.
K tomó mi llave, bajó del auto y abrió la puerta de mi habitación. Fui a seguirla con la clara intención de hacer pucheros y llorar en su hombro, cuando escuché que se abrían las puertas del auto estacionado junto al nuestro. Recordé todas las advertencias contra la peligrosidad de Tijuana. Me vi torturado en busca de alguna confesión. O doblegado por cuernos de chivo disparados contra mí por equivocación. Qué poca madre, pensé: los escritores no me reconocen y los narcos me confunden. Volteé de inmediato para gritar: “En la cara no, que soy artista”…“No disparen, sólo soy un escritor malo” cuando de pronto vi un par de norteñas enormes con vestimentas poco discretas.
Escuché la voz de K diciendo:
–Trátenmelo bien, muchachas. Este hombre es muy importante: es el escritor más malo del país.
–Tá bien.
Las señoritas, más altas que yo, me empujaron hacia la habitación. Sólo alcancé a escuchar a K diciéndome:
–Sólo son prestadas por una hora. No te vayas a quedar dormido.
Una vez dentro, las chicas se deshicieron intentando complacerme.
–Tómese su tiempo, apá, no hay lío si es más de una hora, edá? –dijo una.
–Simón, no hay tos –masticó la otra junto con su chicle.
Me bailaron, me encueraron, me masajearon.
Me estrujaron, me besuquearon, me consintieron.
Me enseñaron todas las posibilidades semánticas de la palabra sándwich. Yo les enseñé lo que significaban un hipérbaton, una sinécdoque y, sobre todo, un encabalgamiento.
–Uuuuun queeeeé? –se reían como locas.
–En-ca-bal-ga-mien-to…
–Jaaaaa ja ja.
–A ver, digan conmigo: perífrasis o circunloquio.
–Jaaaaa ja ja, qué señor tan lindo.
Ya en la cama, me sentí como una carcacha entrando a los rodillos de esos autolavados para que les pongan una zarandeada chingona por todas partes. Obviamente hubo gritos y pataleos sin cuartel.
Al final, cuando las huercas se vistieron y me cubrieron con las cobijas como si fuera su bebé, me quedé pensando en lo triste que resulta ser un autor que no es reconocido por sus colegas.
FIN

[Jóvenes protestando en la FIL de Guadalajara por los altos precios de los libros. Ojalá que este año también protesten por la mediocridad de los mismos, no? Foto del periódico Público.]
[Escenas del motín en TJ]
02/01/2009
MI AGENTE EN TIJUANA (1)
Los empresarios
por Anónimo Hernández
a Karla Martínez
Vayamos por partes. Todo empezó con un telefonazo:
–Anónimo?
–Sí.
–Te llama K.
–K. Brown?
–Simón.
–La mera-mera agente de Tijuana y todos sus alrededores de alrededor?
–La misma.
–…Te debo dinero?
–No. Quiero ser tu agente. Tengo algo para ti.
Era K. Brown! De NortEstación! Una de las agentes más codiciadas del país!
Me mordí un dedo, bailé una pequeña danza celebratoria, y dejé pasar un tiempo para hacerme el importante:
–Ah, sí? De qué se trata?
–Todos sabemos que eres un escritor malo…
–Y?…
–Pues quiero que vengas a Tijuana para impartir un taller literario: “Cómo ser un escritor malo en 10 sesiones”. Y luego una conferencia sobre el mismo tema en Ensenada. Crees poder?
Yo ni siquiera sabía que existiera un lugar llamado Tijuana, así que agarré un mapa del país y, siendo el primer lugar que debía encontrar, fue el último. Repasando aleatoriamente el norte vi Matamoros, Monclova, Monterrey… “Recórcholis, me dije, esto está en orden alfabético: la T debe de estar más abajo”…
Días después, cuando hube diseñado el taller y cuando hube tramitado el permiso con mi madre para que me dejara salir de la capital, K y yo nos conocimos en el aeropuerto de Tijuana.
Y una vez en la ciudad, K tuvo un bello detalle que aquí detallo:
Cuando el mismísimo gerente del hotel Villa de Zaragoza me instaló en mi habitación, casi pegué un salto al ver mi horrible imagen reflejada en un enorme espejo –como un gato que tocara el agua de un estanque. Me contuve dejando tan solo una cara de fuchi. En ese momento, con todo tacto, mi agente dijo:
–Pronto serás una celebridad, Anónimo. Pide lo que quieras.
–Quiero que quiten ese espejo…
–Eso no es posible, señor.
–Entonces quiero un cuarto sin espejo.
–No tenemos, señor.
–Entonces quiero que quiten ese espejo.
–No se haga el gracioso, señor.
Cuando estuve a punto de hacer pucheros, K se anticipó posando sus manos sobre mis hombros:
–Pero si ser feo es parte de tu personalidad… De hecho es una de las partes más importantes de tu encanto.
Aquel comentario no fue un simple cumplido, ni un halago para salir del paso. K realmente lo creía. Lo aprendí algunos días después, cuando ya impartía mi taller en diez sesiones, y K llamó a mi habitación:
–Esta noche varios promotores culturales sostendremos una reunión con empresarios de la región. Trataremos de que inviertan para mejorar la situación del arte en la ciudad. Les haremos una presentación y luego tendremos un cocktail.
–Y?
–La cuestión es que en eventos anteriores tuvimos actores o artistas con mucha presencia para conversar con los empresarios durante el ambigú, pero resultó que las esposas, con dos copitas encima, empezaban de pirujillas con ellos.
–Y?
–Pues que en esta ocasión necesitamos un feo que cumpla esa función. Un feo con clase.
–Oye, pero yo no tengo clase.
–Ya sé, pero eres el único feo que conozco.
–Es que…
–No te estreses, sólo se trata de conversar con ellos, hacer que se sientan importantes por conversar con artistas e intelectuales. Nosotros nos encargaremos del resto.
En la noche, al terminar mi sesión del taller –del cual hablaré en otra ocasión–, K pasó por mí en su enorme carroza para dirigirnos a la mentada reunión con los empresarios. En el camino me asaltaron las dudas.
–K, creo que no voy a poder…
–Rélajate, sólo sé tú.
–Pero esa gente no va a entender nada de lo que diga.
–Ése es el punto. Entre menos entiendan, más importantes se sentirán.
Yo admiraba a K en secreto. Todo ese conocimiento, esa sapiencia. Pero lamentablemente sus dotes no disminuían mi inseguridad, que junto a mi gusto por la rima innecesaria y mi fealdad, también eran partes de mi personalidad.
El caso es que llegamos al evento. Los promotores culturales asignaron a un representante, quien expuso la ansiada propuesta auxiliado por un documento en Power Point.
Al cabo de un buen rato escuché:
–Inchi bato, despierta, ya terminó la presentación –palabras de K acompañadas de algunas bofetadas aplicadas profesionalmente.
–Qué?
–Tabas roncando y babiando.
–Noscierto…
–Que sí. Tabas pataliando y diciendo peladeces… Anda levántate y ven acá. Te voy a llevar con los empresarios que te asignamos.
Era cierto que K poseía una suave voz y una sonrisa angelical, pero también un huracanado temperamento y una cinta negra en karate, con lo que se aseguró que yo llegara bien despierto a mi compromiso. Me asignó a tres parejas, todas tijuanenses. Una de ellas parecía estar protagonizando una película neoyorquina –él con un impecable traje en gris muy oscuro, ella con un vestido de satín en discreto color palo de rosa–; la segunda pareja parecía sacada de una serie californiana de televisión, informales y sin peinar; la tercera era puro Sinaloa, con un tipo sombrerudo que se ajustaba los pantalones de poliester con un cinto pitiado y calzaba botas de iguana en las que nunca me habría atrevido a meter mis piecitos, acompañado de una mocosa que bien podía ser su sobrina y cuya máxima preocupación era el aspecto de sus uñas.
Fui incapaz de deducir la clase de negocios que impulsaban estos personajes en la región, pero me negué a dejarme vencer por los estereotipos. Lo cierto fue que, desde el momento de presentarme con ellos, me sentí como una de esas ficheras que es ofrecida a la mesa de clientes que no la solicitaron. Y como ellas, fui buscando el huequito donde pudiera acomodarme. Por razones obvias, me lancé primero sobre los californianos. Les debe gustar la mota, pensé.
