11 nov. 2008

Un escritor malo y Un escritor feo

Un escritor malo
por Anónimo Hernández

Foto: Sal Ricalde
Manipulación: Antra

Según yo, un escritor malo es casi tan importante como uno bueno, por la sencilla razón de que los escritores malos contribuimos a que destaquen los destacados, en pocas palabras: somos la diferencia que los diferencia.
Naturalmente, los lectores se interesan por curiosear en las minucias y secretos de los grandes autores, sin reflexionar que esos asuntos sólo pudieron reportar un beneficio personal, individual, a tan respetadas personalidades. Y que un escritor malo, en cambio, tiene la ventaja de ofrecerles un panorama más afín, más común y, por tanto, más nutritivo.
Ése es el único motivo que me lleva compartir con ustedes estos apuntes, mis apuntes.
De acuerdo a mi experiencia, hay muchas formas de saber que un escritor es malo. Por ejemplo, cuando no lo publica nadie. Cuando nadie quiere saber de él. Cuando le hacen caras.
Para un artista, la
publicación de su obra –es decir, el hecho de que se exponga al público–, primero que nada le brinda un espejo para sentirse más Narciso que el original, debemos admitirlo. Pero, más a fondo, es un reflector que lo expone a todo tipo de opiniones y críticas: favorables, adversas o gratuitas: lo habitúa a distinguirlas, a sacarles partido, a vivir con ellas. Y, por último, nuevamente como espejo, le ofrece una inmejorable opción para ejercitar la autocrítica.
Por esto mismo, y al margen del ego dolorido, no hay nada peor para un escritor que enfrentarse a la negativa de las editoriales para que su obra se haga pública.
Confieso que, en mi caso, estoy más que acostumbrado, porque me han dicho de todo. Desde:
–Lamentablente su trabajo no está de moda…
–Lo sentimos pero su nombre es poco literario…
Hasta:
–Discúlpenos, pero está usted muy feo…
Y lo peor es que tienen razón, pero ya iré hablando de mi fatídico nombre, de mi desfavorable aspecto, de la debilidad de mi memoria y de mis terribles padecimientos para leer y escribir.
Por el momento, lo importante es que ya nada me preocupa: sé que nunca alcanzaré las cumbres hemingwaianas aunque me ponga camisas hawaianas –o lo que esté de moda.
Y sin embargo estoy contento. Porque la maldad de mis escritos (estética, no ética, ya que “malo”, en este caso, no significa que voy por ahí zancadilleando abuelitas o dándole coscorrones a los niños: “malo” no significa malvado, sólo malo), decía que estoy contento porque la maldad de mis escritos me libra del esfuerzo por las cúspides y me gana el escribir lo que me dé la gana.
Compartiéndoles mi experiencia, he decidido creer que una de las razones de mi fracaso como literato se halla en que nunca encontré el consejo que necesitaba. Ése que los grandes campeones de boxeo obtenían oportunamente de sus padres, de sus entrenadores, o de algún campeón que balbuceaba algo coherente entre los fregadazos de una pelea y otra, eso que los llevaba a decir: todo se lo debo a mi manager. Ese consejo que debía dirigir mis metáforas y sinécdoques hacia el éxito.
A falta de ese encarrilamiento íntimo y personal, en los albores de mi carrera busqué con ahínco la guía de mis autores favoritos, no sólo en sus obras sino en todos sus comentarios, en sus entrevistas y hasta en sus confesiones íntimas… Pero no encontré nada… Sólo me esforcé para encontrarme con la primera tara: no podía recordar los nombres completos de los grandes maestros ni sus fechas de nacimiento, mucho menos el año de publicación de sus obras más sentidas… Se me revolvían los datos… Confundía con franca tontería los apellidos dobles y los títulos largos de sus obras, ya no digamos sus géneros y sus especies: La muerte de Abstemio Cruz, El jardín de los cerezos que se trifulcan, Los miserables de Notre Dame, Cien años de sobriedad, El tambor y los perros… Pero si lograba memorizarlos, entonces la disparidad de los consejos profesionales que cada uno brindaba me dejaba en pasmo: es mejor escribir de día, de noche, con horario, todos los días; buscando un mínimo de horas, de palabras, de cuartillas; sin límites de nada, a cualquier hora; hacerlo de pie, a mano, a máquina; con lápiz, borrando, sin borrones…
Para no errar y desbordando optimismo, seguí todas sus recomendaciones, tanto solas como combinadas. Si ellos eran grandes, debía bastar con seguirlos para que yo también lo fuera algún día. Entonces escribí cabeceando hasta que me sorprendieron las tristes luces de la madrugada. Pero también inicié al despuntar el alba, con los trazos de la almohada aún surcándome la cara. Escribí en el sopor del medio día. Escribí contabilizando cada palabra, palabra por palabra, hasta que fueron más importantes los números que las palabras. Escribí a una mano y sobre un pie, prácticamente de cojito pero no de cogito, sólo me faltó cerrar un ojo para parecer tullido. O idiota.
Pero fue un fracaso.
No se me ocurrió nada.
Seguí siendo igual de malo.
O peor.
La prueba es que ahora sólo puedo escribir sobre el hecho de no escribir, o sobre la experiencia de escribir mal.
Para acabar, el único consejo donde los grandes maestros coincidían radicaba en escribir y luego recortar… Incluso hasta cincuenta por ciento!…
Entonces me dije: recortar la mitad de un escrito?… Eso sí que no… Jamás de los jamases!… Podían ser mis autores favoritos, pero cortar un escrito?… Tuve que mandarlos al carajo!… Allá se fueron con sus apellidos dobles y sus títulos largos y enigmáticos!
Ya confesé que soy un escritor malo. Ahora debo aclarar que lo soy porque me cuesta mucho trabajo escribir y porque sufro con las letritas como algunos sufren con las letrinas. Desde siempre he pasado horas, sentado, sin que se me ocurra nada… NADA…. Ni una palabra… Sin importar cuánto me haya esforzado… La temida hoja en blanco sólo dejaba de serlo porque en ella aparecía mi nombre. Entonces: qué demonios iba a recortar si no había escrito más que mi nombre! Era lo único que podía eliminar!… Y, por estúpido que parezca, admito que estuve tentado ha hacerlo con tal de seguir a los maestros, pero borrar el nombre propio (mi propio nombre) equivalía al suicidio!… A matarme a mí mismo!…
Los maestros podían irse al diablo, yo no iría con ellos.
Y si se iban al cielo, pues tampoco habría de acompañarlos.
Ni modo.
Preferí ser malo.

