16 feb. 2009

MI AGENTE EN TIJUANA (4 y último)

Ridículo literario en Ensenada
por Anónimo Hernández
Para Karla, Alfonso, Nora y Tenoch

Cuando digo “K es muy buena agente”, la gente cree que digo “K es muy buena gente”. Por eso la gente la mira con aprecio. No me refiero a toda la gente, sino a mis familiares, mis conocidos, mis vecinos. Esa gente que cree en mis palabras y, además, agradece que una agente se interese en alguien tan insignificante, como escritor y como gente.
K es mi agente y sabe que hay gente para todos los gustos. “También un escritor malo puede tener lectores y hasta admiradores”, dijo un día mientras me presentaba ante una audiencia en la acogedora ciudad de Ensenada.
Desde Tijuana tomamos la carretera escénica, un espectáculo para cualquiera, menos para un escritor tarado que se ha emborrachado la noche previa y sólo ha dormido dos horas. Recuerdo haber visto, entre sueños, la enorme escultura de un Cristo similar al brasileño pero que tiene una antena en la cabeza, o algo así.
Poco antes de llegar a Ensenada, K propuso visitar algún viñedo de la región. Nos detuvimos para degustar vinos gratis y compramos varias botellas que fuimos despachando desde ese momento. K compró un poco de queso, uvas y una hogaza de pan rústico –envuelta en una elegante bolsa de papel estraza. Aquélla me pareció una manera muy civilizada de tratar a un escritor y me sentí francamente afortunado. Viví uno de los momentos más lindos de mi vida, a no ser porque mi madre insistía en mandarme mensajitos por celular: “Ontás?” “Kestás haciendo?” Con tal de controlarme, la viejita había aprendido el procedimiento y el lenguaje del caso. De hecho, cada vez que veo jovencitos redactando mensajes, creo que se los mandan a mi madre. O peor, que contestan los que ella les ha enviado.
Como no soy del todo compatible con el vino, compré a escondidas una botella de tequila en un pueblo habitado por rusos, cuyos fundadores debieron de haber estado muy perdidos porque se asentaron en pleno desierto. “Stoy en un pueblo ruso, una Siberia humeante”, le contesté por fin a mi madre.
Retomamos el camino a Ensenada y, en el trayecto, me enteré de algunas aventuras de K como cinta negra en karate –como la vez en que llegó a defender a una amiga y persiguió a unas pochas alrededor de un carro amenazando con madrearlas–, así que más me valía obedecerla en cualquier cosa que me pidiera.
Por fin entramos a la sorpresiva ciudad de Ensenada, hermosa e interesante como debe serlo un puerto con categoría. Paseamos un poco entre la neblina y la brisa fresca, que contrastaba con el clima desértico de los viñedos. Muchos de sus edificios presumían un aspecto europeo, un poco sin ton ni son: en días soleados, algunas partes debían parecerse a Disneylandia, anoté en mi cuaderno, y luego pensé: bueno, por eso soy un escritor malo.
Unas calles antes de llegar al hotel, K. Brown carraspeó, se puso seria, y fue terminante conmigo:
–Son las 6, tu presentación es a las 8 en punto. Quiero que te instales, te repongas del viaje y repases lo que vas a decir. Nada de fans ni de tequila. Me estás oyendo?
–Sí… Quiero decir: Simón –le contesté sin entender a qué se refería.
Tenía razón. A las puertas del lobby, había un grupo de gente con pancartas saludándome y hasta agradeciendo mi visita. Algunos echaban porras que decían:
–Ma-lo! Ma-lo! Ma-lo!
Otros coreaban fragmentos de textos que yo no recordaba haber publicado. K me cubrió la cabeza con la bolsa elegante donde nos habían vendido el pan y nos escabullimos al hotel por una puerta trasera destinada para el estacionamiento. Sentí tanto pavor que sólo pude cumplir la primera parte de su advertencia (nada de fans) refugiándome en la segunda (la botella de tequila oculta en mi maleta).
A las 7:30, K. Brown pasó por mí. Yo había bebido medio litro y trataba de mantener la vertical.
–Necesito mandar algo por internet, espérame aquí, es la oficina de la subgerente del hotel –me dijo, el problema fue que yo le entendí “la sugerente del hotel”. Y cuando me quedé esperando durante veinte minutos sin que ninguna “sugerente” me visitara, fui a buscar a mi agente por todas partes. Nada. Al cabo de vocearla durante un rato por los altavoces, mi agente apareció acomodándose el escote, seguida por un doncel que podía ser mi hijo:
–Dónde estabas, llevo horas buscándote –me reclamó jalándome del brazo–, eres incontrolable. Vámonos.
Durante la espera, yo había dado cuenta de otro cuarto de tequila, así que apenas podía caminar.