–Buenas noches. Mi nombre es Anónimo Hernández. Soy un escritor malo. Me gustan la reiteración y el efecto cacofónico.
Me encontré con que el tipo podía tener mucho dinero y ser un empresario exitoso, pero que a diferencia del típico californiano televisivo –poseedor de una dentadura perfecta– éste tenía una sonrisa chimuela: le faltaba uno de los dientes frontales. Y lamentablemente esa imagen representaba con exactitud su personalidad y la de su mujer.
Entonces, sin sentirme identificado tampoco con los neoyorquinos, giré hacia los sinaloenses, y pensé: ya valí madre, ni para allá ni para acá.
–Usté es chilango, edá?
–Así es, soy capitalino.
–Qué se siente no usar botas?
–Fatal. No sabe lo terrible que es sentarse a escribir sin la protección de unas botas picudas –contesté como pude.
Al “sinaloense” le importó un pito mi respuesta: él ya estaba contento con haberme hecho víctima de su gracejada. Sin embargo los neoyorquinos sonrieron con disimulo ante mi ingenio, por lo que pensé: ahí está el pan.
–Formo parte del festival de la ciudad. Imparto el taller “Cómo ser un escritor malo en 10 sesiones”, que como su nombre lo indica es un taller de escritura.
–Un taller de escritura? Cómo es eso? –preguntó el neoyorquino, dando voz a su mujer.
–Han de arreglar teclados de computadora… O nomás plumas?… –dijo el que parecía narco sinaloense, con su sonrisa ranchera, mientras los californianos seguían en plan chimuelo.
–Fíjese que no –respondí–: se le llama taller porque trabajamos escritos, del mismo modo en que, …por ejemplo, …un taller de talabartería diseña y crea unas botas de lagartija como las suyas.
Esta vez hasta el mismo sinaloense inclinó la cabeza ligeramente. Me los había ganado.
Un mesero pasó con nuevas rondas de tragos.
Después de un breve silencio:
–Mi mujer escribe –murmuró el neoyorquino tratando de dirigirse sólo a mí–, y es muy buena, pero no se tiene confianza. Usted podría darle un diagnóstico?
Le di un trago a mi trago mientras veía la silueta dibujada bajo el vestido de satín en color palo de rosa.
–Pues claro que le doy, con todo gusto, un diagnóstico, o los que hagan falta –dije tratando de concentrarme en la encomienda de mi agente.
–Yo también escribo –dijo repentinamente la californiana, con fuerte tinte pocho; bajo su diminuta camiseta de tirantes se veían dos pelotitas coronadas por unos piquitos que apuntaban hacia arriba, y siendo francos, diría que apuntaban directo a mis labios, pero quizá era sólo mi imaginación borracha. –Escribo todos los días? Y tengo relatos publicados en inglés y en español? –dijo con ese acento gringo que convierte las afirmaciones en preguntas y que muchos de mis paisanos han copiado lambisconamente bien.
–Las historias de ella son magníficas, pero ella dice que son pedantes –dijo el chimuelo con un acento más pocho aún, y apuntándome con el dedo como si estuviera amenazándome, ese gesto gringo tan amistoso en su aparente belicosidad–; ella carga con esa trauma sólo porque ella consiguió un maestría en letras… –añadió.
Un maestría en letras?! Pero si la tipa tiene facha de surfer!, grité para mis adentros.
–Quiero que mis historias suenen menos pretenciosas? Más crudas?
Nos confesó que había asistido a talleres con unos tales Chuck Palankiux y Cormick McCormick (quien, con ese nombre, debía de estar relacionado con la reputada fábrica de mermeladas).
Todos estábamos mudos, es más, congelados. Así que continuó:
–De hecho, a Paul Auster le decíamos “La Licuadora”? Como Osterizer? Él era Austerizer, quería Austerizarlo todo? Quería que todos escribiéramos como él? –sentenció.
No mames, lo que me faltaba?, pensé con su acento. Esta tipa quiere que yo le dé un taller?
–Pues yo también quiero escribir –dijo la mocosa sinaloense–: con mi vida hay para hacer un libro, o más –. Tenía un culito respingado que todos los caballeros del festín habían tratado de examinar inventándose pretextos para pasar detrás de ella, cuidando que el sombrerudo no se fuera a enterar.
Por qué me pasa esto a mí?, me pregunté. Por qué le infundo este tipo de confianza a la gente? Si yo no hubiera venido, le habrían dicho lo mismo a mi sustituto? Era yo una especie de prostituto?
Los meseros habían ido y venido, lo mismo que las copas. El evento entero comenzaba a darme vueltas en los ojos y en la cabeza. Me sentía un galante de la literatura, un cabaretero de la narrativa. Peor aún, según yo, el trío de féminas ahora me miraba remojándose los labios con lasciva saliva. Entonces quise protegerme haciendo con los dedos la señal de la cruz, como si me fuera a santiguar, y decirles: Atrás, malditas! A ustedes no les interesan las letras, sólo el pecado!
–Fijense que no puedo… –traté de inventar excusas, pero las mafiosas miradas de los maridos me hicieron pensar dos veces lo que estaba a punto de decir– …no puedo dar un taller tan elevado como el que ustedes requieren, pero…
En ese momento apareció K como si viniera a mi rescate.
Sin embargo, para entonces las ruedas se habían echado a andar y las pecadoras no encontraban el modo de detenerse. Por el contrario, parecían competir para ganar mi atención. Por fin, una de ellas –no quise saber quién– dijo:
–Qué lindo…
–Hazte el feo! –mordisqueó K, disimulando un codazo.
–…tan feíto!
–Hazte el bonito!
Los maridos ya no lucían tan contentos como al principio, pero me vieron tan asustado que jamás pensaron que mi temor se debiera a la posibilidad de perder a K, mi agente, sino que lo atribuyeron al efecto que la amenazante personalidad de sus personas ejercía sobre mí.
K quedó feliz, porque al final los capos no sólo aceptaron invertir generosamente en la cultura de la región, sino que cubrieron mis honorarios para darles talleres personalizados a sus mujeres durante las mañanas, mientras ellos se ocupaban de generar los dineros que financiaban al estado, su cultura y mi taller.
FIN
Aquí una de mis canciones favoritas de siempre: "Bubble Bubble", Orquesta Mondragón, Rock and roll Circus, 1983.
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15/12/2008
Un escritor sucio
por Anónimo Hernández
Resulta que el otro día me llamaron por teléfono solicitando una entrevista:
Resulta que el otro día me llamaron por teléfono solicitando una entrevista:
–Es usted el escritor malo? Queremos entrevistarlo.
En mi vida me lo habría imaginado. Estaba feliz: era famoso.
Y lo sería aún más.
Una entrevista!
Porque la gente tiende a pensar que la vida de un escritor es glamorosa, que vive en un limbo algodonado, que camina flotando gracias a su sabiduría y su facilidad de palabra, que las mujeres se despelucan por subir a su nube, que todos tenemos a una Marilyn jalándonos hacia una cama king-size con sábanas de satín.
Nadie es capaz de visualizar lo ordinario que implica el trabajar todo el día frente a una pared, proyectando en ella lo que no vivimos en nuestro rededor, hablando solo, contestando solo, incluso gritando solo, inventando otra escenografía para lo que en realidad es un cuartucho desaseado y solo, imaginando otras vidas para un tipo también desaseado y solo.
Sin embargo, el lazo que vincula a un mundo con el otro, con su opuesto, puede ser precisamente una llamada telefónica, una solicitud: una entrevista.
A partir de ella se puede caminar con ligereza por el mundo, señalando cosas, tirando netas.
Como dios.
La entrevista es un primer paso. El primer paso a bordo de nuestra nube azucarada.
