22 dic. 2009

FELICES FIESTAS!

Para despedir el año aquí les comparto una de mis canciones navideñas favoritas: Feliz Navidad, Orquesta Mondragón, Rock and Roll Circus


5 nov. 2009

A LAS PUERTAS DE SU CASA!

Aquí mayor información sobre La vida es una telenovela.


20 oct. 2009

APUNTES DE UN ESCRITOR MALO - La Presentación!


La editorial Nitro/Press tiene el gran placer de invitarlos a la exquisita presentación del libro Apuntes de un escritor malo:
* Jueves 29 de Octubre, 8:00-10:30 pm, en el majestuoso ExTeresa Arte Actual, calle Lic. Verdad # 8, a un costado del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana (ver croquis abajo)
* Presentan: Mauricio Bares y los enormes Alberto Chimal y Bernardo Fernández (BEF)
* Música ambiental: Peach Melba
* Visuales Nitro/Press

Portada

Contraportada
Diseño: Lilia Barajas

El libro reúne versiones mejoradas de lo más granado del blog de Anónimo Hernández, así como joyas inéditas que harán las delicias del respetable, como Escribator 3, Un escritor y su hijo 2, Malas influenzas, Malnacido, Pesadilla en Sesame Street, Un escritor con recursos, así como comentarios de sus lectores más queridos.

UBICACIÓN

3 oct. 2009

LA VIDA ES UNA TELENOVELA - The Book!

Presentación en la Feria del Libro de Saltillo, Museo del Desierto, el 7 de octubre, 17 hrs.
Y en el DF, en la Feria del Libro del Zócalo, el 13 de octubre, 18 hrs, con Alejandra Peart (editora), Daniel Espartaco y Mauricio Bares


[Visita el blog de este libro para ver imágenes y fragmentos de los relatos]



[Este es un cuento escrito por Anónimo Hernández en 1992 y una imagen de la historieta que Rick Camacho realizó para otro relato; ambos se incluyen en el libro]

Eso no se le hace a nadie

Teníamos alquilada por veinticuatro horas una habitación del Hotel Morales, que está frente a la estación del metro Lázaro Cárdenas, pero sólo habíamos permanecido tres, lo que se tarda uno en hacerlo bien, así que le pedí a mi novia que se quedara toda la noche conmigo para reposar y hacer el amor de nuevo sin ninguna presión de tiempo, siendo viernes no había preocupación por trabajar al día siguiente, según yo ése era el plan, aunque nunca lo discutimos porque era la primera vez que íbamos juntos a un hotel, pero de pronto ella insistió en que debía marcharse para no alimentar la suspicacia de su madre y yo naturalmente traté de persuadirla aprovechando el calorcito que dejaron nuestros cuerpos sobre la cama, usted sabe teniente que bastan algunas frases vaporosas y una rodilla audaz para convencer a nuestra pareja, no obstante cuando yo creí que había logrado mi objetivo escuché con desconcierto que ella se quedaría sólo un rato para llegar a su casa en buena hora y evitarse toda clase de problemas familiares, así que en ese momento, por obra de mi propia paranoia, vi con claridad la cara de su madre asomándose por detrás de su hombro y me imaginé a todos sus vecinos señalándola con el dedo como si divertirse y gozar de su propio cuerpo fuera algo que los demás no pudieran soportar, por eso el termómetro que volvía a ascender en mi pareja por culpa de mi estúpida rodilla audaz cesó de emocionarme sopesando sobre el colchón el cuerpo de su santificada madre (la madre de mi novia, teniente, no la de usted), el cuerpo de su madre interponiéndose entre mi novia y yo, lo peor de todo fue que mi sexualidad decayó tan estrepitosamente al imaginarme dándole gozo a la respetable señora, quien, a decir verdad, ya no levanta a los hombres ni las dudas, tal vez el poder de la menopausia sea un origen de los múltiples problemas de nuestra patria, teniente, porque cuando las hijas despiertan al sexo, sus madres se despiden rencorosas de él, deberíamos liberar a las muchachas de las envidias maternas, creo yo. En fin, dentro de tales circunstancias me pareció lo más natural levantarme e invitar a mi pareja a retirarnos, pero no sé qué ideas se le metieron a ella en la cabeza que entonces me jaló del brazo e intentó tenderme de nuevo sobre el colchón en una ridícula escena de estira y afloja, estira y afloja, estira y afloja, hasta que cedió y contempló cómo iba yo vistiéndome metódicamente al tiempo que le explicaba que lo mejor era irnos y no forzar las cosas si estaba bien claro que su mami podía más que yo, ¿ve usted alguna grosería en eso?, pero creo que debí quedarme callado, ahora veo que mis palabras parecieron groseras pero le juré a ella cuando vino a plantarme una bofetada y yo le dije que no volviera a hacerlo y ella volvió a hacerlo y lo hubiera seguido haciendo si no fue porque la zangoloteé por los hombros y la arrojé a la cama, le juré y le juro a usted ahora que mis palabras sólo decían lo que decían, porque aunque soy Anónimo Hernández, el modesto escritor de novelitas calientes que se venden en puestos de periódicos, y aunque sé que en nuestra sociedad ésa más que una profesión es una cochinada, a mí me parece inclusive más limpia que la carrera de abogado o policía, sin agraviar a ningún presente, yo al menos no recibo órdenes de nadie y como profesionista del lenguaje puedo asegurarle que mis palabras sólo decían lo que decían.
Pero además qué era lo que ella perdía si me marchaba, por qué se me colgaba del pescuezo y me besaba y me despeinaba cada vez que la gomina y mi peine trataban de socializar mi cabello, por qué su actitud había girado desde la agresión hasta la complacencia, pues ahora me pedía que me quedara para que le hiciera todo lo que yo quisiera. A lo mejor en verdad hacía falta que su madre se plantara entre nosotros para imponer algún orden, aunque fuera el suyo, porque nosotros no llegábamos a ningún acuerdo, si yo me calmaba para explicarle que ya no conseguiría entusiasmo orgánico alguno ella no me escuchaba y chillaba hasta hacerme encabronar y entonces yo volvía a gritarle y ella a pedirme que no le hablara así y yo le decía que cómo así y ella decía que así y yo le sugería que no fuera pendeja y ella chillaba y entonces ya no hablábamos de absolutamente nada. Habrá sido que ella se había animado por segunda vez y no quería quedarse con las ganas, no sé, el caso es que después de tan apasionado ajetreo acepté permanecer con ella y propuse una ducha para refrescar los hechos, que ella se adelantara y que yo la alcanzaría después de orinar, así que cuando escuché el chorro de la regadera volví a peinarme y abandoné la habitación en silencio, claro, teniente, que muchachas como ella siempre nos obligan a llevarlas a hoteles que por lo menos cuenten con elevador, sin importar que en este caso tal servicio no fuese de primera calidad y durante los trayectos las parejas se cuchichearan y no se atrevieran a mirarse unas a otras y donde yo por supuesto era el único elemento extraño que podía mirarlos a todos y ser mirado con mala fe como si me faltara un huevo o como si hubiera alquilado un cuarto para hacer lo mismo que ellos, pero solo, lo importante fue que perdí mucho tiempo en bajar y esquivar al administrador que insolente me preguntó si ya tan pronto y me exigió firmar mi salida y me preguntó por mi esposa, ya sabe teniente que estas malditas siempre exigen que firmemos como si estuviéramos casados, pero luego de aclarar al administrador que no precisaba de mi firma puesto que mi mujer aún estaba en el cuarto y que yo sólo iba por cigarros, salí del hotel y caminé hacia la parada del camión más próxima sin dar ni veinte pasos cuando escuché a mis espaldas los chilliditos que yo tan bien conocía y sin tener tiempo a reaccionar fui jaloneado por las ropas, atenazado por el pescuezo y regañado a la vista de toda la gente que a esa hora salía de sus trabajos para gozar de la última luz natural y del espectáculo que esta loca ofrecía forcejeando en pleno Eje Central con la blusa medio desabotonada y la falda chueca y sin un zapato y con la piel y el pelo mojados pidiéndome que regresara con ella, pero yo caminaba ahora de espaldas como quien dice arrastrándola y planeando mis movimientos para zafarme y correr hacia la esquina sin que ningún paladín justiciero de los que me miraban con desprecio se entrometiera y sin que los otros, mayormente amas de casa que la miraban a ella como a una putilla escandalosa se atrevieran a recriminarle algo, pero al llegar a la esquina, lo que sus patrulleros vieron fue un caso poco común y por ello descendieron de inmediato y se apoderaron de mí con la presteza y espectacularidad que les permitieron sus abundantes panzas y me preguntaron que qué. Me limité a contestar que se trataba de un asunto íntimo, que la señorita era mi novia y que nosotros podíamos solucionar nuestros desarreglos, como podía verse, no necesitábamos de autoridad materna ni paterna ni policiaca para ello, entonces me soltaron y hasta acomodaron mis ropas, pero cuando le preguntaron a ella su versión de los hechos la muy cabrona respondió que yo había tratado de abusar de ella llevándola con mentiras a un cuarto de hotel. Por supuesto que ninguno de los testigos se puso de mi parte y únicamente dos paladines se acercaron a reforzar la versión femenina de los hechos hasta en detalles que nunca pudieron haber presenciado, de manera que los patrulleros me cayeron de nuevo sin pensar en la lógica del relato y dejándola a ella en libertad. Lo peor de todo fue que al abandonar el lugar pasamos frente al resplandeciente letrero del Hotel Morales y pensé que el administrador tampoco había presenciado algo a mi favor y que de cualquier manera no podía esperarse nada de alguien cuya calidad moral se mide al comentar si ya tan pronto al momento de que un huésped sale por cigarros o por lo que sea. Pensé que el mundo estaba loco y lo dije en voz alta, el mundo está loco, aunque para los patrulleros el único loco era yo, nada quise añadir ni pensar ya que mi cabeza zumbaba desde antes de subir a la patrulla cuando junté el aire necesario para decirle a mi novia, ex novia, que una cosa como ésa no se le hace a nadie, pero la muy perra ni ese gusto me concedió, se las ingenió para acercarse a la ventanilla y susurrarme al oído algo que no pude creer: para que aprendas, mamón, que eso no se le hace a nadie.