Como era la primera vez que alguien me pedía brindar una charla en público supuse que no habría asistentes, por lo que me quedé helado al contar tanta gente en la sala. Al verme aparecer, gritaron:
–Ya llegó! Jo-jo-jó!
–Ya está aquí! Ji-ji-jí!
Pensé que me desmayaría. Había prensa y cámaras de televisión. Me sentía paralizado. Fue entonces cuando K, dueña del micrófono, dijo que también un escritor malo podía tener lectores y hasta admiradores.
“Kestás haciendo?”, me preguntó mi madre por celular.
Esta vieja tiene celulitis, pensé y apagué el maldito aparato.
No recuerdo lo que expuse ante el público una vez que tuve el micrófono, pero poco importó porque nadie pudo haberlo entendido. Traté de hablar sobre mis experiencias como escritor malo; todas esas cosas que he confesado en revistitas desconocidas que me incluyen de último momento para llenar espacio al cierre de edición. Lo único cierto era que mi lengua se había hinchado y hacía lo que se le daba la gana. Parecía de plastilina. No podía ni hablur, como decimos en mi ciudad. Volteaba hacia K en busca de auxilio, pero ella sonreía como diciendo: quedamos en que nada de tequila, no?
“Y aprovechando tu elocuencia, por qué no nos hablas sobre tal o cual”, decía con toda la calma, desquitándose. Cuando calculó que yo había hecho el ridículo suficiente, me quitó el micrófono y propició la charla con el respetable.
–Qué opina de la literatura mexicana actual? –fue la primera pregunta del público.
–No mgsta lerlos, sn abrrdísmos. Mdn ueva.
K me arrebató el micrófono y aclaró:
–Bueno, como nuestro invitado es de la capital, tal vez su acento nos resulte poco familiar aquí en el norte. Lo que quiso decir es que algunos de sus contemporáneos son… aguerridísimos… y que requieren de una lectura… nueva.
No supe qué me estaba pasando. Había caído sobre mí la vieja maldición: la maldición del alcohol. Tuve la clara sensación de que la había perdido. Había perdido a mi agente para siempre. Ahora era mi ex agente.
Entonces vino la segunda pregunta:
–Desde el punto de vista de la mala literatura, de la cual usted es un experto, qué opinión le merecen los movimientos literarios de los últimos diez años?
–Sn unbolade m-mones… Mparecen tods uns pndejos…
–Dice que hay una ola de… autorones, que nos dejan… perplejos.
No era yo quien hablaba. El demonio del licor me convertía en su Linda Blair y me hacía despotricar contra mis ídolos, el muy maldito.
–Una pregunta, señor malo. Qué opina de la relación entre escritores y editores en nuestro país…
–Inches puts… Editrs… Escritrs… Todson lomismo.
–Nuestro invitado aclara que, aunque guarda discrepancias con algunos colegas, las relaciones son de… compañerismo.
–Oiga, Malo, me gustaría preguntarle sobre el medio editorial de nuestro país…
–Sn uns hpócrtas… Nmás se publicn-ntrellos.
–Nuestro invitado afirma que, como todos sabemos, existen algunos grupúsculos, pero que vivimos un ambiente democrático y… bello.
–Según usted, qué futuro tiene nuestra literatura?
–Mvale madre… Tod s-ido al carajo!
–Nuestro invitado dice que todo estuvo muy padre pero que tenemos mucho trabajo… Así que agradecemos su visita. El autor, si es que puede, estará dando autógrafos aquí mismo –dijo K, despidiéndose y aplicándome un pellizco, que me salía barato porque bien podía haberme desmayado con un karatazo en la nuca.
Cuando yo esperaba una ronda de merecidos jitomatazos, la gente se volcó en un inesperado y atronador aplauso. Vendí casi todas las carpetas engargoladas con las fotocopias de mis inéditos. Volvieron las porras: Ma-lo! Ma-lo! Ma-lo! Una periodista me deslizó su tarjeta en el bolsillo de la camisa, rozándome varias veces la tetilla con mirada subgerente. Dos chicas se alzaron las blusas y dejaron sus pechos al aire.
–Quiero un hijo tuyo! –gritó una.
–Yo también –gritó otra.
Yo sólo pensé: “Ay, ojalá esto no salga en televisión… Si mi madre se entera, me mata…”

[Como si lo mereciera, K me llevó a cenar a un lugar precioso; luego fuimos a la legendaria Hussongs Cantina, donde oímos a los batos de este video; y rematamos en el Trocadero (pese a que su nombre prometía ambientes de jet-set, sólo era un bar de mala muerte donde compartimos barra con un par de maleantes como únicos clientes del lugar –por cierto, fue donde la pasamos mejor)].