Pero el entusiasmo inicial del telefonema, así como los acuerdos finales para fijar la cita, me hicieron obviar los detalles más obvios. Mi casa es un caos. Me pregunté: qué pasará si las tipas llegan (porque son dos) con sus grabadoras y libretitas, y en ese momento se les ocurre aparecer a las cucarachas que asolan mi cocina y que, poco a poco, invaden mi espacio vital? Hijas de su madre, no encuentro el modo de aniquilarlas (a las cucas). Entonces recordé al escritor convertido en cucaracha y se me ocurrió una excusa: “señoras entrevistadoras: ésas no son cucarachas, son unos amigos escritores, justo hablábamos de literatura checa”. Gritarán como locas y me mandarán a la chingada? Me refiero a las entrevistadoras, no a las cucarachas. O me defenderán cuando vean que tengo más pavor que ellas? Apachurraremos a las cucas con sus libretas o con mis zapatos, escuchando el crujido despreciable de su milenario caparazón? Les daremos marihuana que fumar?
Ellas lo han sobrevivido todo.
TODO.
Qué es un escritor frente a una cucaracha?
NADA.
Qué pensarán de nosotros?:
–Ahistá ese idiota otra vez mirando hacia el techo… Píquele, comadre, sobre las moronitas de pan…
Entonces junté mis ahorros, y como no me alcanzaba para pagar a un fumigador, compré varias latas de matabichos y las ataqué con el poder de los aerosoles. Si la capa de ozono patrocinó largamente a Bush, bien podía aportar para mi reconocimiento mundial.
Después del avance exterminador, mi covacha olía a bomba tóxica, pero tuve que quedarme en ella porque no tenía otro lugar a dónde ir. No juntaba para un hotel y debía continuar escribiendo. Así que anduve mareado y trastabillante durante días. De hecho, estuve a punto de caer junto a los cadáveres de mis enemigas! Entonces volví a recordar al escritor convertido en cucaracha y me cuestioné si no resultaría justo que cayera junto a ellas, ortópteros de cuerpo deprimido, según su descripción taxonómica. Después de todo, éramos colegas, según él.
En ese lapso, bajo el influjo de los vapores químicos, tuve visiones, se me ocurrieron textos. Encontré un sinfín de verdades que, lamentablemente, se me olvidaron cuando se deslavó el efecto.
El caso es que no me morí.
Pero con la fumigación se me borró por completo la fecha de la cita. Y la hora. Por si las moscas, me puse a lavar ropa y trastes, a quitar cochambre de la estufa, a eliminar la mugre cercana a los apagadores eléctricos.
La fama estaba por llamar a la puerta. (Por cierto, arreglé el pinche timbre que nunca había funcionado puesto que nadie me visita.) No podía ser que la fama me llamara y yo no la escuchare.
El caso es que las tipas me llamaron ayer para confirmar nuestra cita:
–Estamos ansiosas por ver cómo vive un escritor del submundo. Pero queremos verlo en su habitat natural. Con toda su perdición, su decadencia…
Quise preguntarles de dónde sacaban que yo era un escritor sucio, perdido, decadente, pero sólo me atreví a decir:
–Cómo no. Algo más?
–Sí! Queremos presenciar la estrechez, la mugre, el desorden. Queremos observar las cucarachas rondando los restos de su comida, todo eso…
–Cucarachas?!… Claro, no se preocupen, aquí se las tengo…
Malditas.
Qué dirán los escritores sucios de mí si estas chicas describen un hogar limpio?!
Qué ejemplo daré a las nuevas generaciones de malvivientes?
Me he pasado la noche ensuciando todo otra vez, tratando que los pomos de las puertas se ennegrezcan con un toque natural, ensuciando calzones y dejándolos por todos lados, manchando y regando por doquier las páginas de mi único manuscrito.
Me urge ser sucio!
El problema es que no encuentro dónde comprar unas cucarachas ocasionales que me saquen del apuro, porque ahora no se asoman ni por las coladeras.
Si alguien puede recomendarme algún sitio o puede venderme unas seis o siete, de buen tamaño y con antenas inquietas, las pagaré a buen precio.
Y si tienen gusto por lo literario (las cucarachas), mejor.
[Y ahora un video de Thalía, quien a no ser por la voz, resulta irreconocible tras tantas cirugías, pobre muchacha!]
[no que no?]
Y lo sería aún más.
Una entrevista!
Porque la gente tiende a pensar que la vida de un escritor es glamorosa, que vive en un limbo algodonado, que camina flotando gracias a su sabiduría y su facilidad de palabra, que las mujeres se despelucan por subir a su nube, que todos tenemos a una Marilyn jalándonos hacia una cama king-size con sábanas de satín.
Nadie es capaz de visualizar lo ordinario que implica el trabajar todo el día frente a una pared, proyectando en ella lo que no vivimos en nuestro rededor, hablando solo, contestando solo, incluso gritando solo, inventando otra escenografía para lo que en realidad es un cuartucho desaseado y solo, imaginando otras vidas para un tipo también desaseado y solo.
Sin embargo, el lazo que vincula a un mundo con el otro, con su opuesto, puede ser precisamente una llamada telefónica, una solicitud: una entrevista.
A partir de ella se puede caminar con ligereza por el mundo, señalando cosas, tirando netas.
Como dios.
La entrevista es un primer paso. El primer paso a bordo de nuestra nube azucarada.
Pero el entusiasmo inicial del telefonema, así como los acuerdos finales para fijar la cita, me hicieron obviar los detalles más obvios. Mi casa es un caos. Me pregunté: qué pasará si las tipas llegan (porque son dos) con sus grabadoras y libretitas, y en ese momento se les ocurre aparecer a las cucarachas que asolan mi cocina y que, poco a poco, invaden mi espacio vital? Hijas de su madre, no encuentro el modo de aniquilarlas (a las cucas). Entonces recordé al escritor convertido en cucaracha y se me ocurrió una excusa: “señoras entrevistadoras: ésas no son cucarachas, son unos amigos escritores, justo hablábamos de literatura checa”. Gritarán como locas y me mandarán a la chingada? Me refiero a las entrevistadoras, no a las cucarachas. O me defenderán cuando vean que tengo más pavor que ellas? Apachurraremos a las cucas con sus libretas o con mis zapatos, escuchando el crujido despreciable de su milenario caparazón? Les daremos marihuana que fumar?
Ellas lo han sobrevivido todo.
TODO.
Qué es un escritor frente a una cucaracha?
NADA.
Qué pensarán de nosotros?:
–Ahistá ese idiota otra vez mirando hacia el techo… Píquele, comadre, sobre las moronitas de pan…
Entonces junté mis ahorros, y como no me alcanzaba para pagar a un fumigador, compré varias latas de matabichos y las ataqué con el poder de los aerosoles. Si la capa de ozono patrocinó largamente a Bush, bien podía aportar para mi reconocimiento mundial.
Después del avance exterminador, mi covacha olía a bomba tóxica, pero tuve que quedarme en ella porque no tenía otro lugar a dónde ir. No juntaba para un hotel y debía continuar escribiendo. Así que anduve mareado y trastabillante durante días. De hecho, estuve a punto de caer junto a los cadáveres de mis enemigas! Entonces volví a recordar al escritor convertido en cucaracha y me cuestioné si no resultaría justo que cayera junto a ellas, ortópteros de cuerpo deprimido, según su descripción taxonómica. Después de todo, éramos colegas, según él.
En ese lapso, bajo el influjo de los vapores químicos, tuve visiones, se me ocurrieron textos. Encontré un sinfín de verdades que, lamentablemente, se me olvidaron cuando se deslavó el efecto.
El caso es que no me morí.
Pero con la fumigación se me borró por completo la fecha de la cita. Y la hora. Por si las moscas, me puse a lavar ropa y trastes, a quitar cochambre de la estufa, a eliminar la mugre cercana a los apagadores eléctricos.
La fama estaba por llamar a la puerta. (Por cierto, arreglé el pinche timbre que nunca había funcionado puesto que nadie me visita.) No podía ser que la fama me llamara y yo no la escuchare.
El caso es que las tipas me llamaron ayer para confirmar nuestra cita:
–Estamos ansiosas por ver cómo vive un escritor del submundo. Pero queremos verlo en su habitat natural. Con toda su perdición, su decadencia…
Quise preguntarles de dónde sacaban que yo era un escritor sucio, perdido, decadente, pero sólo me atreví a decir:
–Cómo no. Algo más?
–Sí! Queremos presenciar la estrechez, la mugre, el desorden. Queremos observar las cucarachas rondando los restos de su comida, todo eso…
–Cucarachas?!… Claro, no se preocupen, aquí se las tengo…
Malditas.