21 ago. 2009

UN ESCRITOR INSÓLITO

por Mauricio Bares 
[Confesión en Revista Revés de Morelia, no. 64, 2009]

El hombre más feo del mundo
Cuando alguien habla de un escritor, nos formamos una imagen inmediata: ropa casual, sacos de pana color miel, zapatos de gamuza, pelo largo cuidadosamente despeinado. Un ser que lee un libro en francés en una terraza de la Condesa. Pero si alguien tratara de esbozar una imagen de mi persona a partir de mi obra, creo que me acercaría más a esos pobres personajes balconeados en cada número del Semanario de lo Insólito: un fenómeno oculto en una buhardilla por temor a ser visto.

¡Tiene pelos en las manos!
El hecho de aprender a escribir y a editar al mismo tiempo, ha contribuido a que mi trabajo no se sujete a los intereses de nadie. Así, en vez de balancearme con los vaivenes de la novela histórica, las biografías, o cualquier otro capricho editorial y mercadológico, le he puesto un ojo (sólo uno) a temas como la nota roja, el amarillismo, el sensacionalismo, y otras curiosidades de nuestra cultura que son desdeñadas por el escritor que viste con sacos color miel, zapatos de gamuza, etcétera.
Entre otras observaciones puedo decir que no hay en todo el mundo algo que se asemeje al Alarma!, pese a que nosotros crezcamos tan marcados por esta publicación, que creamos que cada país tiene el suyo. No lo hay en España, cuya cultura mamamos (sólo la cultura). No lo hay en Latinoamérica, con un mestizaje similar al nuestro. No lo hay en los Estados Unidos, país también mestizo y altamente criminal, a menos de que incluyamos su cine y su televisión.
Ese gusto por la muerte mostrada de manera brutal, amigos y amigas, sólo se da aquí. Y me parece que quien quiera entender un poco a nuestra cultura, no puede pasar por alto un dato como éste.

One of us
A diferencia del Alarma!, el Semanario de lo Insólito se nutre de refritos publicados en revistas de sensacionalismo anglosajón: exalta fenómenos físicos y sobrenaturales: ovnis, enanos, marcianos, gigantes, hombres-lobo; es decir, excepciones, seres expulsados del paraíso y la publicidad, quienes por fin encuentran un escaparate a la fama entre sus iguales gracias a las páginas a todo color del Insólito. Estas publicaciones reducen la realidad ampliando sus defectos hasta lo grotesco. Y en franca diferencia con el Alarma!, nunca se regodean con el espectáculo de la muerte violenta.
El lector interesado puede consultar el artículo “Violencia ancestral”, publicado en el suplemento “El Ángel” del periódico Reforma, en http://posthumano.blogspot.com/2009/01/alarma-canibalismo-cinco-pesos.html, donde ahondo de manera seria y fundamentada sobre estos puntos, no como aquí.