[Publicado en el número de aniversario de la revista Altanoche, gracias al editor Victor Hugo Barrera, quien aceptó una módica suma por incluirlo junto con otros textos de esta columna].


Un escritor feo
por Anónimo Hernández

Por mucho que los escritores nos presentemos como personalidades intelectuales, ninguno escapa de la apreciación anatómica que el público hace de su persona. Algunos, de hecho, le sacan partido.
Lo curioso es que la creencia general asume que el escritor sucumbe al largo martirologio de la persecución estética por un disgusto hacia su entorno, al que considera casi despreciable o, cuando menos, indigno: feo. Sin embargo, bajo tan noble premisa, subyace el entendido de que tampoco él cae muy bien en su ambiente, y de que su escasa apostura es parte de ambos supuestos, pues al no ser bien aceptado (bien visto), él torna sus poéticos poderes contra su rededor. De esto se desprende que su afán deífico lo lleve, entre otras cosas, a crear la belleza que el destino le negó. A tomarse una revancha con dios. A ser un dios él mismo. A crear vida y belleza como dios. Que el papel sea un espejo que le muestre una realidad mejor que la de un espejo de cristal. Que las hojas le digan siempre: sí, tú eres el más bonito.
Sobra decir que los escritores guapos llevan la partida ganada de antemano. Si eres guapo, qué importa lo que escribas. Tú sólo teclea. No te faltarán editores. Ni lectores. Ni admiradores. Tu galanura saltará los obstáculos de las mesas de redacción, de la aprobación otorgada por el respetable, y conseguirá el apasionamiento de tus seguidores.
Continuemos por aquí. Aquéllos que logran que la belleza de su obra se tutee con la armonía con que la naturaleza los persignó, son doblemente aplaudidos. Si no me creen, pregúntenle a Kundera (quien según una amiga es el Sting de la literatura), o a Carlos Fuentes. O a Vargas Llosa, que chaparrón y todo, rompe corazones ya entrado en la tercera edad.
Quizá me equivoco, pero entonces me pregunto cuál es el propósito de las fotos que aparecen en las solapas y contraportadas de los libros? La respuesta inmediata es: para que la obra tome un rostro, porque el artífice detrás de ella tiene un aspecto. Pero no evito pensar que, al mirarlas, el lector no sólo personifica al etéreo creador de un título, también lo califica. Quiero decir, estéticamente, sin importar los géneros: según yo, el gusto visual no tiene sexo. De esta manera, aquellos escritores de naturaleza fea terminan desdibujados entre los claroscuros de una foto "artística". Y aquí no precisamos de ejemplos porque los feos somos la abrumadora mayoría, mientras que los apuestos sólo sonríen, click-click, y se acabó. La torcedura popular del conocido refrán cae de maravilla: La suerte de la fea… a la bonita le importa poco.
Claro que en gustos se rompen bocas, y de pronto pasamos a otra categoría, donde encontramos autores poco agraciados que se vuelven fetiches gracias al éxito. El reconocimiento y el dinero siempre les añaden un atractivo porque son un atractivo en sí mismos. Por citar sólo dos casos, aquí embonan Bukowski o José Agustín, tan feos como un ornitorrinco, pero que presumieron de una lista de espera para ir a la cama francamente envidiable.
En una gaveta especial se guardan los escritores cuya hermosura se convierte en un calvario, o cuando menos en una pesadumbre ingobernable. Como si los autores lindos –pero atormentados– dieran cualquier cosa con tal de ser feos!… Carajo, quién entiende a los escritores?… El caso más trillado es Rimbaud. En qué proporción su mito depende de su atractivo?… Nunca lo sabremos. Un atractivo que, por si fuera poco, sumado a su juventud, lo hacía parecer aún menor, casi un niño. Dado lo cual, la adoración que algunos de nuestros poetas le profesan raya de plano en la homosexualidad y hasta en la pedofilia, válgame dios!… Y aquí cabe apuntar que hay varios autores mexicanos en situaciones similares, pero cuya obra lamentablemente no alcanza para recordar sus nombres, sólo su foto.
Recapitulando, no nos resta más que admitir que los escritores, por mucho que ondeen las cualidades de su intelecto, no se libran del juicio que el lectorado hace de su anatomía. Que las fotos artísticas sólo hacen más evidente lo evidente: que algunos son tan feos que requieren de fotos artísticas. Que mientras se es bello, lo demás es lo de menos. Y que cuando se es bello y bueno, se puede tener todo o pasarse una temporada en el más incomprensible infierno.
Dicho todo lo anterior, sólo queda una categoría por cubrir: la mía. Esto es: cuando un escritor, aparte de feo, es malo. Oye, es que nadie te pela. Cuando llegas a las oficinas de redacción, hasta las recepcionistas te ponen cara de fuchi. Las secretarias y las computadoras se descomponen a tu paso. Los editores miran con disgusto tus textos y tu persona. Vaya, después no te contestan ni el teléfono!… Han de creer que la fealdad es contagiosa! Si no es así, por lo menos debes resultarles un ave de mal agüero: si lo feo no se contagia, quizá lo malo sí! Nadie se toma la molestia de corregirte un adjetivo, de sugerirte una estructura, de mencionarte el tratamiento que algún autor reconocido haya hecho de un tema similar.
Nada.
No existes.
Y piensas: si fuera guapo, estarían encantados tachando quizá un hipérbaton innecesario, alguna redundancia redundante. También piensas: si fuera bueno, no importaría que fuera feo, los tendría insistiendo por teléfono. Pero si eres feo y malo, estás en la base de la pirámide, donde las altas aspiraciones de la literatura también tienen un lado feo y malo, como tú, donde todos te pueden patear. Un lugar donde los escritores no somos hermanos, no señor, qué pasó. Pinche feo. Y malo.
Una categoría que, sin embargo, bien asimilada, ofrece múltiples beneficios. Es cierto que quedas fuera de la vida, pero te conviertes en un testigo que pasa siempre inadvertido; puedes verlo todo sin temor a ser visto. Y a diferencia de los monos, con quienes realmente no serías nadie, las mujeres se disputan tu rareza y tu exotismo. Las hembras hermosas e inaccesibles te miran tierno y vulnerable. Te prodigan sus dotes sin recelo. Hasta llegan a leer tus textos.
Poco a poco vas ganando lectores, incluso admiradores, ésos que ahora llaman fans y de los cuales hablaré en otra ocasión.
Pensándolo bien, sonará paradójico, pero esta categoría resulta tan generosa como su antónima: tu calificación siempre es unánime… El trato siempre es predecible… Nunca escribes por compromiso ni por agradar a nadie… No te supeditas a ninguna foto… Tus letras no dependen de tu aspecto…
En pocas palabras: eres malo, pero escribes lo que te viene en gana.