Qué dirán los escritores sucios de mí si estas chicas describen un hogar limpio?!
Qué ejemplo daré a las nuevas generaciones de malvivientes?
Me he pasado la noche ensuciando todo otra vez, tratando que los pomos de las puertas se ennegrezcan con un toque natural, ensuciando calzones y dejándolos por todos lados, manchando y regando por doquier las páginas de mi único manuscrito.
Me urge ser sucio!
El problema es que no encuentro dónde comprar unas cucarachas ocasionales que me saquen del apuro, porque ahora no se asoman ni por las coladeras.
Si alguien puede recomendarme algún sitio o puede venderme unas seis o siete, de buen tamaño y con antenas inquietas, las pagaré a buen precio.
Y si tienen gusto por lo literario (las cucarachas), mejor.
FIN
[Y ahora un video de Thalía, quien a no ser por la voz, resulta irreconocible tras tantas cirugías, pobre muchacha!]
[no que no?]
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26/11/2008
Escritores sin sexo
por Anónimo Hernández
Ya sé que este título puede sugerir la idea de escritores que carecen de órganos sexuales, pero no es así.
Ya sé que este título puede sugerir la idea de escritores que carecen de órganos sexuales, pero no es así.
La cuestión es ésta. Ayer tuve el infortunio de verme involucrado en una mesa rebosante de hormonas, cuando un acuerdo me había llevado originalmente a una junta editorial, y en todo caso literaria. En ella hablaría con mis posibles editores sobre la publicación de mi único manuscrito y, en el mejor escenario, de contratos, regalías y promociones.
La cita fue en un café-librería, o viceversa. En la Condesa. Para empezar, cuando llegué al lugar, el mesero me vio tan pequeño e insignificante, que en vez de sentarme dio por sentado que yo iba por el empleo de lavaplatos anunciado en la puerta y corrió para endilgarme un mandil. Después de un rato alegando, y auxiliado por mis contertulios, se aclaró el malentendido y pude quitarme la deshonrosa prenda que ya pendía de mi cintura.
A pesar de tan incómodo comienzo, el mesero no me calificó como alguien en posición de ordenarle nada, de modo que prefirió ignorarme. Para molestarlo, le exigí un expreso doble, cortado, por lo que, minutos después, me devolvió el agravio acompañando mi tacita con unos sobres de un sustituto lácteo llamado Lautrec.
Volviendo al tema, repito: no estábamos en un bar o una cantina. Era en un café. Un lugar chiquito, acogedor, reciente. Y a pesar de eso, poco a poco fueron apareciendo personajes que se adhirieron a nuestra mesa sin más preámbulos que sus saludos y abrazos sospechosamente sonoros. Gente que andaba por allí, según sus propias palabras. Treintañeros editores, dictaminadores y autores de afamadas firmas editoriales, y al poco rato, entre capuchinos azucarados y vasitos de agua sin hielo, el aquelarre giró en torno a factibles ediciones, antologías, traducciones, becas, coediciones, intercambios, acuerdos transoceánicos…
La cita fue en un café-librería, o viceversa. En la Condesa. Para empezar, cuando llegué al lugar, el mesero me vio tan pequeño e insignificante, que en vez de sentarme dio por sentado que yo iba por el empleo de lavaplatos anunciado en la puerta y corrió para endilgarme un mandil. Después de un rato alegando, y auxiliado por mis contertulios, se aclaró el malentendido y pude quitarme la deshonrosa prenda que ya pendía de mi cintura.
A pesar de tan incómodo comienzo, el mesero no me calificó como alguien en posición de ordenarle nada, de modo que prefirió ignorarme. Para molestarlo, le exigí un expreso doble, cortado, por lo que, minutos después, me devolvió el agravio acompañando mi tacita con unos sobres de un sustituto lácteo llamado Lautrec.
Volviendo al tema, repito: no estábamos en un bar o una cantina. Era en un café. Un lugar chiquito, acogedor, reciente. Y a pesar de eso, poco a poco fueron apareciendo personajes que se adhirieron a nuestra mesa sin más preámbulos que sus saludos y abrazos sospechosamente sonoros. Gente que andaba por allí, según sus propias palabras. Treintañeros editores, dictaminadores y autores de afamadas firmas editoriales, y al poco rato, entre capuchinos azucarados y vasitos de agua sin hielo, el aquelarre giró en torno a factibles ediciones, antologías, traducciones, becas, coediciones, intercambios, acuerdos transoceánicos…
Intoxicado por la emoción de tan arrebatada lluvia de ideas, ignoré la necesidad autoral que me había llevado hasta allí y quise tomar la palabra, aportar algo a los nuevos temas… Incluso levanté la mano… pero nada podía interrumpir aquel huracán creativo…
Como fuera, sólo bastó que en el vacío del nuevo santuario cultural resonaran unos tacones puntiagudos con su tac-tac tac-tac, para que todas las miradas masculinas se lanzaran tras la posible presa…
Presa de qué, nunca lo supe.
En ese momento las exposiciones titubearon con el ineludible repicar de aquel calzado. Entonces creí que había llegado mi oportunidad de hacerme presente, cuando menos audible, pero lamentablemente la conversación y los grandes proyectos nunca terminaron por sucumbir ante el impulso primitivo, qué va. No se atenuaron las anotaciones en las agendas celulares, en los diferentes modelos de libretitas Moleskine ni en las Blackberries. Todo lo contrario. La tinta corrió con mayor frenesí y los dígitos desafiaron a los ceros y los unos, y a los unos y los otros. Si el olfato y las miradas de mis nuevos amigos atendían al llamado del instinto en cada taconeo, sus proyectos y sus cifras brotaban por doquier. Incluso se prodigaban. Un poco de carne originaba lo que ninguna junta editorial asalariada podía lograr en sus oficinas de lujo.
Instantes después –vociferando para asegurar que sus ideas se alcanzaran a escuchar en la librería– mis nuevos amigos se apresuraron a proponer líneas editoriales arriesgadas, colecciones de una literatura que llamaron independiente, si bien nunca entendí independiente de qué: de ellos?… Por si fuera poco, todos apoyaron incluirme en sus planes, sin importar que ninguno conociera mi obra ni supiera que existía. Apoyar la creatividad de un enano maltrecho resultaba propositivo: allí estaba Lautrec, como los sobrecitos de leche falsa. El chiste era sentirse audaces, rebeldes, subversivos, aunque fuera por quince minutos.
Más aún, aquéllos que momentos antes no me habían considerado digno de su saludo –ya no digamos de su atención–, ahora me daban palmotazos en la espalda y me integraban a sus monólogos pese a que no recordaran mi nombre:
–Me llamo Anónimo… Anónimo Hernández –insistía mientras ellos asentían sonrientes confundiendo mi nombre una y otra vez.
–No te preocupes, Inédito, pronto te publicaremos…
Ya lo mencioné: nosotros estábamos en el café; ella, con sus tacones, en el área de libros. Y cada vez que ella se detenía frente a un título enigmático y leía la contraportada con atención (o con dificultad, quién sabe), en nuestra mesa se invocaban nombres tan afamados como lejanos, se les convertía en amigos íntimos, se les usaba como ases para un pókar que se armaba entre todos, se recababan fondos para que la literatura del país volviera a serlo pronto, y en cuanto el tac-tac-tac-tac volvía a recorrer los pasillos bibliotécnicos (los libros como artículos, como productos, como zapatos finalmente, dándole la razón al gordo infame), las voces en nuestra mesa aceleraban sus crescendos, explotaban las risotadas, los manotazos caían sobre mi espalda para confirmar que mis colegas podían condescender hasta eso, hasta tratar a un ilustre desconocido como su igual, más aún, como su amigo. No importaba mi fealdad, al contrario. Tan grandes eran, o podían ser.
Sin embargo, en el clímax, me vi obligado a confesarles la verdad:
–Cofraternos, …lo siento, soy un escritor malo, …no merezco que me incluyan en sus planes…
Nadie me escuchó.