¡Escribe con los pies!
No cabe duda que dentro del ambiente solemne y pomposo de las Letras mi trabajo equivale al de un freak digno del Insólito. Algunos títulos hablan por sí solos: La vida es una telenovela, Ya no quiero ser mexicano, Apuntes de un escritor malo. Pero el más significativo en el tema que nos ocupa es A sangre fría, un título que ni siquiera se me ocurrió a mí, que me pareció muy atinado, pero al que siempre le puse un pero: no era original. Se trató de un proyecto editorial que costeé y dirigí con la sola intención de experimentar con los temas expuestos arriba, en un tiempo tan lejano como 1993, justo después de regresar a México tras una estancia en Europa de cuatro años. Estamos hablando de un año después de la “celebración” del V Centenario de la Conquista –con su reiteración de clichés y estereotipos nacionalistas– y de un año antes del asesinato de Colosio, del surgimiento del zapatismo, y la reavivación de lo que entonces llamamos neo-porfirismo. En suma, un momento que nos brindó abundante material temático.
Al paso de todo este tiempo, creo que el fundamento de A sangre fría puede formularse en dos resoluciones. Primero: si los medios de comunicación mentían fingiendo decir la verdad, decidí que era igualmente válido publicar verdaderas mentiras como si fueran reales. Segundo: la intención era aproximarnos por esa vía a la verdad, o cuando menos, a algo que se le pareciera más.
El amarillismo era el tipo de periodismo que merecía nuestro tiempo. Por lo tanto, me pareció que el formato más adecuado era el tabloide, y que en sus páginas, además del debido homenaje al Alarma! y al Insólito, se parodiaran las secciones más recurridas de la prensa nacional: la “3” del Ovaciones, los horóscopos, el “rincón sentimental” del Contenido, entre otros.
Editado totalmente en mi casa, el mecanismo era simple. Cada mediodía me encargaba de comprar dos o tres publicaciones que lucieran sustanciales. Las apilaba en una mesita de centro. Y por la tarde, cuando aparecía el equipo editorial con algunas bebidas espirituosas, seleccionábamos las notas que podían proveernos algo: un encabezado, un pie de foto, un nombre peculiar, una imagen, una nota entera o un fragmento. Inmediatamente, la maquinaria creativa comenzaba a trazar vínculos, a imaginar colaboraciones y crear nuestro Frankenstein. De esta manera, manipulamos con descaro fotos extraídas de otros medios, alteramos notas y, cuando la realidad no ofrecía lo suficiente, las inventamos. Cut-and-paste, pero sin surrealismo. Porque la idea no sólo se limitaba a descontextualizar el material informativo, sino a ubicarlo dentro de un marco donde se apreciaran con mayor claridad los significados que los medios originales pretendían ocultar. Ahora lo puedo enunciar, pero en ese entonces simplemente lo hacíamos y ya, todo muy intuitivo. El resultado puso en evidencia a muchos de los “usos y costumbres” resguardados por la sociedad, a personajes de la política, el arte y el deporte, lo mismo que a las demás publicaciones.
Más aún: aparecer en el primer número con la foto de un feto seccionado longitudinalmente, nos cerró las puertas de casi todas las librerías y de las mesas de redacción, pero nos ganó el apoyo incondicional de unos cuantos libreros y periodistas, por lo que puede decirse que A sangre fría no se contentó con evidenciar a los mencionados “usos y costumbres” dentro de sus páginas, sino que también lo hizo afuera.
En un nivel personal, me brindó la inigualable oportunidad de practicar varios géneros periodísticos, de traducir, de ejercitar diferentes voces a través de varios seudónimos, de poner en público las crónicas sobre mi estancia en Ámsterdam y mi regreso a México, y de darle vida a Anónimo Hernández, mi personaje favorito, en su gustada columna El Coyote Cojo.
El chistecito terminó costándome la relación de pareja con una inglesa, me dejó en bancarrota, pero también me creó una fama inusitada: un relumbre digno del Insólito.
Tanto que debí de haber firmado este texto como Insólito Hernández.