[Publicado en la revista de la UABC, gracias a su editora Rosa Espinoza, quien aceptó una módica suma por incluirlo en sus páginas].

3 comentarios:

belial dijo...

sr. hernández. vaya que en verdad usted es malo. sinceramente me compadezco de su nada insólita situación, verá, usted no es el único malo acá, habemos otros tantos que ni siquiera nos atrevemos a presentar nuestro trabajo frente a un editor (mucho menos resistir el frente a frente con la recepcionista de berruga en la barbilla), al menos una cosa me queda clara a mí: seré malo pero no feo y si lo estoy me vale madres que mejor pienso en las canas que se asoman del lado derecho de mi cabeza y que quizá me hagan ver sofisticado. y en efecto, nuestra condición de malos (y feos, algunos) perpetuará la de los buenos (sobre todo la de los caritas), come rain or come shine como embriagada diría mi vieja la festiva billie. y así será por los siglos de los siglos hasta que acabemos con este "fascismo de los bellos". mientras se agradece su sinceridad, señor hernández. saludos a mauricio.

Paulina Otero dijo...

De visita...¡Saludos!

m.e. dijo...

Esta es una respuesta a la frase "Tus letras no dependen de tu aspecto…" En teoría nada depende de tu aspecto, sin embargo considero que la fealdad es un tema digno de analizar ampliamente, tanto, que hasta pienso que hubiera sido bueno que Darwin hablara al respecto, en la Evolución de la especies; en un apartado que diría algo como: el más bello sobreviviría sobre los feos y viviría entre los de su misma especie. Por selección natural, la especie bella se mantendría y evolucionaría sin dejar permear algún agente feo y contaminate. jajajajaja Y ya que Darwin no está, talvez me tome unos días para adaptar el tema a sus teorías. Saludos!