Con toda franqueza, yo no compartía cuna con ninguno de los presentes. No sólo les resultaba un tipo proveniente de un sitio populoso que seguramente desconocían (el Barrio Chino), sino que había nacido mucho antes que ellos, y ahora contaba con una inquietud hormonal en declive como para compartir su súbito entusiasmo por la dama de los tacones.
Como fuera, sólo bastó que en el vacío del nuevo santuario cultural resonaran unos tacones puntiagudos con su tac-tac tac-tac, para que todas las miradas masculinas se lanzaran tras la posible presa…
Presa de qué, nunca lo supe.
En ese momento las exposiciones titubearon con el ineludible repicar de aquel calzado. Entonces creí que había llegado mi oportunidad de hacerme presente, cuando menos audible, pero lamentablemente la conversación y los grandes proyectos nunca terminaron por sucumbir ante el impulso primitivo, qué va. No se atenuaron las anotaciones en las agendas celulares, en los diferentes modelos de libretitas Moleskine ni en las Blackberries. Todo lo contrario. La tinta corrió con mayor frenesí y los dígitos desafiaron a los ceros y los unos, y a los unos y los otros. Si el olfato y las miradas de mis nuevos amigos atendían al llamado del instinto en cada taconeo, sus proyectos y sus cifras brotaban por doquier. Incluso se prodigaban. Un poco de carne originaba lo que ninguna junta editorial asalariada podía lograr en sus oficinas de lujo.
Instantes después –vociferando para asegurar que sus ideas se alcanzaran a escuchar en la librería– mis nuevos amigos se apresuraron a proponer líneas editoriales arriesgadas, colecciones de una literatura que llamaron independiente, si bien nunca entendí independiente de qué: de ellos?… Por si fuera poco, todos apoyaron incluirme en sus planes, sin importar que ninguno conociera mi obra ni supiera que existía. Apoyar la creatividad de un enano maltrecho resultaba propositivo: allí estaba Lautrec, como los sobrecitos de leche falsa. El chiste era sentirse audaces, rebeldes, subversivos, aunque fuera por quince minutos.
Más aún, aquéllos que momentos antes no me habían considerado digno de su saludo –ya no digamos de su atención–, ahora me daban palmotazos en la espalda y me integraban a sus monólogos pese a que no recordaran mi nombre:
–Me llamo Anónimo… Anónimo Hernández –insistía mientras ellos asentían sonrientes confundiendo mi nombre una y otra vez.
–No te preocupes, Inédito, pronto te publicaremos…
Ya lo mencioné: nosotros estábamos en el café; ella, con sus tacones, en el área de libros. Y cada vez que ella se detenía frente a un título enigmático y leía la contraportada con atención (o con dificultad, quién sabe), en nuestra mesa se invocaban nombres tan afamados como lejanos, se les convertía en amigos íntimos, se les usaba como ases para un pókar que se armaba entre todos, se recababan fondos para que la literatura del país volviera a serlo pronto, y en cuanto el tac-tac-tac-tac volvía a recorrer los pasillos bibliotécnicos (los libros como artículos, como productos, como zapatos finalmente, dándole la razón al gordo infame), las voces en nuestra mesa aceleraban sus crescendos, explotaban las risotadas, los manotazos caían sobre mi espalda para confirmar que mis colegas podían condescender hasta eso, hasta tratar a un ilustre desconocido como su igual, más aún, como su amigo. No importaba mi fealdad, al contrario. Tan grandes eran, o podían ser.
Sin embargo, en el clímax, me vi obligado a confesarles la verdad:
–Cofraternos, …lo siento, soy un escritor malo, …no merezco que me incluyan en sus planes…
Nadie me escuchó.
Con toda franqueza, yo no compartía cuna con ninguno de los presentes. No sólo les resultaba un tipo proveniente de un sitio populoso que seguramente desconocían (el Barrio Chino), sino que había nacido mucho antes que ellos, y ahora contaba con una inquietud hormonal en declive como para compartir su súbito entusiasmo por la dama de los tacones.
Las diferencias, además, no se detenían allí, pues la carnada que estaba provocando tal alboroto en nuestro petit-comité no me parecía merecedora de tanto despliegue de testosterona. Soy feo –me dije–, pero con suerte. El tac-tac tac-tac inicial había atraído mi atención, lo admito, porque se trataba de una llamada auditiva, primaria: lo entendí de inmediato recordando los tacones de mis doce hermanas mayores. Pero el ojo me obligó a reconocer que la vida me había favorecido con mejores mujeres. Si no compartía cuna con mis colegas, tampoco compartiría cama con su improvisada pitonisa, ni siquiera por dinero. Así que nunca supe si aquel lucimiento extravagante tenía por causa la urgencia fisiológica, el mero despliegue testicular, o una especie de rito masculino del que nadie me enteró durante mi adolescencia.
El caso fue que, por más que mis recientes amistades quisieron prolongar nuestra improvisada junta para ver si alguien se atrevía a echarse esos tacones a los hombros, debimos levantarnos ruidosos, con carcajadas sin chiste previo, abrazarnos como si nos conociéramos de toda la vida, fijar próximas citas sin intercambiar datos personales, y despedirnos con nombres equivocados al mandato de “aquí se rompió una jerga…”
Aunque viejo, pero contagiado por aquellos ímpetus extraliterarios, olvidando el motivo que me había llevado a aquella reunión, corrí a mi casa para satisfacerme con un “misionero”, que es la única posición que mi mujer y yo hemos practicado en nuestras vidas, pero que nos brinda resultados satisfactorios.
El caso fue que, por más que mis recientes amistades quisieron prolongar nuestra improvisada junta para ver si alguien se atrevía a echarse esos tacones a los hombros, debimos levantarnos ruidosos, con carcajadas sin chiste previo, abrazarnos como si nos conociéramos de toda la vida, fijar próximas citas sin intercambiar datos personales, y despedirnos con nombres equivocados al mandato de “aquí se rompió una jerga…”
Aunque viejo, pero contagiado por aquellos ímpetus extraliterarios, olvidando el motivo que me había llevado a aquella reunión, corrí a mi casa para satisfacerme con un “misionero”, que es la única posición que mi mujer y yo hemos practicado en nuestras vidas, pero que nos brinda resultados satisfactorios.
FIN
[Y ahora un video que me llevaré al carajo cuando todos se vayan a su isla desierta, jaja! Cuarteto de Nos: Ya no sé qué hacer conmigo]
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un escritor malo
11/11/2008
Un escritor malo y Un escritor feo
Un escritor malo
por Anónimo Hernández
[Publicado en el número de aniversario de la revista Altanoche, gracias al editor Victor Hugo Barrera, quien aceptó una módica suma por incluirlo junto con otros textos de esta columna].
Un escritor feo
por Anónimo Hernández
[Publicado en la revista de la UABC, gracias a su editora Rosa Espinoza, quien aceptó una módica suma por incluirlo en sus páginas].
por Anónimo Hernández
Foto: Sal Ricalde
Manipulación: Antra

Según yo, un escritor malo es casi tan importante como uno bueno, por la sencilla razón de que los escritores malos contribuimos a que destaquen los destacados, en pocas palabras: somos la diferencia que los diferencia.
Naturalmente, los lectores se interesan por curiosear en las minucias y secretos de los grandes autores, sin reflexionar que esos asuntos sólo pudieron reportar un beneficio personal, individual, a tan respetadas personalidades. Y que un escritor malo, en cambio, tiene la ventaja de ofrecerles un panorama más afín, más común y, por tanto, más nutritivo.
Ése es el único motivo que me lleva compartir con ustedes estos apuntes, mis apuntes.
De acuerdo a mi experiencia, hay muchas formas de saber que un escritor es malo. Por ejemplo, cuando no lo publica nadie. Cuando nadie quiere saber de él. Cuando le hacen caras.
Para un artista, la publicación de su obra –es decir, el hecho de que se exponga al público–, primero que nada le brinda un espejo para sentirse más Narciso que el original, debemos admitirlo. Pero, más a fondo, es un reflector que lo expone a todo tipo de opiniones y críticas: favorables, adversas o gratuitas: lo habitúa a distinguirlas, a sacarles partido, a vivir con ellas. Y, por último, nuevamente como espejo, le ofrece una inmejorable opción para ejercitar la autocrítica.