9 may. 2009

UN ESCRITOR Y SU HIJO

La gente cree que la exigencia profesional de un escritor se corresponde en una medida justa con sus retribuciones económicas. Pero está muy equivocada. Y cuando un escritor es malo, resulta aún peor.
Hay que pagar la comida, el techo, la ropa. Las palabras lo dicen todo, porque a diferencia de otros profesionales (incluso del hampa o de la política), una expresión como “hacer el súper” en mi caso se limita a “conseguir qué comer”; “comprar una casa” se reduce a “pagar el techo”; e “ir de shopping” se constriñe a “buscar qué ponerme”.
El caso es que ayer por la mañana agarré a mi hijo, un bodoque inquieto y risueño, y me lo llevé a renegociar mis deudas con la arrendadora de mi covacha. Ni siquiera me cuestioné si estaba usando al niño para apelar al chantaje sentimental: ni modo, pensé, tú también comes, así que a chambear con tu papá. Si otros artistas utilizan changuitos amaestrados, yo al menos soy escritor… Si ellos se aprovechan de que la música seduce a humanos y a animales, yo vivo de transmitir palabras, que sólo le incumben a otro humano.
Ya en el camino me topé con una mujer de acento extranjero que le decía a su retoño:
–Ése es un Coche. Y ése es un Árbol. Mira la Fuente, tiene Agua, allí va un Pájaro…
La escena me estrujó el alma por varios motivos.
Primero me estremeció la ternura propia de la enseñanza natural, instintiva: el paso del conocimiento milenario de una generación a otra, esa transmisión que ha asegurado nuestra supervivencia en el mundo. El resguardo de algo tan valioso como el lenguaje, el vocabulario, la palabra. Todo eso en un acto tan banal que ahora pasamos por alto y que hasta puede resultarnos chocante por sí mismo, aún más viniendo de una fuereña que hablaba mejor que nosotros, y que por lo mismo sonaba raro, mal…
Segundo, me hizo saber que yo no pasaba tanto tiempo con mi propio hijo.
Tercero, la imagen de esa mujer nombrando al mundo, objeto por objeto, me hizo recordar aquel cliché de que los escritores reinventan, o cuando menos renombran, al mundo. Y terminan creando otro. Un mundo de ellos, sí, pero un mundo para nosotros, para todos.
En pocas palabras, me sentí hecho pedazos y estuve a punto de regresar a mi casa –que es su casa– a llorar.
Como pude, me rehice y proseguí mi plan. Para ello hay que realizar un largo viaje a pie por el centro de la ciudad, usar el metro, y todavía caminar un trecho por una zona arbolada y vistosa que parece de otro país.
Cargaba a mi hijo en brazos, en silencio, dadas las prisas. Llegamos al enorme edificio de la inmobiliaria con un esquema para renegociar nuestra deuda, la corredora encargada de nuestro expediente me conocía a la perfección… Pero antes de llegar a ella debíamos pasar por el filtro de las recepcionistas. Esto me vino a la memoria cuando vi que nos atendía una nueva empleada en el puesto, misma que me hizo pasar por todo el ritual como si fuera un contratante nuevo para la empresa:
–A qué viene?
–Lo que pasa es que soy escritor y…
–Profesión?
–Le acabo de decir que soy escritor…
–Cómo que escritor?… Eso no aparece en las opciones de este programa… –reclamó presionando varias teclas de su computadora, sin valorar que llevara a un niño en brazos.
A ver, intenten explicar a una empleada lo que es un escritor, su importancia histórica, antropológica, su propósito de transmitir conocimiento a lo largo de milenios, preservando y cultivando y desarrollando algo vital para la especie –incluida ella–, como el lenguaje, sin importar que la pobre no juntara dos mil palabras. Haciendo cálculos estrictos, mi hijo habría de rebasarla en un lapso relativamente corto, si antes no nos quedábamos sin techo por culpa de ella.
En fin, una vez que pude dejarla atrás, conseguí abonar un descuento a mi deuda con el fin de postergar el resto. Abandonamos las ostentosas oficinas de la inmobiliaria, la cual, dicho sea de paso, se enriquece ofreciendo una vivienda indigna a una muchedumbre de pobres diablos como yo. Nuestra miseria es su riqueza.
Lo importante fue que, saliendo de allí, pude ejercer el don hasta entonces negado: nombrar el mundo. Y no sólo para mí, o para unas hojas que nunca encontrarían lectores, sino para mi hijo. Lo hice para sentir ese placer básico de la comunicación. Y pese a la opinión de los profesionales del ramo, no me limité a “comunicar”, sino a heredar conocimiento. Al enseñar fuente-agua-pájaro, la mujer extranjera estuvo rebasando, sin saberlo, las meras palabras aisladas: enseñaba un sistema. Algo más incluyente, más significativo, global. Algo tan importante como los instintos, pues asegura la supervivencia de la especie.
Así que al llegar al Zócalo y caminar rumbo a la Alameda, de vuelta en nuestro territorio, ansioso, comencé con mi nene:
–Mira, estos puestos ambulantes!… Qué linda piratería! Aquí hay montones de películas provenientes de todo el mundo, muchas sin estrenarse siquiera; y paquetes con telenovelas enteras –me pregunté si debía enseñarle la palabra “telenovela”, tan barata e injusta con los verdaderos novelistas, pero como pronto se habría de insertar irremediablemente a su vocabulario, consentí–; y mira aquí, esto se llama pornografía, Las colegialas por la puerta trasera, dice en inglés, aunque no son colegialas de verdad, hijo, sino señoras disfrazadas de muchachitas. Pero si quisieras menores de edad, aquí está Minifaldas y colitas de caballo, traducción aceptable de Ponytails and miniskirts, junto a Dumbo y Baby Einstein. No te gustan? Mira a esta niña que está revisando las portadas como si nada…
–Señor, si no va a comprar…
–Ya, ya, que las compre la niña, yo sólo estoy educando a mi hijo…
Con el sol cayendo a plomo, nos alejamos rumbo al Eje Central. Sentí que me faltaba el aire, y sin aire no hay palabras, al menos para hablar. El brazo izquierdo, asignado para cargar al niño dado que soy diestro, se me había adormecido, así que realicé el cambio pertinente y proseguí con mi función:
–Vamos por acá…
Entonces, junto a un puesto de tortas, vi a un pelón ofreciendo unos sospechosos papelitos, muy disimuladamente, según él. Le dije a mi primogénito: ese señor pelón que acabamos de pasar junto a las tortas está disimulando que no vende papelitos con coca, muy baratos. Hace todo lo posible para disimular que eso es lo único que no está haciendo, para que todos nos enteremos de que está haciéndolo… A fin de cuentas casi no es coca, sino anfetaminas molidas, principalmente, así que el precio está bien, quizá un poco elevado. No importa: mientras disimule bien, es decir, mal, parecerá que no está haciendo lo que no disimula que hace… Bueno, ya pronto entenderás… Te pongo un ejemplo más sencillo: esas cajas grandotas sólo pueden ser televisiones de contrabando, por el tamaño. Aquellos señores en la esquina que ni las voltean a ver, han de ser rusos, o algo así, los otros son asiáticos, y los demás son tus paisanos… Y allá está la patrulla, es la policía, que se encarga de que no suceda nada de lo que está sucediendo…
Me detuve para explicarle lo que eran las fritangas, pero el mediodía estaba a punto de freírnos, de convertirnos en fritangas con pelos, como las que vendían allí. Por instinto busqué una sombra, perseguido por una voz que me inquiría si quería mi sope sencillo o con pollo. El panorama se tornaba borroso y me pregunté si ése no era el modo más adecuado para enfocar mis alrededores. Caminé asegurando a mi hijo entre los brazos y le dije:
–En fin, compadrito, ya no puedo más, éste es el Eje Central, que cuando yo tenía tu edad se llamaba Niño Perdido…
Entonces me cuidé de no dar un paso en falso entre la multitud y caer en el arroyo vehicular, con el riesgo de que se convirtiera en arrollo vehicular. Mi hijo lo miraba todo con suma curiosidad, pero con un gesto de indiferencia, o de familiaridad. Como si esa jungla desquiciada no fuera tan difícil de entender, o como si la comprendiera de antemano y sólo estuviera reconociendo el terreno.
Al pie de la Torre Latinoamericana, al borde del colapso, balbuceé:
–Yo nací de aquel lado, yendo tres calles sobre Victoria, pasando el Barrio Chino. Pero ese pastelote de mármol que ves por allá, apréndetelo bien, es el Palacio de Bellas Artes, a donde sólo entran los escritores más importantes del país…


[y aquí un video para celebrar el Día del Niño y el Día de la Madre]:

25 mar. 2009

ESCRIBATOR 2

Escribator va al taller

por Anónimo Hernández

Nunca me creí digno de un taller literario; me costaba atribuirme el derecho de quitarle el tiempo a los demás…
Pero siempre hay una primera vez.
Ennio, un amigo, después de leer Escribator, puso un gesto de desconcierto y me dijo:
–Por qué no lo llevas a un taller. Puede que no sea lo mejor, pero al menos te dirán algo.
Mientras Ennio anotaba los datos, me hizo algunas advertencias respecto a los usos y costumbres de los talleres, pero no le presté mucha atención. Días después, me lancé hacia el taller con la esperanza de su vigencia.
Tuve que cruzar toda la ciudad y, pese a mis esfuerzos, llegué cuando la sesión había comenzado. Para mi sorpresa, el ambiente era menos solemne que lo que creí, quizá porque afuera reinaba una soleada tarde de primavera. Sin embargo algo no cuadraba con el optimismo de mis expectativas, no supe precisar qué.
En ese momento, una muchacha con aspecto de oficinista se presentaba ante los asistentes y explicaba que “siempre había querido escribir”, que “tenía montones de cuadernos con cosas que escribió cuando era niña”, y otros argumentos por el estilo. Los demás asistentes no dudaban en mostrar que habían escuchado ese tipo explicaciones muchas veces:
–Y ahora que el cáncer parecía estar consumiéndome pensé que no quería morir sin intentarlo.
–Por eso nos traes tu primer texto –dijo el coordinador.
–Sí, maestro. Le ha gustado mucho a mi familia y a mis amigos –dijo la inocente esbozando una sonrisa que contrastó con la cara de fuchi que pusieron los demás. Según Ennio, ese taller se caracterizaba por atraer a jóvenes promesas que ya contaban con algunos triunfos.
El coordinador, que parecía recién bañado después de tres meses sin hacerlo, preguntó si alguien más leería en la sesión. Los participantes, quienes a su vez parecían sobrinos del coordinador, voltearon hacia cualquier lado como si no los involucrara la moción. Ansioso, levanté la mano y me presenté con las frases que se han convertido en mi tarjeta de presentación:
–Hola, mi nombre es Anónimo Hernández, soy un escritor malo. No le temo a las rimas ni al lugar común. Es más, disfruto con las cacofonías y la reiteración.
Una sonrisilla sarcástica se dibujó en el rostro de las joyas en bruto.
De la lectura de la muchacha oficinista no retuve gran cosa porque mi biblio-narcolepsia se agudiza al “escuchar” literatura. Hice un esfuerzo por mantener los párpados abiertos y disimular los bostezos. Lo que sí recuerdo es que el texto tenía pasajes buenos, sinceros, por lo que no me pareció justo el maltrato que recibió durante los comentarios. “Cuando la muerte te ronda, refresca la fiebre de tu cuerpo enfermo, te alivia”. Nadie reparó en el oxímoron, por ejemplo, el cual me recordó a: “Tápame con tu rebozo, Llorona, porque me muero de frío”. En cambio, la criticaron como si fuera una escritora curtida y experta. Por favor, la joven venía saliendo de un tratamiento contra el cáncer. Si aquello hubiera sido futbol americano, el réferi los habría castigado por “rudeza innecesaria”, pero aquí el coordinador apenas se mesó las barbas. La chica parecía a punto de recoger sus cosas y partir llorando. Para ser francos, yo había leído infinidad de cosas peores en las revistas y suplementos que Escribator había destruido en su momento. Lo cierto fue que no me atreví a mencionarlo porque ahora seguía mi turno.
Intenté escapar, no pude.
Leí mi texto y diré, para conservar el ambiente mortuorio, que se hizo un silencio sepulcral. Cada integrante de la mesa parecía mirar por la ventana de su propio autobús. Entendí que la tarde soleada no coincidía con el ambiente sombrío del convivio. Hasta que por fin un jovencito, con el peinado cuidadosamente despeinado, opinó:
–No tengo nada que decir. Esta historia es un disparate, resulta totalmente increíble…
–Pero la literatura debe hablar sobre lo inusual… –me apresuré a intervenir.
Los participantes pusieron ese gesto de los alumnos que se quejan con su maestra de primaria y dijeron a coro:
–Está defendiendo su texto…!
En realidad no estaba defendiendo nada, de hecho nunca pensé que me estuvieran atacando. Pero el maestro me reconvino arqueando un poco las cejas. Entonces otro mozuelo, enfundado en un pesado abrigo negro, escupió:
–Es que todo está mal, desde el título … Por qué debe llamarse Escribator?
Entonces recordé que Ennio ya me había prevenido: “Se atacan como perros con el pretexto de que el aspirante a escritor debe aprender a enfrentar las críticas”, pero en su momento creí que era sólo una forma de decirlo, no algo literal.
Tímido, apenas me atreví a deslizar:
–Alguna sugerencia?
El muchacho me castigó con la mirada por haberlo interrumpido, pero después se animó a proponer:
–No sé, podría llamarse Robot Corrector de Estilo
–Algo así como Correktor…?
–No, no! Por qué en inglés! Algo en español: Robot Corrector Literario, no sé…
–Sí, el nombrecito debe cambiar. Algo en español va por buen camino –dijo el Coordinator.
Otro despeinado metió su cuchara: “Hay algo que me salta…”. Pues ojalá no sea una pierna, pensé.
–Que vengan productores de Hollywood a buscar a un desconocido, resulta inadmisible –añadió.
Quise aclarar que todo había sido cierto, pero entonces comenzaron a tundirme entre todos.
–Sí, tampoco es creíble que un superhéroe se preocupe por la literatura…
–No sé qué quisiste hacer, pero esto no es un cuento, no hay un conflicto…
–No?
–No, porque tampoco hay un antagonista definido…
Según yo, sí. Pero sólo dije:
–No?
La frustración me hizo creer que Escribator, quien yacía plácidamente en las páginas frente a mí, echaría a andar sus mecanismos para levantarse y defenderme. Pero otra andanada de kryptonita terminó por aplacarlo:
–Explica: si el robot te destruyó en tu historia, cómo es que estás aquí.
Es verdad, cómo es que estoy aquí, pensé. No sirvo para esto.
–Y por qué eso de “afamada librería”? Por qué no decir el nombre? –apuntó la oficinista mostrando que había aprendido de inmediato la lección: tuvo la oportunidad de desquitarse y no la desaprovechó.
–Sí. Además, en los suplementos y revistas hay buenos escritores.
–Y supongo que entre los libros que tu “superhéroe” destruye debe de haber algunos de los que hemos escrito nosotros –reclamó el del abrigo.
Ya salió el peine, a dónde vine a caer, pensé. “Ten cuidado, en los talleres se incuba el ambiente malsano que pervive en el medio literario”, me había advertido Ennio. Me sentí como niño ridiculizado en clase. “Ya verán, pendejos, Escribator les va a partir la madre”, maldije en silencio. Pero, como en la primaria, sólo alcé la mano para decir:
–Maestro, me da permiso de ir a hacer pipí?
–No.
Para no alargar el cuento, me hicieron ver que mi relato era inservible y que debía cambiarlo por completo. De haber podido, me habría arrugado, me habría hecho bolita y me habría arrojado al cesto de basura. Sin embargo, aún me escuché suplicando:
–Podrían darme algunas sugerencias?
El muchacho del abrigo, quien debía tener la temperatura de las víboras porque no sudaba una gota pese al calorón, dijo:
–Se me ocurre que podrías llevar tu Machina Letrata a un taller.
–Sí, ésa es una idea afortunada –añadió otro–, jugar con la noción de un taller que sea mecánico y literario.
–Un lugar donde se practiquen los ajustes necesarios para hacer creíble tanto al cuento como al robot –sugirió la oficinista, maldita traidora.
Aquello fue un aluvión de ideas, mismas que fui anotando sin importar los calambres en el puño y el antebrazo. Me pareció extraño que se pasaran por el arco del triunfo la inmejorable oportunidad de conversar con el autor, conocer sus intenciones, saber si éstas cuadraban con el resultado final. No entendí cómo podían sentirse tan seguros de que sus consejos eran los más adecuados, pero los decían con tanta convicción que al término de la sesión, con ojos humedecidos, me despedí de mano agradeciéndoles su ayuda.
Al salir me pregunté si Ennio no habría sido víctima de aquel infausto sistema, de ese nido que incuba a las víboras que después leemos cada fin de semana en todos los suplementos y revistas, como él mismo lo había definido. Una víctima más. De hecho pensé que el cabrón nomás me envió allí para librarse de darme un comentario.
El caso es que a partir de aquella tarde pasé días y noches quitando tuercas, cambiando piezas, aceitando engranajes. Fue así como mi Machina Letrata se convirtió en Machina Castrata. Sí, amigos, Escribator, el entrañable superhéroe, pasó a convertirse en Aspirator: una simple aspiradora, compuesta por un juego de palabras con la palabra “aspirar”: un artefacto doméstico que aspira a ser escritor y que, mientras tanto, tiene que tragarse toda la mugre.