Por esto mismo, y al margen del ego dolorido, no hay nada peor para un escritor que enfrentarse a la negativa de las editoriales para que su obra se haga pública.
Confieso que, en mi caso, estoy más que acostumbrado, porque me han dicho de todo. Desde:
–Lamentablente su trabajo no está de moda…
–Lo sentimos pero su nombre es poco literario…
Hasta:
–Discúlpenos, pero está usted muy feo…
Y lo peor es que tienen razón, pero ya iré hablando de mi fatídico nombre, de mi desfavorable aspecto, de la debilidad de mi memoria y de mis terribles padecimientos para leer y escribir.
Por el momento, lo importante es que ya nada me preocupa: sé que nunca alcanzaré las cumbres hemingwaianas aunque me ponga camisas hawaianas –o lo que esté de moda.
Y sin embargo estoy contento. Porque la maldad de mis escritos (estética, no ética, ya que “malo”, en este caso, no significa que voy por ahí zancadilleando abuelitas o dándole coscorrones a los niños: “malo” no significa malvado, sólo malo), decía que estoy contento porque la maldad de mis escritos me libra del esfuerzo por las cúspides y me gana el escribir lo que me dé la gana.
Compartiéndoles mi experiencia, he decidido creer que una de las razones de mi fracaso como literato se halla en que nunca encontré el consejo que necesitaba. Ése que los grandes campeones de boxeo obtenían oportunamente de sus padres, de sus entrenadores, o de algún campeón que balbuceaba algo coherente entre los fregadazos de una pelea y otra, eso que los llevaba a decir: todo se lo debo a mi manager. Ese consejo que debía dirigir mis metáforas y sinécdoques hacia el éxito.
A falta de ese encarrilamiento íntimo y personal, en los albores de mi carrera busqué con ahínco la guía de mis autores favoritos, no sólo en sus obras sino en todos sus comentarios, en sus entrevistas y hasta en sus confesiones íntimas… Pero no encontré nada… Sólo me esforcé para encontrarme con la primera tara: no podía recordar los nombres completos de los grandes maestros ni sus fechas de nacimiento, mucho menos el año de publicación de sus obras más sentidas… Se me revolvían los datos… Confundía con franca tontería los apellidos dobles y los títulos largos de sus obras, ya no digamos sus géneros y sus especies: La muerte de Abstemio Cruz, El jardín de los cerezos que se trifulcan, Los miserables de Notre Dame, Cien años de sobriedad, El tambor y los perros… Pero si lograba memorizarlos, entonces la disparidad de los consejos profesionales que cada uno brindaba me dejaba en pasmo: es mejor escribir de día, de noche, con horario, todos los días; buscando un mínimo de horas, de palabras, de cuartillas; sin límites de nada, a cualquier hora; hacerlo de pie, a mano, a máquina; con lápiz, borrando, sin borrones…
Para no errar y desbordando optimismo, seguí todas sus recomendaciones, tanto solas como combinadas. Si ellos eran grandes, debía bastar con seguirlos para que yo también lo fuera algún día. Entonces escribí cabeceando hasta que me sorprendieron las tristes luces de la madrugada. Pero también inicié al despuntar el alba, con los trazos de la almohada aún surcándome la cara. Escribí en el sopor del medio día. Escribí contabilizando cada palabra, palabra por palabra, hasta que fueron más importantes los números que las palabras. Escribí a una mano y sobre un pie, prácticamente de cojito pero no de cogito, sólo me faltó cerrar un ojo para parecer tullido. O idiota.
Pero fue un fracaso.
No se me ocurrió nada.
Seguí siendo igual de malo.
O peor.
La prueba es que ahora sólo puedo escribir sobre el hecho de no escribir, o sobre la experiencia de escribir mal.
Para acabar, el único consejo donde los grandes maestros coincidían radicaba en escribir y luego recortar… Incluso hasta cincuenta por ciento!…
Entonces me dije: recortar la mitad de un escrito?… Eso sí que no… Jamás de los jamases!… Podían ser mis autores favoritos, pero cortar un escrito?… Tuve que mandarlos al carajo!… Allá se fueron con sus apellidos dobles y sus títulos largos y enigmáticos!
Ya confesé que soy un escritor malo. Ahora debo aclarar que lo soy porque me cuesta mucho trabajo escribir y porque sufro con las letritas como algunos sufren con las letrinas. Desde siempre he pasado horas, sentado, sin que se me ocurra nada… NADA…. Ni una palabra… Sin importar cuánto me haya esforzado… La temida hoja en blanco sólo dejaba de serlo porque en ella aparecía mi nombre. Entonces: qué demonios iba a recortar si no había escrito más que mi nombre! Era lo único que podía eliminar!… Y, por estúpido que parezca, admito que estuve tentado ha hacerlo con tal de seguir a los maestros, pero borrar el nombre propio (mi propio nombre) equivalía al suicidio!… A matarme a mí mismo!…
Los maestros podían irse al diablo, yo no iría con ellos.
Y si se iban al cielo, pues tampoco habría de acompañarlos.
Ni modo.
Preferí ser malo.

Según yo, un escritor malo es casi tan importante como uno bueno, por la sencilla razón de que los escritores malos contribuimos a que destaquen los destacados, en pocas palabras: somos la diferencia que los diferencia.
Naturalmente, los lectores se interesan por curiosear en las minucias y secretos de los grandes autores, sin reflexionar que esos asuntos sólo pudieron reportar un beneficio personal, individual, a tan respetadas personalidades. Y que un escritor malo, en cambio, tiene la ventaja de ofrecerles un panorama más afín, más común y, por tanto, más nutritivo.
Ése es el único motivo que me lleva compartir con ustedes estos apuntes, mis apuntes.
De acuerdo a mi experiencia, hay muchas formas de saber que un escritor es malo. Por ejemplo, cuando no lo publica nadie. Cuando nadie quiere saber de él. Cuando le hacen caras.
Para un artista, la publicación de su obra –es decir, el hecho de que se exponga al público–, primero que nada le brinda un espejo para sentirse más Narciso que el original, debemos admitirlo. Pero, más a fondo, es un reflector que lo expone a todo tipo de opiniones y críticas: favorables, adversas o gratuitas: lo habitúa a distinguirlas, a sacarles partido, a vivir con ellas. Y, por último, nuevamente como espejo, le ofrece una inmejorable opción para ejercitar la autocrítica.
Por esto mismo, y al margen del ego dolorido, no hay nada peor para un escritor que enfrentarse a la negativa de las editoriales para que su obra se haga pública.
Confieso que, en mi caso, estoy más que acostumbrado, porque me han dicho de todo. Desde:
–Lamentablente su trabajo no está de moda…
–Lo sentimos pero su nombre es poco literario…
Hasta:
–Discúlpenos, pero está usted muy feo…
Y lo peor es que tienen razón, pero ya iré hablando de mi fatídico nombre, de mi desfavorable aspecto, de la debilidad de mi memoria y de mis terribles padecimientos para leer y escribir.
Por el momento, lo importante es que ya nada me preocupa: sé que nunca alcanzaré las cumbres hemingwaianas aunque me ponga camisas hawaianas –o lo que esté de moda.
Y sin embargo estoy contento. Porque la maldad de mis escritos (estética, no ética, ya que “malo”, en este caso, no significa que voy por ahí zancadilleando abuelitas o dándole coscorrones a los niños: “malo” no significa malvado, sólo malo), decía que estoy contento porque la maldad de mis escritos me libra del esfuerzo por las cúspides y me gana el escribir lo que me dé la gana.
Compartiéndoles mi experiencia, he decidido creer que una de las razones de mi fracaso como literato se halla en que nunca encontré el consejo que necesitaba. Ése que los grandes campeones de boxeo obtenían oportunamente de sus padres, de sus entrenadores, o de algún campeón que balbuceaba algo coherente entre los fregadazos de una pelea y otra, eso que los llevaba a decir: todo se lo debo a mi manager. Ese consejo que debía dirigir mis metáforas y sinécdoques hacia el éxito.
A falta de ese encarrilamiento íntimo y personal, en los albores de mi carrera busqué con ahínco la guía de mis autores favoritos, no sólo en sus obras sino en todos sus comentarios, en sus entrevistas y hasta en sus confesiones íntimas… Pero no encontré nada… Sólo me esforcé para encontrarme con la primera tara: no podía recordar los nombres completos de los grandes maestros ni sus fechas de nacimiento, mucho menos el año de publicación de sus obras más sentidas… Se me revolvían los datos… Confundía con franca tontería los apellidos dobles y los títulos largos de sus obras, ya no digamos sus géneros y sus especies: La muerte de Abstemio Cruz, El jardín de los cerezos que se trifulcan, Los miserables de Notre Dame, Cien años de sobriedad, El tambor y los perros… Pero si lograba memorizarlos, entonces la disparidad de los consejos profesionales que cada uno brindaba me dejaba en pasmo: es mejor escribir de día, de noche, con horario, todos los días; buscando un mínimo de horas, de palabras, de cuartillas; sin límites de nada, a cualquier hora; hacerlo de pie, a mano, a máquina; con lápiz, borrando, sin borrones…
Para no errar y desbordando optimismo, seguí todas sus recomendaciones, tanto solas como combinadas. Si ellos eran grandes, debía bastar con seguirlos para que yo también lo fuera algún día. Entonces escribí cabeceando hasta que me sorprendieron las tristes luces de la madrugada. Pero también inicié al despuntar el alba, con los trazos de la almohada aún surcándome la cara. Escribí en el sopor del medio día. Escribí contabilizando cada palabra, palabra por palabra, hasta que fueron más importantes los números que las palabras. Escribí a una mano y sobre un pie, prácticamente de cojito pero no de cogito, sólo me faltó cerrar un ojo para parecer tullido. O idiota.
Pero fue un fracaso.
No se me ocurrió nada.
Seguí siendo igual de malo.
O peor.
La prueba es que ahora sólo puedo escribir sobre el hecho de no escribir, o sobre la experiencia de escribir mal.
Para acabar, el único consejo donde los grandes maestros coincidían radicaba en escribir y luego recortar… Incluso hasta cincuenta por ciento!…
Entonces me dije: recortar la mitad de un escrito?… Eso sí que no… Jamás de los jamases!… Podían ser mis autores favoritos, pero cortar un escrito?… Tuve que mandarlos al carajo!… Allá se fueron con sus apellidos dobles y sus títulos largos y enigmáticos!
Ya confesé que soy un escritor malo. Ahora debo aclarar que lo soy porque me cuesta mucho trabajo escribir y porque sufro con las letritas como algunos sufren con las letrinas. Desde siempre he pasado horas, sentado, sin que se me ocurra nada… NADA…. Ni una palabra… Sin importar cuánto me haya esforzado… La temida hoja en blanco sólo dejaba de serlo porque en ella aparecía mi nombre. Entonces: qué demonios iba a recortar si no había escrito más que mi nombre! Era lo único que podía eliminar!… Y, por estúpido que parezca, admito que estuve tentado ha hacerlo con tal de seguir a los maestros, pero borrar el nombre propio (mi propio nombre) equivalía al suicidio!… A matarme a mí mismo!…
Los maestros podían irse al diablo, yo no iría con ellos.
Y si se iban al cielo, pues tampoco habría de acompañarlos.
Ni modo.
Preferí ser malo.
[Publicado en el número de aniversario de la revista Altanoche, gracias al editor Victor Hugo Barrera, quien aceptó una módica suma por incluirlo junto con otros textos de esta columna].
Un escritor feo
por Anónimo Hernández
Por mucho que los escritores nos presentemos como personalidades intelectuales, ninguno escapa de la apreciación anatómica que el público hace de su persona. Algunos, de hecho, le sacan partido.
Lo curioso es que la creencia general asume que el escritor sucumbe al largo martirologio de la persecución estética por un disgusto hacia su entorno, al que considera casi despreciable o, cuando menos, indigno: feo. Sin embargo, bajo tan noble premisa, subyace el entendido de que tampoco él cae muy bien en su ambiente, y de que su escasa apostura es parte de ambos supuestos, pues al no ser bien aceptado (bien visto), él torna sus poéticos poderes contra su rededor. De esto se desprende que su afán deífico lo lleve, entre otras cosas, a crear la belleza que el destino le negó. A tomarse una revancha con dios. A ser un dios él mismo. A crear vida y belleza como dios. Que el papel sea un espejo que le muestre una realidad mejor que la de un espejo de cristal. Que las hojas le digan siempre: sí, tú eres el más bonito.
Sobra decir que los escritores guapos llevan la partida ganada de antemano. Si eres guapo, qué importa lo que escribas. Tú sólo teclea. No te faltarán editores. Ni lectores. Ni admiradores. Tu galanura saltará los obstáculos de las mesas de redacción, de la aprobación otorgada por el respetable, y conseguirá el apasionamiento de tus seguidores.
Continuemos por aquí. Aquéllos que logran que la belleza de su obra se tutee con la armonía con que la naturaleza los persignó, son doblemente aplaudidos. Si no me creen, pregúntenle a Kundera (quien según una amiga es el Sting de la literatura), o a Carlos Fuentes. O a Vargas Llosa, que chaparrón y todo, rompe corazones ya entrado en la tercera edad.
Quizá me equivoco, pero entonces me pregunto cuál es el propósito de las fotos que aparecen en las solapas y contraportadas de los libros? La respuesta inmediata es: para que la obra tome un rostro, porque el artífice detrás de ella tiene un aspecto. Pero no evito pensar que, al mirarlas, el lector no sólo personifica al etéreo creador de un título, también lo califica. Quiero decir, estéticamente, sin importar los géneros: según yo, el gusto visual no tiene sexo. De esta manera, aquellos escritores de naturaleza fea terminan desdibujados entre los claroscuros de una foto "artística". Y aquí no precisamos de ejemplos porque los feos somos la abrumadora mayoría, mientras que los apuestos sólo sonríen, click-click, y se acabó. La torcedura popular del conocido refrán cae de maravilla: La suerte de la fea… a la bonita le importa poco.
Claro que en gustos se rompen bocas, y de pronto pasamos a otra categoría, donde encontramos autores poco agraciados que se vuelven fetiches gracias al éxito. El reconocimiento y el dinero siempre les añaden un atractivo porque son un atractivo en sí mismos. Por citar sólo dos casos, aquí embonan Bukowski o José Agustín, tan feos como un ornitorrinco, pero que presumieron de una lista de espera para ir a la cama francamente envidiable.
En una gaveta especial se guardan los escritores cuya hermosura se convierte en un calvario, o cuando menos en una pesadumbre ingobernable. Como si los autores lindos –pero atormentados– dieran cualquier cosa con tal de ser feos!… Carajo, quién entiende a los escritores?… El caso más trillado es Rimbaud. En qué proporción su mito depende de su atractivo?… Nunca lo sabremos. Un atractivo que, por si fuera poco, sumado a su juventud, lo hacía parecer aún menor, casi un niño. Dado lo cual, la adoración que algunos de nuestros poetas le profesan raya de plano en la homosexualidad y hasta en la pedofilia, válgame dios!… Y aquí cabe apuntar que hay varios autores mexicanos en situaciones similares, pero cuya obra lamentablemente no alcanza para recordar sus nombres, sólo su foto.
Recapitulando, no nos resta más que admitir que los escritores, por mucho que ondeen las cualidades de su intelecto, no se libran del juicio que el lectorado hace de su anatomía. Que las fotos artísticas sólo hacen más evidente lo evidente: que algunos son tan feos que requieren de fotos artísticas. Que mientras se es bello, lo demás es lo de menos. Y que cuando se es bello y bueno, se puede tener todo o pasarse una temporada en el más incomprensible infierno.
Dicho todo lo anterior, sólo queda una categoría por cubrir: la mía. Esto es: cuando un escritor, aparte de feo, es malo. Oye, es que nadie te pela. Cuando llegas a las oficinas de redacción, hasta las recepcionistas te ponen cara de fuchi. Las secretarias y las computadoras se descomponen a tu paso. Los editores miran con disgusto tus textos y tu persona. Vaya, después no te contestan ni el teléfono!… Han de creer que la fealdad es contagiosa! Si no es así, por lo menos debes resultarles un ave de mal agüero: si lo feo no se contagia, quizá lo malo sí! Nadie se toma la molestia de corregirte un adjetivo, de sugerirte una estructura, de mencionarte el tratamiento que algún autor reconocido haya hecho de un tema similar.