Fin

[Dos reseñas de películas de "cierta-ficción" y superhéroes por mi crítica de cine favorita: la adorada Raquel Revuelta]






2 mar. 2009

ESCRIBATOR

por Anónimo Hernández

Jamás sospeché que una huelga de escritores en Hollywood traería a varios productores a las puertas de mi casa. Al principio me sorprendí y supuse que debía tratarse de una confusión, pero viéndolo bien, resultaba natural. En su momento me lo expliqué así: yo no estoy en huelga; les salgo más barato; y sus obras son tan malas como las mías.
Provenientes de varios estudios cinematográficos, los hollywoodenses me pasaron montones de películas (que nunca pude ver porque mi tele no funciona desde hace años), lo mismo que algunas carpetas con recomendaciones técnicas; de entre éstas, hubo una que llamó mi atención y terminó por persuadirme: “En el desarrollo de sus historias, siéntase libre de mezclar distintos tipos de géneros, personajes, lugares. Por ejemplo: combine millonarios con vampiros; zombies con jugadores de hockey; drama con horror…”, etcétera.
Con tantas licencias poéticas pensé que sería una tarea de lo más fácil, pero después resultó que no se me ocurría nada. Pasaron días tan tranquilos y soleados que no se inquietaba ni mi imaginación. Días que se convirtieron en semanas.
Hasta que comenzaron las llamadas de larga distancia. A diferencia de los escritores gringos, a mí me pagarían a destajo y sin adelanto alguno. Y aún así los telefonemas fueron aumentando y recrudeciéndose hasta que llegaron a las amenazas de demandas legales, de vetos, y hasta de extradición, como si fuera un narco. No me sentí en posición de reclamar nada, por el contrario, me asusté tanto que me escondía bajo la mesa cada vez que sonaba el teléfono. Me aboqué a seguir las sugerencias que me habían dado con el fin de inventarme un sistema creativo, cuyos generales enumero aquí.
Primero, vinieron a mi mente (a mi rescate) varios amigos de juventud, principalmente el Gumaro. Éramos un grupillo de golfos que bebíamos cerveza refugiados en los zaguanes de distintas vecindades. Una noche, el Gumaro, embelesado por una película en boga, y ya medio pedón, pidió que a partir de entonces le llamáramos el Terminator.
–No seas ridículo…
–Qué tiene…
–Nadie inventa su propio apodo.
–Además, te pondríamos el Kelvinator, no el Terminator
–A huevo, tienes más cuerpo de estufa que de refrigerador!
–JAJAJAJA…
Allí hallé mi primer componente.
El segundo provino de otro héroe fílmico de la época, Robocop, cuya indumentaria lo hacía más impresionante que Schwarzenegger –con todo y su cara de robot, su inglés de robot y su mentalidad de robot–: un exoesqueleto metálico y resplandeciente le quedaba de maravilla a mi protagonista.
El tercer elemento sólo podía provenir de lo único que me importa en la vida. Mi superhéroe, inmerso en un medio ignorante y vulgar, buscaría hacer justicia a una de las máximas manifestaciones del hombre: la Literatura Universal.

Saliendo de un auto futurista en plena colonia Doctores, estremeciendo el pavimento a cada paso bajo el peso de su armadura, cobró vida Escribator, el Defensor de las Letras.
Escribator. Un nuevo héroe, un héroe para nosotros.
Escribator: mitad androide, mitad estufa.
Sobre su pecho destacaba una especie de teclado de computadora que activaba parte de sus artilugios bélicos. Su casco simulaba un ratón (de computadora, no de biblioteca). Y de sus puños sobresalían dos finos cañones en forma de pluma fuente. Una chingonería. Sobre todo porque su arsenal producía sonidos como: Pfffffffffff! Yyyiiikkk! Chiu-chiu-chiu!
En pleno Bronx mexicano, un barrio muy cabronx, Escribator inició su labor justiciera contra lo primero que le indignó: los anuncios de negocios que leían: “Hamburgesas y jodogs”, “Proibido miar aqui”, “Tortas gigantes Las Moustrosas”, “Jugos y Yugurs”, “Cluchs y amortigüadores”, etcétera, achicharrándolos con su lanzallamas: Pfffffffffffff!
El héroe prosiguió sus labores aplicando el infamante Calzón Chino a todos aquéllos que escuchaba diciendo cosas como “mas sin embargo” o peor aún “mas sin en cambio”.
–A-la-alberca! –comenzó a sentenciar, como parte del folclor heredado de su tío el Kelvinator, con una voz robótica que, mas sin en cambio, recordaba mucho al Charro Avitia.
La gente gritaba dispersándose por las calles presa del pánico:
–Corran!
–Huyamos a estudiar gramática!
Implacable, Escribator centró después su atención en los puestos de periódicos. Revisó las revistas de chismes, las publicaciones deportivas, los semanarios sensacionalistas. Al llegar a los suplementos culturales, por un error de su creador –o sea, mío–, se vio imposibilitado para maniobrarlos hábilmente. En busca de un buen escritor, las lajas de papel se escurrían entre sus dedos mecánicos desfoldándose y volando por los aires, cual gaviotas a la mar.
Yyyiiiikkkk. Quedaron reducidos a tiras.
Enfurecido ante tanta ignominia lingual, Escribator tiraba los kioskos y les prendía fuego con su lanzallamas, dejando un panorama de destrucción tras de sí. En ese momento me di cuenta que la limpieza literaria, propósito para el que fue creado, estaba yendo muy lejos, casi como la limpieza étnica de los Balcanes.
Y al igual que otras bestias creadas por el hombre –creadas concretamente por un escritor– Escribator finalmente cobró vida propia.
Ha dejado de obedecerme. Ahora zarandea policías, voltea patrullas.
–A la alberca!… A la alberca!
Errando pero no errando, ha cruzado ya por varios barrios, populares y popoff…
Pero esperen!… Oh my God!… No! Ahora se perfila hacia una afamada casa de libros!
–Detente, esto es demasiado!
Entra destruyendo las puertas de la librería y reduciendo a escombros las mesas de novedades.
–A la alberca!
Se detiene cerca de las promociones como si revisara internamente los comandos a ejecutar:
–Primero-los-aburridos –sentencia su voz metálica.
–No, Escribator, acabarás con los teóricos, con los historiadores, los filósofos…
Chiu-chiu-chiu. Lanza una ráfaga de microbalas que reduce muchísimos libros a simple confeti.
Ha escapado de mi control.
–Ahora-los-parásitos…
–Qué? Destruirás a los críticos?… Qué haremos sin ellos!… No!
Yyyiiikkk. Rajados como serpentinas.
–Faltaba-un-poco-de-alegría-por-aquí… –ironiza para sí misma la máquina infernal, arrojando confeti y serpentinas por doquier.
Yendo de un lado a otro con su cuerpo de lavadora, decide su próximo paso:
–Siguen-los-pedantes-y-farsantes… Aunque-haga-verso-sin-esfuerzo.
–Eso no! Maldito! Acabarás con casi toda la literatura mexicana actual!…
Pfffffffffffff!
Fuego por todas partes...
De aquel paisaje apocalíptico sólo se han salvado unos cuantos libros, los de siempre...
El robot literario se detiene como si admirara su obra y buscara el toque final:
–Sólo-faltan-los-escritores-malos…
–Qué?… No puedes hacerme esto!…
–A la alberca!
–Soy tu amo!
Chiu-chiu-chiu.
–Aaaggghhh!

FIN


[Tomé esta imagen de un blog, pero no recuerdo el blog ni el crédito. Agradeceré la información. El mensaje es mucho más chingón que los pedantes anuncios de librerías Gandhi.

El video es una versión de las Mañanitas al estilo Pink Floyd para celebrar mi cumpleaños. Jaja! También tienen una versión de Pin-Pon al estilo Hotel California. Qué payasada!]




16 feb. 2009

MI AGENTE EN TIJUANA (4 y último)

Ridículo literario en Ensenada
por Anónimo Hernández
Para Karla, Alfonso, Nora y Tenoch

Cuando digo “K es muy buena agente”, la gente cree que digo “K es muy buena gente”. Por eso la gente la mira con aprecio. No me refiero a toda la gente, sino a mis familiares, mis conocidos, mis vecinos. Esa gente que cree en mis palabras y, además, agradece que una agente se interese en alguien tan insignificante, como escritor y como gente.
K es mi agente y sabe que hay gente para todos los gustos. “También un escritor malo puede tener lectores y hasta admiradores”, dijo un día mientras me presentaba ante una audiencia en la acogedora ciudad de Ensenada.
Desde Tijuana tomamos la carretera escénica, un espectáculo para cualquiera, menos para un escritor tarado que se ha emborrachado la noche previa y sólo ha dormido dos horas. Recuerdo haber visto, entre sueños, la enorme escultura de un Cristo similar al brasileño pero que tiene una antena en la cabeza, o algo así.
Poco antes de llegar a Ensenada, K propuso visitar algún viñedo de la región. Nos detuvimos para degustar vinos gratis y compramos varias botellas que fuimos despachando desde ese momento. K compró un poco de queso, uvas y una hogaza de pan rústico –envuelta en una elegante bolsa de papel estraza. Aquélla me pareció una manera muy civilizada de tratar a un escritor y me sentí francamente afortunado. Viví uno de los momentos más lindos de mi vida, a no ser porque mi madre insistía en mandarme mensajitos por celular: “Ontás?” “Kestás haciendo?” Con tal de controlarme, la viejita había aprendido el procedimiento y el lenguaje del caso. De hecho, cada vez que veo jovencitos redactando mensajes, creo que se los mandan a mi madre. O peor, que contestan los que ella les ha enviado.
Como no soy del todo compatible con el vino, compré a escondidas una botella de tequila en un pueblo habitado por rusos, cuyos fundadores debieron de haber estado muy perdidos porque se asentaron en pleno desierto. “Stoy en un pueblo ruso, una Siberia humeante”, le contesté por fin a mi madre.
Retomamos el camino a Ensenada y, en el trayecto, me enteré de algunas aventuras de K como cinta negra en karate –como la vez en que llegó a defender a una amiga y persiguió a unas pochas alrededor de un carro amenazando con madrearlas–, así que más me valía obedecerla en cualquier cosa que me pidiera.
Por fin entramos a la sorpresiva ciudad de Ensenada, hermosa e interesante como debe serlo un puerto con categoría. Paseamos un poco entre la neblina y la brisa fresca, que contrastaba con el clima desértico de los viñedos. Muchos de sus edificios presumían un aspecto europeo, un poco sin ton ni son: en días soleados, algunas partes debían parecerse a Disneylandia, anoté en mi cuaderno, y luego pensé: bueno, por eso soy un escritor malo.
Unas calles antes de llegar al hotel, K. Brown carraspeó, se puso seria, y fue terminante conmigo:
–Son las 6, tu presentación es a las 8 en punto. Quiero que te instales, te repongas del viaje y repases lo que vas a decir. Nada de fans ni de tequila. Me estás oyendo?
–Sí… Quiero decir: Simón –le contesté sin entender a qué se refería.
Tenía razón. A las puertas del lobby, había un grupo de gente con pancartas saludándome y hasta agradeciendo mi visita. Algunos echaban porras que decían:
–Ma-lo! Ma-lo! Ma-lo!
Otros coreaban fragmentos de textos que yo no recordaba haber publicado. K me cubrió la cabeza con la bolsa elegante donde nos habían vendido el pan y nos escabullimos al hotel por una puerta trasera destinada para el estacionamiento. Sentí tanto pavor que sólo pude cumplir la primera parte de su advertencia (nada de fans) refugiándome en la segunda (la botella de tequila oculta en mi maleta).
A las 7:30, K. Brown pasó por mí. Yo había bebido medio litro y trataba de mantener la vertical.
–Necesito mandar algo por internet, espérame aquí, es la oficina de la subgerente del hotel –me dijo, el problema fue que yo le entendí “la sugerente del hotel”. Y cuando me quedé esperando durante veinte minutos sin que ninguna “sugerente” me visitara, fui a buscar a mi agente por todas partes. Nada. Al cabo de vocearla durante un rato por los altavoces, mi agente apareció acomodándose el escote, seguida por un doncel que podía ser mi hijo:
–Dónde estabas, llevo horas buscándote –me reclamó jalándome del brazo–, eres incontrolable. Vámonos.
Durante la espera, yo había dado cuenta de otro cuarto de tequila, así que apenas podía caminar.