Nada.
No existes.
Y piensas: si fuera guapo, estarían encantados tachando quizá un hipérbaton innecesario, alguna redundancia redundante. También piensas: si fuera bueno, no importaría que fuera feo, los tendría insistiendo por teléfono. Pero si eres feo y malo, estás en la base de la pirámide, donde las altas aspiraciones de la literatura también tienen un lado feo y malo, como tú, donde todos te pueden patear. Un lugar donde los escritores no somos hermanos, no señor, qué pasó. Pinche feo. Y malo.
Una categoría que, sin embargo, bien asimilada, ofrece múltiples beneficios. Es cierto que quedas fuera de la vida, pero te conviertes en un testigo que pasa siempre inadvertido; puedes verlo todo sin temor a ser visto. Y a diferencia de los monos, con quienes realmente no serías nadie, las mujeres se disputan tu rareza y tu exotismo. Las hembras hermosas e inaccesibles te miran tierno y vulnerable. Te prodigan sus dotes sin recelo. Hasta llegan a leer tus textos.
Poco a poco vas ganando lectores, incluso admiradores, ésos que ahora llaman fans y de los cuales hablaré en otra ocasión.
Pensándolo bien, sonará paradójico, pero esta categoría resulta tan generosa como su antónima: tu calificación siempre es unánime… El trato siempre es predecible… Nunca escribes por compromiso ni por agradar a nadie… No te supeditas a ninguna foto… Tus letras no dependen de tu aspecto…
En pocas palabras: eres malo, pero escribes lo que te viene en gana.
Lo curioso es que la creencia general asume que el escritor sucumbe al largo martirologio de la persecución estética por un disgusto hacia su entorno, al que considera casi despreciable o, cuando menos, indigno: feo. Sin embargo, bajo tan noble premisa, subyace el entendido de que tampoco él cae muy bien en su ambiente, y de que su escasa apostura es parte de ambos supuestos, pues al no ser bien aceptado (bien visto), él torna sus poéticos poderes contra su rededor. De esto se desprende que su afán deífico lo lleve, entre otras cosas, a crear la belleza que el destino le negó. A tomarse una revancha con dios. A ser un dios él mismo. A crear vida y belleza como dios. Que el papel sea un espejo que le muestre una realidad mejor que la de un espejo de cristal. Que las hojas le digan siempre: sí, tú eres el más bonito.
Sobra decir que los escritores guapos llevan la partida ganada de antemano. Si eres guapo, qué importa lo que escribas. Tú sólo teclea. No te faltarán editores. Ni lectores. Ni admiradores. Tu galanura saltará los obstáculos de las mesas de redacción, de la aprobación otorgada por el respetable, y conseguirá el apasionamiento de tus seguidores.
Continuemos por aquí. Aquéllos que logran que la belleza de su obra se tutee con la armonía con que la naturaleza los persignó, son doblemente aplaudidos. Si no me creen, pregúntenle a Kundera (quien según una amiga es el Sting de la literatura), o a Carlos Fuentes. O a Vargas Llosa, que chaparrón y todo, rompe corazones ya entrado en la tercera edad.
Quizá me equivoco, pero entonces me pregunto cuál es el propósito de las fotos que aparecen en las solapas y contraportadas de los libros? La respuesta inmediata es: para que la obra tome un rostro, porque el artífice detrás de ella tiene un aspecto. Pero no evito pensar que, al mirarlas, el lector no sólo personifica al etéreo creador de un título, también lo califica. Quiero decir, estéticamente, sin importar los géneros: según yo, el gusto visual no tiene sexo. De esta manera, aquellos escritores de naturaleza fea terminan desdibujados entre los claroscuros de una foto "artística". Y aquí no precisamos de ejemplos porque los feos somos la abrumadora mayoría, mientras que los apuestos sólo sonríen, click-click, y se acabó. La torcedura popular del conocido refrán cae de maravilla: La suerte de la fea… a la bonita le importa poco.
Claro que en gustos se rompen bocas, y de pronto pasamos a otra categoría, donde encontramos autores poco agraciados que se vuelven fetiches gracias al éxito. El reconocimiento y el dinero siempre les añaden un atractivo porque son un atractivo en sí mismos. Por citar sólo dos casos, aquí embonan Bukowski o José Agustín, tan feos como un ornitorrinco, pero que presumieron de una lista de espera para ir a la cama francamente envidiable.
En una gaveta especial se guardan los escritores cuya hermosura se convierte en un calvario, o cuando menos en una pesadumbre ingobernable. Como si los autores lindos –pero atormentados– dieran cualquier cosa con tal de ser feos!… Carajo, quién entiende a los escritores?… El caso más trillado es Rimbaud. En qué proporción su mito depende de su atractivo?… Nunca lo sabremos. Un atractivo que, por si fuera poco, sumado a su juventud, lo hacía parecer aún menor, casi un niño. Dado lo cual, la adoración que algunos de nuestros poetas le profesan raya de plano en la homosexualidad y hasta en la pedofilia, válgame dios!… Y aquí cabe apuntar que hay varios autores mexicanos en situaciones similares, pero cuya obra lamentablemente no alcanza para recordar sus nombres, sólo su foto.
Recapitulando, no nos resta más que admitir que los escritores, por mucho que ondeen las cualidades de su intelecto, no se libran del juicio que el lectorado hace de su anatomía. Que las fotos artísticas sólo hacen más evidente lo evidente: que algunos son tan feos que requieren de fotos artísticas. Que mientras se es bello, lo demás es lo de menos. Y que cuando se es bello y bueno, se puede tener todo o pasarse una temporada en el más incomprensible infierno.
Dicho todo lo anterior, sólo queda una categoría por cubrir: la mía. Esto es: cuando un escritor, aparte de feo, es malo. Oye, es que nadie te pela. Cuando llegas a las oficinas de redacción, hasta las recepcionistas te ponen cara de fuchi. Las secretarias y las computadoras se descomponen a tu paso. Los editores miran con disgusto tus textos y tu persona. Vaya, después no te contestan ni el teléfono!… Han de creer que la fealdad es contagiosa! Si no es así, por lo menos debes resultarles un ave de mal agüero: si lo feo no se contagia, quizá lo malo sí! Nadie se toma la molestia de corregirte un adjetivo, de sugerirte una estructura, de mencionarte el tratamiento que algún autor reconocido haya hecho de un tema similar.
Nada.
No existes.
Y piensas: si fuera guapo, estarían encantados tachando quizá un hipérbaton innecesario, alguna redundancia redundante. También piensas: si fuera bueno, no importaría que fuera feo, los tendría insistiendo por teléfono. Pero si eres feo y malo, estás en la base de la pirámide, donde las altas aspiraciones de la literatura también tienen un lado feo y malo, como tú, donde todos te pueden patear. Un lugar donde los escritores no somos hermanos, no señor, qué pasó. Pinche feo. Y malo.
Una categoría que, sin embargo, bien asimilada, ofrece múltiples beneficios. Es cierto que quedas fuera de la vida, pero te conviertes en un testigo que pasa siempre inadvertido; puedes verlo todo sin temor a ser visto. Y a diferencia de los monos, con quienes realmente no serías nadie, las mujeres se disputan tu rareza y tu exotismo. Las hembras hermosas e inaccesibles te miran tierno y vulnerable. Te prodigan sus dotes sin recelo. Hasta llegan a leer tus textos.
Poco a poco vas ganando lectores, incluso admiradores, ésos que ahora llaman fans y de los cuales hablaré en otra ocasión.
Pensándolo bien, sonará paradójico, pero esta categoría resulta tan generosa como su antónima: tu calificación siempre es unánime… El trato siempre es predecible… Nunca escribes por compromiso ni por agradar a nadie… No te supeditas a ninguna foto… Tus letras no dependen de tu aspecto…
En pocas palabras: eres malo, pero escribes lo que te viene en gana.
[Publicado en la revista de la UABC, gracias a su editora Rosa Espinoza, quien aceptó una módica suma por incluirlo en sus páginas].
10/11/2008
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