Como era la primera vez que alguien me pedía brindar una charla en público supuse que no habría asistentes, por lo que me quedé helado al contar tanta gente en la sala. Al verme aparecer, gritaron:
–Ya llegó! Jo-jo-jó!
–Ya está aquí! Ji-ji-jí!
Pensé que me desmayaría. Había prensa y cámaras de televisión. Me sentía paralizado. Fue entonces cuando K, dueña del micrófono, dijo que también un escritor malo podía tener lectores y hasta admiradores.
“Kestás haciendo?”, me preguntó mi madre por celular.
Esta vieja tiene celulitis, pensé y apagué el maldito aparato.
No recuerdo lo que expuse ante el público una vez que tuve el micrófono, pero poco importó porque nadie pudo haberlo entendido. Traté de hablar sobre mis experiencias como escritor malo; todas esas cosas que he confesado en revistitas desconocidas que me incluyen de último momento para llenar espacio al cierre de edición. Lo único cierto era que mi lengua se había hinchado y hacía lo que se le daba la gana. Parecía de plastilina. No podía ni hablur, como decimos en mi ciudad. Volteaba hacia K en busca de auxilio, pero ella sonreía como diciendo: quedamos en que nada de tequila, no?
“Y aprovechando tu elocuencia, por qué no nos hablas sobre tal o cual”, decía con toda la calma, desquitándose. Cuando calculó que yo había hecho el ridículo suficiente, me quitó el micrófono y propició la charla con el respetable.
–Qué opina de la literatura mexicana actual? –fue la primera pregunta del público.
–No mgsta lerlos, sn abrrdísmos. Mdn ueva.
K me arrebató el micrófono y aclaró:
–Bueno, como nuestro invitado es de la capital, tal vez su acento nos resulte poco familiar aquí en el norte. Lo que quiso decir es que algunos de sus contemporáneos son… aguerridísimos… y que requieren de una lectura… nueva.
No supe qué me estaba pasando. Había caído sobre mí la vieja maldición: la maldición del alcohol. Tuve la clara sensación de que la había perdido. Había perdido a mi agente para siempre. Ahora era mi ex agente.
Entonces vino la segunda pregunta:
–Desde el punto de vista de la mala literatura, de la cual usted es un experto, qué opinión le merecen los movimientos literarios de los últimos diez años?
–Sn unbolade m-mones… Mparecen tods uns pndejos…
–Dice que hay una ola de… autorones, que nos dejan… perplejos.
No era yo quien hablaba. El demonio del licor me convertía en su Linda Blair y me hacía despotricar contra mis ídolos, el muy maldito.
–Una pregunta, señor malo. Qué opina de la relación entre escritores y editores en nuestro país…
–Inches puts… Editrs… Escritrs… Todson lomismo.
–Nuestro invitado aclara que, aunque guarda discrepancias con algunos colegas, las relaciones son de… compañerismo.
–Oiga, Malo, me gustaría preguntarle sobre el medio editorial de nuestro país…
–Sn uns hpócrtas… Nmás se publicn-ntrellos.
–Nuestro invitado afirma que, como todos sabemos, existen algunos grupúsculos, pero que vivimos un ambiente democrático y… bello.
–Según usted, qué futuro tiene nuestra literatura?
–Mvale madre… Tod s-ido al carajo!
–Nuestro invitado dice que todo estuvo muy padre pero que tenemos mucho trabajo… Así que agradecemos su visita. El autor, si es que puede, estará dando autógrafos aquí mismo –dijo K, despidiéndose y aplicándome un pellizco, que me salía barato porque bien podía haberme desmayado con un karatazo en la nuca.
Cuando yo esperaba una ronda de merecidos jitomatazos, la gente se volcó en un inesperado y atronador aplauso. Vendí casi todas las carpetas engargoladas con las fotocopias de mis inéditos. Volvieron las porras: Ma-lo! Ma-lo! Ma-lo! Una periodista me deslizó su tarjeta en el bolsillo de la camisa, rozándome varias veces la tetilla con mirada subgerente. Dos chicas se alzaron las blusas y dejaron sus pechos al aire.
–Quiero un hijo tuyo! –gritó una.
–Yo también –gritó otra.
Yo sólo pensé: “Ay, ojalá esto no salga en televisión… Si mi madre se entera, me mata…”

[Como si lo mereciera, K me llevó a cenar a un lugar precioso; luego fuimos a la legendaria Hussongs Cantina, donde oímos a los batos de este video; y rematamos en el Trocadero (pese a que su nombre prometía ambientes de jet-set, sólo era un bar de mala muerte donde compartimos barra con un par de maleantes como únicos clientes del lugar –por cierto, fue donde la pasamos mejor)].